‘Día de la Independencia’: El cliente siempre tiene la razón

Recientemente se supo que ejecutivos de Disney ordenaron una reedición del corte final de Rogue One: Una historia de Star Wars (Rogue One A Star Wars Story, 2016) porque les pareció demasiado oscuro. La película cuenta la historia de cómo un comando de Rebeldes obtiene los planos para la Estrella de la Muerte del Imperio Galáctico. Si bien recuerdo, un personaje en El retorno del jedi (The Return of the Jedi, 1983) menciona que muchos bothans —yo tampoco sé qué es eso— murieron intentando obtener la misma información sobre la segunda Estrella de la Muerte. Es de suponerse que muchos soldados acabaron igual cazando los secretos de la primera. Para como el director Gareth Edwards había descrito su película, parecía que veríamos algo así como El ejército de las sombras (L’armée des ombres, 1969) situada hace mucho, mucho tiempo en una galaxia, etcétera. En aquella película de Jean-Pierre Melville la Resistencia Francesa es retratada como una asociación de almas muertas, diezmadas en cuerpo y espíritu por enemigos y aliados. Rogue One quizá se acercó demasiado a las realidades del sacrificio en nombre de una abstracción, llámese la libertad o la justicia, y fue considerada inapropiada para la audiencia que, a ojos de los ejecutivos de Disney, no es más que una sociedad de tarados. Sus mandíbulas caídas forman el recipiente perfecto para depositar mezquindades como el Episodio VII, que no es más que el Episodio IV con nueva hojalatería y pintura.

Disney, por supuesto, no es el único estudio de Hollywood que ha recurrido al revestimiento de viejos éxitos. Mundo jurásico (Jurassic World, 2015), de Universal Pictures, hizo lo mismo aunque con mayor éxito gracias a su postura crítica ante remakes y reboots. Pero dado que es más fácil repetir, El día de la independencia: Contraataque (Independence Day: Resurgence, 2016), de 20th Century Fox, no sólo es una recreación de escenas memorables de El día de la independencia (Independence Day, 1996) sino también un homenaje a aquélla, una película de ciencia ficción inverosímil, incoherente, patriotera e insignificante de no ser por sus contribuciones a los efectos especiales, un aspecto rebasado ya por las animaciones digitales. Peor que elogiar un pasado infame es repetir sus errores, todos relativos al maltrato intelectual de la audiencia. El día de la independencia: Contraataque no repara en hacerlo.

Situada en nuestro mismo año pero en un mundo reconstruido tras la invasión extraterrestre de hace 20 años, la cinta presenta una humanidad tan limitada como la que venció a los agresivos visitantes en la película anterior. Los estadounidenses son incluso más kitsch que los reales: en la nueva Casa Blanca hay retratos del Príncipe del Rap en su papel del finado Steven Hiller (Will Smith); en una ceremonia en Washington, la Presidenta —por supuesto— se comunica en vivo con el hijo de Hiller, Dylan (Jessie T. Usher), que sobrevuela la luna con una bandera rojiazul sujeta a su caza interestelar. Y ya que faltaba diversidad sexual en el elenco original, el director Roland Emmerich revivió al Dr. Okun (Brent Spiner) y le dio un novio. Estas decisiones no serían tan significativas si no hubiera diálogos para explicar a la audiencia qué ha pasado en estos 20 años: uno le cuenta a las masas que no ha habido guerras, en otro el novio del Dr. Okun le explica que lleva siete mil 300 días en coma, mientras que el desenlace deja muy claro que va a haber una tercera parte: “Let’s go kick some alien ass!”. Al cabo que somos tarados.

Cuando una gigantesca nave enemiga se aparece en nuestros radares sólo queda una opción, al igual que hace dos décadas: esperar que los estadounidenses tengan un plan. Es inevitable pensar que es la misma película que El día de la independencia. Aunque en la primera escena de Contraataque se escucha el famoso discurso del ahora ex presidente Thomas J. Whitmore (Bill Pullman) —“Today we celebrate our Independence Day!”— a Emmerich le resulta irresistible introducir otro muy similar hacia el final de la cinta. Esta no es la única recurrencia. De nuevo la batalla decisiva se pelea en el Área 51 y de nuevo los humanos se introducen a la nave nodriza de los extraterrestres; de nuevo Whitmore pone en riesgo su vida ante uno de los invasores y de nuevo alguien dice que las naves humanas están “cayendo como moscas”. La muerte de viejos personajes no representa el distanciamiento con el pasado, como Emmerich pareciera quererlo, sino el disfraz de su mediocridad como cineasta.

¿Importa el talento de Emmerich en una película que no aspira más que a divertir? Claro. Lo divertido no prohibe lo inteligente o al menos lo original. Como vimos antes, Emmerich no es el único que acude al pasado para buscar fórmulas exitosas mientras los guionistas de Hollywood renuncian a su pereza. Emmerich y compañía hacen de James Cameron un cineasta admirable porque sus secuelas en las series Terminator y Alien son al menos episodios distintos a los originales. Concederle el éxito a El día de la independencia: Contraataque, es condonar el impasse creativo de una industria que podría darnos experiencias más visionarias o simplemente menos predecibles. Irónicamente la película se trata de eso: de la búsqueda de soluciones inteligentes a problemas abrumadores. Nosotros no tenemos que vencer a una inteligencia superior, sólo tenemos que ser más exigentes. El cliente, reza el proverbio elemental del consumismo, siempre tiene la razón.

Por Alonso Díaz de la Vega (@diazdelavega1)

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