Croissants desde Cannes 2023 – Día 2

El Festival Internacional de Cine de Cannes ha tenido un inicio relativamente tranquilo y la Competencia ha tenido poco impacto fuera de algunos títulos esperados. No se han dado descubrimientos o hallazgos de esos que a la prensa internacional tanto gusta alardear. Si uno se asoma a redes sociales, la discusión ha versado sobre cuestiones ajenas al cine: como el altercado del director artístico Thierry Fremaux con un policía, el tamaño de las filas para ver la nueva película de Martin Scorsese o el tamaño del pene del nuevo novio de Dua Lipa, el cineasta Romain Gavras.

Sin duda hay espacios en los que se puede hablar específicamente de las películas, pero se ven cada vez más reducidos ante la necesidad del festival por validar su propia vigencia en función de que tanto se habla del mismo en redes sociales, aún si la conversación está lejos de la pantalla.

El reporte de hoy cubre los nuevos trabajos de Amat Escalante, Pedro Almodóvar y dos estupendas películas de las secciones paralelas.

Un Prince
Dir. Pierre Creton
Quincena de los Realizadores

El cineasta francés Pierre Creton lleva varios años trabajando como documentalista, esto lo ha llevado a estar presente en varios festivales internacionales –principalmente en el FID Marseille, plataforma de la mayoría de sus trabajos–, en los que se profesa una relación con la naturaleza y la vida rural que carece de los sesgos y pretensiones romantizantes de cineastas cosmopolitas. La diferencia radica en el hecho que Creton, además de cineasta, ejerce la jardinería como un oficio que nutre su oficio cinematográfico. En sus trabajos, la puesta en escena es un acto de germinación que se cultiva con una mirada atenta y completamente libre de prejuicios. En el más reciente, Un Prince, Creton presenta la historia de un horticultor, Pierre-Joseph, que cuando tenía 16 años se unió a un centro de formación para convertirse en jardinero. Allí conoce a la directora Françoise Brown, Alberto –un profesor de botánica– y Adrien –su patrón–, quienes fueron determinantes en su aprendizaje y el descubrimiento de su sexualidad. 40 años después llega Kutta, el hijo adoptivo de Françoise, quien se ha convertido en el dueño del extraño castillo de Antiville y parece estar buscando algo más que un simple jardinero.

Como en las películas de su compatriota Alain Guiraudie –como El extraño del lago (L’inconnu du lac, 2013) o Animal vertical (Rester Vertical, 2016)–, Creton es un cineasta abocado a una exploración profunda del deseo y la belleza masculinas que se encuentran más allá de cualquier hegemonía estética o moral. En sus documentales existe una libertad que solamente puede provenir de una persona que tiene una comunión particular con el mundo y la paciencia para apreciarlo. En Un Prince, Creton adopta la estructura de un cuento medieval, narrado bellamente a diferentes tiempos por el actor Mathieu Almaric y la actriz Francoise Lebrun (La mere et la putain, 1973), en el que una narrativa tan intrincada como una enredadera se topa con fantásticas elipsis temporales, furtivos encuentros sexuales, presencias espectrales y una criatura fálica que sin duda alimentará fantasías y pesadillas por igual. El oficio cinematográfico de Creton es tal, que la belleza de sus cuadros parece orgánica, hecha casi sin ningún esfuerzo cuando en realidad es el resultado de años de un proceso natural que se ha embellecido con la mano de un fiel compañero.

