‘La delgada línea roja’ y el monstruo de la guerra

“Lo único permanente es morir y Dios”.
Soldado raso B.Train

Terrence Malick regresó del hiato de 20 años después del lanzamiento de Days of Heaven (1978) para mostrarnos una nueva faceta expositiva y una nueva temática; la guerra. Nos ubica en el hecho histórico de la Batalla de Guadalcanal, efectuada en 1942 durante la Segunda Guerra Mundial, pelea en la que el ejército estadounidense arrasó con las fuerzas japonesas.

Justamente en el mismo año que también se estrenó una de las obras más representativas sobre belicismo, Saving Private Ryan (1998) de Steven Spielberg. Ambas fueron nominados en múltiples categorías a los premios Óscar a pesar de ser radicalmente distintas en su narrativa. Mientras que la película de Spielberg nos relata todo de una forma tradicional (su única figúra retórica importante es la elipsis), con una acción dramática continua; la de Malick basa su forma de narración en la corriente o flujo de conciencia (a modo de voces acusmáticas) acuñado por William James y empleado por Joyce en su Ulises y esta vez no solamente de un personaje como en sus anteriores filmes, la ya citada Days of Heaven y antes Badlands (1973), en éstas, sólo podíamos escuchar el discurso interior de las personajes adolescentes protagonistas de cada historia, en The Thin Red Line escuchamos a toda una coralidad.

El filme de Malick, a diferencia de la de Spielberg, tiene argumentos fundamentalmente filosóficos; no se resuelve en sí misma, cuestiona.

Es una mezcla entre el cristianismo del director debido su herencia familiar y su formación superior en filosofía en las universidades de Harvard y Oxford, con la influencia central de Kierkegaard, en materia de la angustia de la mortalidad, y de Heidegger, por lo que respecta al lugar del ser humano en el mundo. Conllevado a la preocupación de Malick por la guerra misma, y como es la última violación ante Dios, la naturaleza y la vida humana. Malick siempre ha estado interesado en la relación del humano con lo trascendente a él (Dios, espiritualidad, misticismo) y la forma en la que reconciliamos nuestras dudas y defectos con la gracia y belleza del cosmos que nos rodea.

Aunque Malick elige filmar desde la perspectiva de los americanos, en su dirección no hay heroísmo ni efervescencias nacionalistas, sino que,  descubrimos que los seres “monstruosos” que tanto daño han causado a los personajes son hombres, como ellos.

El punto álgido de la trama se da cuando los soldados estadounidenses invaden la base nipona. La cámara, enfocando desde el ángulo del ejército americano, sigue a sus “compañeros” y se mueve junto a y como ellos: se excita, se agacha, esquiva las construcciones enemigas, se eleva y asesina.

Durante el asalto se escucha este poema de discurso (en la voz acusmática del soldado raso Witt, cuasi protagonista o más bien hilo conductor de la película) a manera de protesta acerca de: en lo que el hombre se ha transformado, la conducta, postura y actitudes del hombre moderno. “Éramos una familia. ¿Cómo nos separamos y distanciamos, para que ahora estemos enfrentándonos? Cada uno robándole la luz al otro. ¿Cómo perdimos ese bien que se nos otorgó? Lo dejamos escapar, descuidadamente nos dispersamos. ¿Qué nos impide cambiar, tocar la gloria?”. Mientras la emocional banda sonora de Hans Zimmer intensifica el volumen gradualmente, configurando los alaridos, explosiones, disparos y demás sonidos directos provocados por el combate a un silencio ambiental total en el que sólo se escucha ella y la voz acusmática mencionada.

La película también nos vierte en el estrés post traumático de los soldados. Después de la invasión a la base japonesa, a la compañía “C” (la que seguimos a lo largo del filme) se le concede una semana de descanso fuera de la línea de batalla, sin embargo, lo que vemos es solamente algunos pasajes de felicidad, mayormente vemos conatos de demencia, llanto, soledad, nostalgia y decepción. Incrementado la línea argumentativa anti-guerra de Malick.

El desenlace nos habla de un principio de cristiandad, al ser Witt el personaje con las virtudes más “humanas” (empatía, nobleza, compasión, solidaridad, etc.), es él justificadamente para la historia, quien debe sacrificarse por sus compañeros, pues, con su privación ha salvado a otras personas, pero sin él el mundo es un lugar peor. Él carga consigo la chispa (luz) y sin él la oscuridad gobernará.

Por Fernando Negrete (@FernandoNegrete)

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