61 Muestra | ‘Café Society’: Monótona variedad

Hablar de la filmografía de Woody Allen se ha convertido en una tarea tan redundante y repetitiva como los temas y tonos fílmicos a los que se ha ceñido con obstinada fidelidad durante las últimas dos décadas y aunque ha tenido sus innegables puntos altos en este período de tiempo, lo cierto es que “Woody Allen” ha perdurado más como producto del branding que como una auténtica firma autoral, algo que Café Society, su más reciente cinta y el estrepitoso fracaso de su serie televisiva para Amazon, Six Scenes of Crisis parecen confirmar.

En esta cinta, que abrió la pasada edición del Festival de Cannes, Allen nos lleva al Hollywood de los años 30 con Bobby (Jesse Esienberg), joven originario de Brooklyn que llega con su poderoso tío (Steve Carell) y quien en el inter se enamora perdidamente de su joven y bella asistente (Kristen Stewart), quien a su vez sale con un misterioso hombre casado. El enredo romántico planteado por Allen se torna rápidamente predecible, haciendo el seguir la película un acto familiarmente agotador, pero incluso dentro de su innegable desgaste y plano agotamiento creativo, la cinta cuenta con dos grandes virtudes que cuando interactúan se vuelven absolutamente mágicas.

Por un lado, el punto de interés central radica en la fotografía digital del legendariamente brillante cinefotógrafo italiano Vittorio Storaro (Apocalipsis ahora, 1979), la cual, pletórica de intensos naranjas, luminosos ocres y estilizados sepias, recrea una época al tiempo que la moderniza. Pocas veces la imagen digital había alcanzado el nadir óptico que Storaro es capaz de conjurar y aunque en Café Society hay centenares de sujetos, lugares o situaciones que son estéticamente atractivos ninguno como la belleza y candor de su otro gran atributo: Kristen Stewart.

Interpretando a Vonnie, Kristen Stewart se convierte en el alma de una cinta que languidece en un mundo de acartonamiento y exhausta pose, y no por que el personaje esté particularmente bien escrito o porque su dilema sea realmente estremecedor, sino por su capacidad para transmitir genuinamente estados emocionales sumamente complejos en delicados gestos y sutiles miradas. Stewart se ha perfilado como una actriz agudamente intuitiva que trasciende las evidentes limitaciones del personaje y como en su rol en Las nubes de María (Assayas, 2014), se nutre más de sinceridad que de histrionismo.

Por su parte, Allen no hace más que su ejercicio de rutina, como el maratonista consumado y cansado que es, va dejando sus mejores registros detrás y está conforme con poder seguir participando. Lo seguimos más por hábito que por genuino interés, pero presenciar su abrumador desgaste se convierte en un acto casi mórbido.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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