‘Deseo de matar’: Un remake tan digno como prescindible

Aparentemente el estreno del remake Deseo de matar (Death Wish, 2018) –modernización (¿?) de la adaptación fílmica con Charles Bronson de la novela del mismo nombre, que dio paso en los ochenta a una rentable franquicia producida por el legendario estudio Cannon Films–, fue pospuesto debido a la masacre de Las Vegas ocurrida en octubre de 2017. Como si se tratara de un ácido gag de BoJack Horseman para reflejar el lado terrible de la sociedad americana, la nueva fecha de estreno (2 de marzo en Estados Unidos y 9 de marzo en México) terminó casi por coincidir con otra masacre perpetuada por un solo individuo, la del día de San Valentín en una escuela de Florida.

Desde los años setenta, El vengador anónimo (Death Wish,1974) reflejaba en la pantalla grande el eterno conflicto, tan americano como el beisbol, de la posesión de armas. Antes de convertirse en un notorio vigilante, la ideología respecto a las armas del personaje de Bronson (el abogado Paul Kersey) venía de un fatídico incidente en el que su padre, un cazador, murió accidentalmente por el impacto de una arma de fuego. Un liberal neoyorquino, que incluso fue un objetor de conciencia en la Guerra de Corea, Kersey se ve consumido por una tragedia familiar producto del notorio incremento en la tasa de criminalidad del Nueva York de los setenta (crime is increasing, cantaba Marvin Gaye en 1971 en su blues citadino).

El reencuentro con las armas de Kersey, muchos años después, se da durante un viaje de negocios en Arizona, un estado en el que, de acuerdo con la cinta, el uso de armas entre los civiles es común. Si acaso el mayor logro del remake dirigido por Eli Roth, en cuestión de “modernizar” la franquicia, está en una serie de escenas en las que vemos al ahora doctor Paul Kersey (Bruce Willis) adentrarse por primera vez en el mundo de las armas, luego de que, como dicta la trama clásica, su esposa muere y su hija queda internada en el hospital tras ser víctimas de un violento robo dentro de su propia casa.

Si en el filme original la primera pistola de Kersey tras el asalto llega como un regalo de su socio de Arizona –un experto en armas consciente de que sus ideales son mal vistos por los liberales –, y en las secuelas el tema de las armas llega a un punto surrealista y propio de su mutación rumbo a la explotación (¡Bronson vuela a un criminal con una bazuca en la tercera entrega!), en el remake se satiriza esta cultura (hay unos videos que recuerdan a los shows predilectos de los criminales de Jackie Brown: La estafa) y sobre todo la facilidad con la que actualmente puedes armarte legalmente en EU; algo tan simple como “tengo el ticket de compra”, le dice Willis a la policía cuando lo cuestionan por el origen de su poderoso armamento.

Desde El vengador anónimo, un tema central de la franquicia siempre fue el conflicto moral y legal inherente a las acciones de un vigilante que, ante la incontrolable ola de violencia e impunidad, hace justicia por propia mano, aunque esto fue perdiendo realismo de forma acelerada con las secuelas. La versión de Roth, por su parte, tiene de todo lo que caracterizó a sus antecesoras, entre los dilemas, la violencia catártica, divertida, y la situación del vigilante que termina siendo ayudado por las propias autoridades.

El contexto es similar al de la primera parte, con la ciudad de Chicago y sus problemas reales en el fondo; al tiempo que ese sentimiento de injusticia se desencadena en la audiencia no hasta que ocurre el incidente sino desde que vemos al doctor Kersey respetando los derechos y atendiendo por igual a víctimas y victimarios (“mi compañero acaba de morir y ahora vas a tratar de salvar a su asesino”, le dice un policía indignado al protagonista). Aunque finalmente no hay mayor profundidad en el tema, la respuesta dividida de la sociedad ante el emergente vigilante se limita a escenas de fondo en las que vemos debatir a Sway (“¿como puedes estar en contra de alguien que defendió a unos hermanos negros?”, le dicen al famoso conductor de radio), a una breve confrontación que involucra a un personaje inédito (el hermano de Kersey, interpretado por Vincent D’Onofrio), y a un coqueteo con ir a un lugar que la franquicia mencionó en su primera parte para después ignorar por completo en las secuelas: los copycats y en general el peligro que un vigilante podría traer a los civiles inocentes.

De un vigilante aquejado, el Kersey de Bronson terminó siendo un superhéroe casi infalible (salvo porque continuamente le mataban a sus mujeres amadas), mientras que el Kersey de Willis representa una mescolanza de una serie de filmes que siempre fueron cambiantes y pasaron de la seriedad y un guión con conflictos pertinentes a una revenge movie directa, brutal e icónica (Death Wish II, 1982); una delirante y gloriosa carnicería sin descanso –en una parte de Nueva York convertida en zona de guerra – con Bronson despachando a un grupo de criminales jóvenes que parecen salidos de Tromaville o del imaginario mad maxiano (Death Wish 3, 1985); otra vertiente de la trama de Yojimbo (1961) con un claro mensaje anti drogas y Bronson provocando una guerra entre dos bandas de criminales de Los Ángeles y armado otra vez con una bazuca (Death Wish 4: The Crackdown, 1987); y finalmente a otra revenge movie, con una trama por demás repetitiva aunque más cercana al concepto de Otro día para matar (John Wick, 2014) de ver a los criminales temerosos ante el inminente arribo del ya conocido justiciero (Death Wish V: The Face of Death, 1994).

Al no ser un guión propio, ni haber sido la primera opción como director (los responsables de Big Bad Wolves fueron contratados en algún punto), el toque de Roth se limita a algunas secuencias, particularmente una en la que –una vez que el remake ha tomado la ruta de la revenge movie al igual que Death Wish II y Death Wish V: The Face of Death– el director aprovecha la nueva profesión como doctor de Kersey y hace que la franquicia conozca el llamado torture porn de Hostal (Hostel, 2005). De ahí en fuera hay poco que no hayamos visto, y aunque Willis hace una labor digna y son disfrutables esas referencias directas a las primeras tres entregas dirigidas por Michael Winner (incluidas réplica del memorable final de la original y versión equivalente pero muy rebajada de la bazuca de Death Wish 3), es justo decir que el remake resulta tan decente como prácticamente prescindible.

Por Eric Ortiz (@EricOrtizG)

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