34 Foro | ‘Los niños del cura’: La comedia de la concepción

Hace no mucho, una comedia con un humor recargado en lo étnico y regional conquistó la taquilla mexicana, Nosotros los nobles (2013) –un par si contamos No se aceptan devoluciones (2013)–. Lo mismo pasó en España con Ocho apellidos vascos (2013), acompañada de gags recargados en las diferencias entre sevillanos y vascos. Incluso, si nos atenemos a las críticas desde Cannes, pronto la comedia de humor negro Relatos salvajes (2014) hará lo mismo para Argentina. Los niños del cura (Svecenikova djeca, 2013) parte de un principio muy parecido para abordar con una mirada irónica y desenfadada ciertos problemas de su natal Croacia –Europa también sale por ahí raspada.

Don Fabián (Kresimir Mikic) es un joven sacerdote que es comisionado a una pequeña isla del Mar Adriático. En cuanto llega a su nuevo hogar se envuelve rápidamente en la tranquila vida de los habitantes, marcada por la tradición y la falta de nacimientos o bodas. Cuando la confesión de uno de los lugareños le revela el origen del problema –todos usan diversos métodos anticonceptivos–, el párroco y el confesado iniciarán una cruzada por devolverle la vida a la isla… así tengan que hacer trampa.

Es en el limitado espacio de la isla y su reducido número de habitantes donde el director Vinko Bresan desarrolla su comedia, que no sus personajes, porque estos nunca dejan de ser representaciones de alguna idea. Desde el nacionalista y xenófobo dueño de la farmacia –temeroso de que los musulmanes invadan su territorio–, hasta los líderes de las facciones políticas que gobiernan la isla, Bresan deja claro pronto que estamos ante una comedia ligera sin complicaciones, donde el gag se impone como arma narrativa.

Como toda cinta construida a base de “puntadas”, el ritmo de Los niños del cura depende del grado de identificación con cada broma. Las que hacen referencia al catolicismo, sobre todo, sin duda serán fáciles de asimilar; otras batallarán bastante por llevar a la risa. Buscando dotar a su película de una resonancia emocional que no se presenta durante los primeros dos tercios, Bresan se guarda un último giro algo funesto para recordar que debajo de la superficie, en apariencia sencilla y funcional, la vida guarda mucha basura.

Por Rafael Paz (@pazespa)

 

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