El primer fin de semana del Festival de Cannes trajo dos películas dignas competidoras a la Palma de Oro: Benedetta, de Paul Verhoeven, y Drive My Car, del nipón Ryusuke Hamaguchi, de la cual escribiremos más adelante. El ruido de la Competencia Oficial no ha opacado lo que ha sucedido en las otras secciones del festival, que a la mitad de su recorrido parece apuntar a una edición loable, más por el hecho de haberse concretado en las condiciones actuales que por el nivel de las películas presentadas, pero aún quedan varios días y películas que podrían fácilmente reivindicar esta edición.

Rien a Foutre
Dir. Julie Lecoustre & Emmanuel Marre
Sección: Semana de la Crítica

Son tiempos idóneos para películas sobre la rabia de la clase trabajadora, particularmente de jóvenes entre 25 y 35 años cada vez más receptivos y sensibles a problemáticas sociales. Tomando un enfoque más contemporáneo y trendy sobre los asuntos sociales que el demodé Ken Loach, los cineastas debutantes Julie Lecoustre y Emmanuel Marre se apoyan en la singular y prodigiosa expresividad de Adèle Exarchopoulos para llevar a término su ópera prima Rien a Foutre, en la que la actriz interpreta a una aerocargo treintañera que trabaja para una aerolínea de vuelos económicos en Europa.

Al inicio, Lecoustre y Marre muestran una mano firme y precisa para mostrar las sutilezas en el abuso laboral y las cada vez más deterioradas condiciones de trabajo (así como la renuencia a adoptar medidas de organización colectiva) que padecen los jóvenes en el mundo y la volatilidad con la que se establecen relaciones interpersonales en ambientes tan frágiles e inestables como lo son las voraces redes de Tinder e Instagram. A pesar de ello, la película se convierte, como muchas otras vistas en Cannes, en un difuso drama familiar que tiene poca incidencia en la trama principal y, particularmente hacia el final, hace que la película se traicione a sí misma con la misma malicia que cualquiera de las empresas cuyas prácticas pretende encarecidamente denunciar. (JJ Negrete, @jjnegretec)

Tre Piani
Dir. Nanni Moretti
Sección: Competencia Oficial

Ali & Ava
Dir. Clio Barnard
Sección: Sección: Quincena de los Realizadores

Cualquier retrato, se sitúa en la confluencia
de un sueño y una realidad.

Georges Perec

Tre Piani, la película más reciente de Nanni Moretti, se basa en la novela Tree Stories, del escritor israelí Eshkol Nevo. Y es precisamente en un mismo edificio donde acontecen las tres historias que Moretti desdobla a la manera de Georges Perec en La vida Instrucciones de uso.

En la vida de tres matrimonios se dibujan situaciones que pasan por lo deleznable, lo incompresible y frustrante, pero sobre todo, el deseo. En las esferas del fango y el hedor, está la irresponsabilidad de un hijo que asesina a una mujer por manejar ebrio y el hartazgo del padre ante la forma en la que enfrenta su acciones. Manifestar abiertamente el fastidio por los hijos que transgreden el bienestar de los demás (Tenemos que hablar de Kevin, Lynne Ramsay, 2011), sigue siendo necesario en una cultura que sigue habitando la dicotomía de las madres y los padres abnegados.

En la segunda esfera de la repulsión está el padre que cree que su hija ha sido abusada sexualmente por su vecino anciano con quien la encargan; la pedofilia (La cacería, Thomas Vinterberg, 2012) es una herida profunda y perversa –Marcial Maciel y los Legionarios de Cristo–, pero también es, por momentos, un terreno sinuoso que si se repele con odio, se puede llegar a él por la calle de atrás.

Por último, parecería inverosímil que en el siglo XXI ignoremos la salud mental, pero la pandemia nos ha hecho ver, entre otras cosas, que no sólo la hemos ignorado, sino que preferimos darle la vuelta; nos hemos convertido en expertos de los placebos en soledad.

