Ambulante | ‘Últimas conversaciones’: La vida y el confesionario

En el ocaso de su filmografía, el realizador brasileño Eduardo Coutinho (Cabra marcado para morrer, Edificio Máster), una de las referencias más destacadas del cine documental en Latinoamérica, confeccionaba Últimas conversaciones (Últimas conversas, 2014), título que a manera curiosa realiza una metáfora a los últimos momentos tanto en su propia existencia como en los que se dedicó a entrevistar a las personas más comunes existencias y a capturar las diversidades de la cotidianidad en las que está sumergida la sociedad, así como a los valores y las creencias a las que muchas veces está arraigada.

Presentándose él mismo en la introducción del relato y calificando a la juventud como una serie de recuerdos que serán posteriormente olvidados al adquirir más años encima, el realizador brasileño se instaura en una solitaria habitación con una única silla para el muchacho o muchacha con la que conversará para destapar algunas de sus vivencias más íntimas. A su vez, tajante y sincero, admite el riesgo que implicaría no finalizar a tiempo el trabajo y su preocupación por no lograr la visión cinematográfica deseada, aunque los mismos azares del destino le imposibilitarían finalizarla con sus propias manos por su trágico fallecimiento, asesinado a sangre fría en las inmediaciones de su hogar en 2014.

El póstumo documental de Coutinho, finalizado por Joao Moreira Salles y editado por Jordana Berg, se asoma a los instantes de la adolescencia, una de las etapas más complejas en la que el ser humano atraviesa entre la infancia y la adultez, entrevistando de manera individual a diversos jóvenes, cada uno con sus respectivas experiencias vivenciales, diferentes entre sí pero con un rasgo en común: el paulatino despertamiento a la confrontación propia de la compleja realidad del mundo.

Exenta de cualquier moralidad en el mensaje y en un tono sencillo, el confesionario de cuatro paredes y una puerta es la mecánica de una entrevista que se asoma de manera honesta a las diversas opiniones de los jóvenes brasileños en una actualidad en la que si bien hay un avance tecnológico en los medios de comunicación, no se encuentra exenta de los mismos problemas que circundan sus propias existencias.

El austero experimento, aunque hallando dificultades en su ritmo y en el planteamiento de su desenlace, encuentra gran facilidad para capturar los pensamientos más íntimos de los participantes, contando con diferentes personalidades y percepciones del mundo. Coutinho contaba con la paciencia necesaria para escuchar algunos puntos convergentes sobre el maltrato del bullying, las creencias religiosas y la disfuncionalidad en el hogar, sin tomar ningún tipo de postura al respecto que invita a la misma reflexión de sus desahogos, evidenciando situaciones en las que más de un individuo podría encontrar algún tipo de identificación.

Así, la narrativa, ante las dosis existencialistas en cada conversación, se entrevé un dejo de idealismo en la búsqueda de los sueños, aspecto un tanto natural en la que inclusive la tristeza hace partícipe como uno de los medios inevitables para lograr la madurez. A su vez, la inocencia se puede apreciar como el catalizador para lograr una pizca de alegría en el ser humano, aspecto tan evidente que lleva al planteamiento de la infancia como la etapa en la que se es más capaz para sobrellevar la vida antes de caer cuenta en la sobriedad de la rutina.

Las “últimas conversaciones” de Eduardo Coutinho pudieron quedarse en el olvido por su convencionalidad, pero logran ofrecer un minucioso, profundo e íntimo retrato en el que la adolescencia, ni más ni menos, es el punto de inflexión más importante hacia la etapa adulta, encargada de consolidar el carácter del individuo y capaz de conectar con la similitud de las vivencias que muchos mortales tienen en el tiempo que les corresponden existir.

Por Mariana Fernández (@mariana_ferfab)

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