‘El vigilante’ y los juegos del absurdo

Salvador (Leonardo Alonso) es un guardia de seguridad que trabaja en la construcción de un edificio a las orillas de la ciudad. Después de cumplir con su trabajo antes de celebrarse un día festivo, se dispone a ir con su esposa que está a punto de dar a luz cuando una serie de extraños eventos acontecen en el lugar, desencadenados por el hallazgo de una abandonada camioneta con dos cadáveres.

El vigilante (2016), ópera prima del realizador Diego Ros, construye una perspectiva enfocada en la ambivalencia ética y sus repercusiones dentro de la improbabilidad de sucesos. Salvador, un hombre de familia responsable, despliega un comportamiento honesto en el primer tramo de la trama, realizando con puntualidad los reportes a su jefe, la correcta declaración en la investigación sobre la camioneta y la comunicación telefónica con su esposa, dando un cambio a causa de la dificultad de las circunstancias.

Con sobriedad, Ros encamina un sólido thriller en el que los detalles sospechosos que Salvador encuentra a lo largo del día (como el robo de material de construcción) se entrelazan con lo absurdo de los sucesos, mismos que resaltan lo impredecible que resultan, en algunas ocasiones, diversas situaciones de la vida. La austeridad del relato logra resaltar, por medio del vasto espacio del edificio en construcción, la opresión que experimentan los personajes, cruzándose elementos de misterio que otorga redondez a la jornada nocturna.

Cada pieza del rompecabezas construye eventualidades inesperadas que obligan a Salvador a tomar decisiones alejadas de sus convicciones personales, su honestidad desapareciendo casi por completo, influenciadas por los hechos y las personas con las que interactúa en esa noche. La llegada de Hugo (Ari Gallegos), el vigilante del turno nocturno que se niega a dar una versión clara a la policía de los hechos vistos en la camioneta, refuerza la facilidad con la que el ser humano incide en acciones deshonestas para evitar problemas con un sistema del que ellos mismos desconfían.

Así, la improbabilidad determina las decisiones del protagonista, topándose con el empleado que se queda más de lo debido en la construcción y una prostituta que será víctima del azar. Ros logra crear un meritorio personaje protagónico con aristas, capaz de tener dudas existenciales para actuar de manera correcta, incidiendo con las tentaciones que ofrecen las mentiras, las cuales se convierten en el móvil primordial de las acciones, la única salida para librarse de las desafortunadas situaciones.

El vigilante es una austera y sólida visión de la ambivalencia de los valores, la mentira como uno de los elementos más aplicados en el modus operandi de la sociedad, sus grupos y de los mismos sistemas que construye, entreviendo, de manera sutil, una puntualización a la violencia y a la impunidad.

A veces, menos es más.

Por Mariana Fernández (@mariana_ferfab)

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