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Perdidos en la noche
Dir. Amat Escalante
Cannes Premieres

Después de abordar la monstruosidad, literal y simbólica, del machismo, el cineasta mexicano Amat Escalante regresa al cine con Perdidos en la noche, su película con mayores niveles de producción y que, por tanto, implica la inclusión de nuevos elementos en su método de trabajo. Ésta parte de la desaparición de Paloma (Vicky Araico), profesora y activista, quien protesta contra la industria minera local, controlada por la policía local. Cinco años después, su hijo Emiliano (Juan Daniel García Treviño) busca al culpable y, debido a la incompetencia del sistema judicial, decide tomar el asunto en sus propias manos. Una nota lo lleva a la casa de verano de la rica y excéntrica familia Aldama, el clan está encabezado por la matriarca Carmen Aldama (Bárbara Mori). Emiliano se sumerge buscando la verdad en un mundo oscuro lleno de secretos, mentiras y venganzas, al tiempo que va surgiendo una relación con Mónica (Ester Expósito), la hija de Carmen.

La desaparición de una activista es el detonante principal en Perdidos en la noche, un artificio dramático antes que una declaración política. Quizá por temor de que llegue a ser percibida como insensible o banalizadora de un tema delicado y punzante, Escalante se excusa en el esposo de Carmen, Rigoberto (Fernando Bonilla), un artista visual que tiene una fascinación por lo mórbido y cuya residencia está decorada con fotografías de accidentes automovilísticos, una escultura de un consolador masculino con una boca que parece aludir a situaciones de acoso y otra parafernalia similar que expone al personaje como un hombre que se nutre de la tragedia ajena para hacer sentido de la propia, motivo por el cual es amenazado por una perturbadora secta religiosa.

A diferencia de otros cineastas mexicanos contemporáneos, la postura de Escalante no es una de distancia ni de un descarado oportunismo respecto a lo que se retrata, sino de un involucramiento activo –el cineasta aún radica en Guanajuato– y también de cierta ingenuidad y transparencia al acercarse a lo que sucede, no solamente en su lugar de residencia, sino en muchas partes del país.

En su ópera prima, Sangre (2005), una de las principales actividades que los personajes era pasar el tiempo viendo telenovelas, las cuales siguen teniendo influencia considerable en la forma en que la gran mayoría de realizadores estructuran sus narrativas, más considerando que en México, el melodrama sigue siendo uno de los géneros que goza de mayor popularidad. Perdidos en la noche, con la presencia de Mori, Exposito, sus múltiples líneas narrativas y sus oscilantes estilos de actuación, bien podría ser una telenovela irónica sobre el heroísmo, tan pomposamente producida que es capaz de citar a Dostoievski al inicio para acentuar una idea de grandilocuencia que la película simula, aunque la carezca.

Los delincuentes
Dir. Rodrigo Moreno
Un Certain Regard

Pocas cosas son tan efectivas para hacer una película como un robo y usualmente dichos proyectos usan el vértigo como un elemento clave para sostener la tensión durante el tiempo que sea necesario. En el caso de Los delincuentes, del argentino Rodrigo Moreno, el robo es un asunto importante, pero no es el único que tiene cabida y, quizá, ni siquiera es el principal. Morán y Román son dos empleados de banco que en determinado momento de sus vidas se cuestionan la rutina de su día a día. Uno de ellos encuentra una solución: cometer un delito. De alguna manera lo logra y compromete su destino al de su compañero. Decisión que los llevará a un cambio rotundo en sus vidas buscando una existencia mejor.

Como en producciones recientes del cine argentino que han encontrado el favor de los festivales internacionales –La flor (2018), de Mariano Llinás; o Trenque Lauquen (2022), Laura Citarella (quien aparece en la película como una implacable contadora)–, hay un trabajo que, de manera diligente y cauta, se aboca a bordar un trenzado narrativo que ciertamente es menos ambicioso que en las arriba mencionadas, pero que, sin duda, comparte un sentido de riqueza y profundidad literarias que más que en la imagen vive en un sentido lúdico hallado en las palabras. Las “digresiones”, que seguramente serán cuestionadas duramente por varios espectadores, van más allá de cualquier discusión de “utilidad” a la historia. Así como otros cineastas argentinos contemporáneos, lo que Moreno hace, es darnos dos o hasta tres películas en una sola, a la vieja usanza de los cines antiguos en los que uno podía ver un programa doble por el pago de una entrada.