Estas tres historias, sin embargo, tienen un motor que las lleva a un lugar distinto: el deseo. La premisa es el movimiento y es un movimiento que se sabe largo, que tienen que pasar 10 años para encontrar otras aristas, otros horizontes. El movimiento es la consecuencia del deseo; la búsqueda de independizarse de la presencia de una figura de autoridad y del amor idealizado y, por lo mismo, patológico. El deseo del cuerpo del otrx y la comprensión de la violencia transgresora, y la búsqueda de creación de escenarios para el bienestar de quienes amamos.

Es precisamente este deseo el que subyace en Ali y Ava (tercer largometraje de Clio Barnard), una narración en la que Bernard vincula de manera cuidadosa, tierna y transgresora a Ava (Claire Rushbrook) y Ali (Adeel Akhtar). En una Inglaterra donde el fascismo, el racismo y el clasismo son tan ordinarios como jugar en un equipo de futbol, el cuidado, el ingenio y el cariño son formas distintas de desarticular lo aprendido y Bernard lo tiene muy claro: no puede haber apuesta más alta que en la infancia.

Ali es pura energía, ganas perpetuas y una constante llave, un key maker que ofrece su conocimiento y electricidad sin ningún reparo. Su generosidad se decanta en los niñxs y en Ava, quien es una asistente de profesora de niñxs de kínder. Ava es tan generosa como Ali y tan paciente como el Dalai Lama. Si bien Barnard sabe que el germen está en la infancia, no deja de lado el presente, la vida como cotidiano, como sorpresa, como espada, como fuego y como único lugar en donde se puede reivindicar y ser responsable. Por ello, Ali y Ava se enamoran no importando los clanes de donde vienen, el peso cultural, racial, de clase y de edad: el deseo y el amor no pasan por el tamiz de la edad (Beginners, Mike Mills, 2011); más bien es lo que alienta a que el cuerpo, el corazón, los pensamiento y el espíritu sigan creando y, si hay que crear, que se creen rituales que en su núcleo lleven lo primigenio pero en su expresión se adecuan al espacio y al tiempo: El baile como ritual de enamoramiento, como diálogo de cuerpos, como caricia, un baile acompañado de folk, country, rap, trance o punk.

Si bien la narración de Moretti es blanca y aséptica, –casi como las calles de Cannes en donde no hay perros callejeros– y la narración de Barnard orgánica, falible, y por ello, cercana; ambas se colocan en dos lugares fundamentales que apuestan por el futuro pero desde un presente que no puede ser postergado: ser amable y cariñoso con lxs niñxs y que los ciclos corrompidos por la costumbre se pueden romper. (Icnitl Ytzamat-ul Contreras García@mariodelacerna)

Flag Day
Dir. Sean Penn
Sección: Competencia Oficial

Si existe un rasgo redimible en la desmedida vanidad y rampante egocentrismo de Sean Penn en sus trabajos más recientes como director, es que, cuando menos, son lo más honestas posibles, aquí no hablamos de una virtud de la que se pueda presumir, sino de una ingenuidad –o tal vez un cinismo– que lleva a películas como Flag Day a causar cierta impresión de nepotismo, no de méritos, al ser incluidas en la Competencia Oficial.

Penn basa su película en la historia real de un estafador e irresponsable, aunque carismático y amoroso, padre de familia cuya relación con su hija (Dylan Penn) se ve lesionada a través de los años, además de estar fuertemente ligada a felices recuerdos de infancia alrededor del día de la bandera en Estados Unidos. La actuación de Dylan Penn es casi tan vergonzosa como la dirección de su padre, quien pretende emular al venerable Clint Eastwood aunque termina por parecerse más al trabajo de un oficioso director de teledramas muy entusiasta del cine de Terrence Malick.

Pudo existir una película medianamente interesante o conmovedora en Flag Day, pero la grandilocuencia de Penn, inversamente proporcional a la humildad de actores/cineastas como Robert Redford o el mismo Eastwood, catapulta el larfometraje a los terrenos de lo risible y lo patético, sin importar las muestras de amor por su país y su bandera. Sean Penn ama más todo lo que lleve su apellido, empezando por él mismo. (JJ Negrete, @jjnegretec)

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