‘Aquaman’ y los mares de la saturación

Hay pocas peleas más desiguales que la mantenida por Marvel y DC Comics en las pantallas de cine a lo largo de la última década. Mientras la primera parece haber convencido al público sin muchas dificultades de consumir sus productos; la segunda luce sin rumbo, estilo o meta definida en sus planes a largo plazo. A cada triunfo de su rival, DC cambia de estrategia sólo para volver a topar con pared.

Los pocos éxitos que han disfrutado junto a Warner Bros., su socio cinematográfico, se han dado de manera esporádica, sobre todo después de la trilogía de Christopher Nolan. Tal vez la Mujer Maravilla sea la única que puede considerarse un hit tanto de taquilla como de público. Su estreno más reciente, Aquaman (2018), ha resultado todo un éxito con la audiencia, pronto cruzará la barrera de los mil millones de recaudación alrededor del mundo, aunque no así con la crítica.

No es complicado entender las razones del disgusto de la prensa especializada, Aquaman debe ser una de las películas más recargadas de superhéroes que se hayan hecho en los últimos años. Rivalizando con el Batmande Burton, estrenado durante los 90, es al menos su digna heredera.

El realizador detrás de este gordo brochazo es James Wan, que ha pasado los últimos años entre El Conjuro y la franquicia de Rápido y Furioso. No es exactamente un imitador de Ozu, por ello sería un despropósito entrar a la sala esperando una meditación tranquila sobre la familia o la fibra interna del superhéroe. Wan tampoco parece estar interesado en tomar ese camino, en esta aventura acuática hay un poco de todo, sin reparo alguno conviven por igual Lovecraft que el espíritu aventurero de Indiana Jones, las referencias al Quinto Elemento o de Avatar.

La trama inicia varios años antes de nuestro tiempo, cuando el cuidador de un faro (Temuera Morrison) encuentra a una bella mujer herida en la costa. Pronto descubre que se trata de una nativa de la Atlántida, la reina Atlanna (Nicole Kidman), el amor nace entre ambos. Pero las presiones de su gente y el acoso de su marido acuático, la obligan a volver a su origen, dejando atrás al pequeño Arthur (Jason Momoa).

En el presente, Arthur se ha convertido en una pequeña celebridad gracias a su intervención junto a otros superhéroes en La Liga de la Justicia (2016). Gasta sus días bebiendo y salvando submarinos. Hasta que la inminente lucha entre las profundidades y los terrestres, provocada por su medio hermano (un platinado Patrick Wilson), lo obliga a regresar a la cancha de su madre y exigir su derecho como heredero al trono.

Es claro que la encomienda de Wan es alejarse en lo posible del épico y machín estilo de Zack Snyder, el principal diseñador del universo cinematográfico de DC. Aquaman es colorida, llena de chistes, acción y, para satisfacer al público femenino, dueña de una cámara que sabe tomar el musculoso cuerpo de Momoa como si se tratara de un especial de Sólo para mujeres. Sergio Mayer seguro sonríe orgulloso en su curul. Al mismo tiempo, Wan inserta en este concierto de ocurrencias más de una referencia al estado actual de Estados Unidos, también gobernado por un platinado Donald Trump, amante del poder blanco, digo atlante, y deseoso de regresar a la grandeza que disfrutaron anteriormente.

Aquaman parece tener todo, menos ritmo o una visión clara sobre aquello que desea expresar. Muy parecido a fin de cuentas a lo que Snyder había ofrecido con anterioridad, pero con dosis de testosterona más amigables. Es un milagro que el rey del océano no murió ahogado en medio de esta saturada marea. 

Por Rafael Paz (@pazespa)

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