Por un lado tenemos el robo más discreto y casual jamás filmado, acompañado del suspenso netamente hitchcockiano de un hombre que debe ocultar el motín; mientras que por otro, se filma la aventura de dos hombres en la provincia argentina, cada uno de los cuales encuentra un idílico romance. La extraordinaria banda sonora, que lo mismo evoca a Lalo Schiffrin que a Quincy Jones y el gran Bernard Hermann, acentúa esta sensación de clasicismo narrativo que se distiende temporalmente pero no se diluye narrativamente. Habrá espectadores que se sientan timados o que su tiempo les ha sido robado, ¿no es acaso normal esperar eso de una película llamada Los delincuentes? Después de todo, estar en el cine es algo que no sirve más que para robarnos el tiempo.

Extraña forma de vida
Dir. Pedro Almodóvar
Proyecciones Especiales

La buena recepción que tuvo La voz humana cuando se estrenó en MUBI permitió a Almodóvar continuar trabajando con el mismo formato, en un intento del cineasta por aclimatarse a trabajar mejor en inglés. Así se lanza al viejo Oeste por primera vez en su carrera a propósito de Extraña forma de vida, estelarizada por Ethan Hawke y el astro chileno Pedro Pascal en la que ambos interpretan a hombres que tuvieron un pasado romántico en medio del inhóspito y viril mundo de los cowboys.

Después de 25 años, el ranchero Silva (Pedro Pascal) monta a caballo por el desierto para visitar a su viejo amigo Jake (Ethan Hawke), el sheriff de Bitter Creek. Lo que sigue es una velada de intimidad compartida, recuerdos y reconciliación. Sin embargo, al día siguiente, la revelación de las conexiones de ambos hombres con un crimen local sugiere que su reunión es más que un viaje por el camino de la memoria. Almodóvar afirmó que el cortometraje funge como una suerte de respuesta a la película Secreto en la montaña (Brokeback Mountain, 2005) del cineasta taiwanés Ang Lee, contrastando el tono sobrio y contenido de la película de Lee con la estridencia de Extraña forma de vida.

El cortometraje toma inspiración estética y narrativa de westerns como el clásico Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray, y la épica Duel in the Sun (1948), de King Vidor, las cuales forman parte de un canón de cine clásico del que el cineasta manchego es un devoto admirador y un talentoso asimilador. El romance presente en el cortometraje remite a la noción de “deseo prohibido” presente en las películas de Douglas Sirk, particularmente All that Heaven Allows (1955) o Written in the Wind (1956).

La extraña forma de vida a la que se refiere el título alude al famoso fado (género musical portugués) de Amalia Rodrigues, cuya letra sugiere que no hay existencia más extraña que la que se vive dando la espalda a los propios deseos y que en el cortometraje es “interpretada” por el actor español Manu Ríos. En su nuevo trabajo, producido por la casa de moda Yves Saint Laurent, Almodóvar nos invita a no darle la espalda a aquello que nos da placer y gozo, sin embargo, hay algo que contiene de forma indefinida a Almodóvar en este formato e idioma. Extraña forma de vida parece el atisbo de una idea que apenas y toma forma, que demanda más tiempo del que se le da.

Hay una sensación de premura que bien pudo haber sido utilizada a favor del cortometraje –dos ex amantes a los que se les acaba el tiempo– pero todo queda extrañamente diluido, haciendo que la pasión se sienta fría y remota. Aquí, el cineasta español se queda empequeñecido ante sus referentes, como si se hubiese intimidado y su usual desbordamiento atrapado, quizá por la barrera del lenguaje, quizá por el mecenazgo de una casa de moda que también albergará trabajos de David Cronenberg y Abel Ferrara. O, tal vez, porque hay un cineasta cansado de desear (otra vez están ahí las dolencias físicas) y que reconoce el seguir filmando como una necedad, otra forma, aún más extraña, de vida.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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