‘Pi, el orden del caos’: La belleza negra de las matemáticas

Las matemáticas son el alfabeto con el cual Dios ha escrito el Universo.
Galileo Galilei

De entre todos los vastos preceptos matemáticos heredados por las culturas antiguas, la constante del número π y su infinito valor de 3.141592 fue la elegida por el cineasta Darren Aronosfky (Nueva York, 1969) para crear un experimental e inquietante relato cinematográfico: Pi, el orden del caos.

En 1998, el Festival de Sundance era el escenario de la presentación de  la ópera prima de Arronosfy, la cual sorprendió a propios y extraños no únicamente por enfocarse en un mundo tan complejo como el de las matemáticas, sino también por entremezclar en el oscuro thriller psicológico preceptos de filosofía, tecnología y religión.

La delgada línea entre la razón y la locura

Max Cohen (Sean Gullette) es un huraño genio matemático, con trastornos de migraña, que considera que los números son el lenguaje propio de la naturaleza. Su particular modo de vida lo lleva a tres cosas rutinarias: visitar a su mentor Sal (Mark Margolis) para jugar Go, reflexionar sobre principios de matemáticas y salir esporádicamente a tomar un café. Obsesionado con la existencia de un patrón numérico en la bolsa de valores, descubrirá una misteriosa cifra de 216 números que podría revelar un importante secreto. Así, Max, al borde de la locura, se verá perseguido por una acaudalada firma de Wall Street y un radical grupo religioso, dispuestos a apoderarse del codiciado número para sus respectivos fines.

Aronosfky, a partir de Pi, introduce su sello como autor. Como narrador de historias, lo realiza con personajes solitarios guiados a la constante búsqueda de la perfección, cayendo en una espiral autodestructiva en el proceso: Max, como un matemático que desea descifrar el enigma de π, sin importar las consecuencias. Posteriores cintas del neoyorquino reafirman el mencionado síndrome de obsesión: en Réquiem por un sueño (2000), con el empeño de Sara Goldfarb (Ellen Burstyn) por bajar de peso con píldoras dietéticas; en El luchador (2008), Randy (Mickey Rourke) es un decadente luchador que intentará rememorar viejas glorias en el ring a cuestas de su vida y en El cisne negro (2010), Nina (Natalie Portman) es una inocente bailarina de ballet que, al carecer de sensualidad para interpretar a la contraparte del Cisne Negro en la puesta en escena de El lago de los cisnes, buscará adquirirla mientras enfrenta un retorcido viaje por su lado oscuro.

El orden y el caos: La paranoia en blanco y negro

En Pi, la paranoia es una latente en la personalidad de Max. Su intrínseco modo de vida es exaltado por los numerosos cerrojos en la puerta de su departamento, en el sometimiento a pastillas para calmar sus crisis mentales (captadas en fast motion), en el resalte a detalles importantes en objetos que le rodean y en los planos subjetivos que asoman a su metódica rutina: recorrido en el metro neoyorquino, debate con Sal sobre genios como Arquímedes y su labor como investigador matemático dentro del claustrofóbico apartamento (donde su única compañía es su computadora Euclides).

Aronosfky presenta los rasgos visuales que también definirían a Réquiem por un sueño (la detallada reacción de un ojo ante la droga), a El cisne negro (la paulatina transformación de Nina en el sórdido cisne oscuro) y a La fuente de la vida (2006), en la recreación de una historia de amor en tres épocas, con ensalce de poderosas imágenes a través de una burbuja espacial.

A su vez, la tonalidad en blanco y negro de Pi hace más patente un mundo “cuadrado”, monótono y plagado de surrealismo con un imaginario de moscas y cerebros dignos de remisiones de Kafka. Clint Mansell (quien se convertiría en el músico de cabecera de Aronosfky), acompañado por el trip-hop de Massive Attack y el mood electrónico de los islandeses GusGus, recurre al techno para acompasar la búsqueda del protagonista, resaltar el enigma de Pi y los dígitos que tanto se empeña en investigar. Así, las matemáticas representan el orden en la vida (incluso en el estratégico juego Go), pero, para Max, equivale también el caos, al orillarlo hacia la locura por investigar lo que tanto ama.

Una peculiar mezcla de tecnología y cábala

En la historia, creada por Aronosfky y Sean Gullette, la tecnología es crucial para el desenvolvimiento de Pi. Euclides (la computadora de Max) se encarga de agrupar las constantes numéricas que van desenvolviéndose para averiguar el significado de los 216 dígitos que guardan la apariencia de un peligroso virus. No únicamente en las ecuaciones se entrelazan preceptos de Pitágoras o Fibonacci, sino que también se resalta la importancia de la tecnología en la búsqueda personal (con todo y discos flexibles de antaño), con el requisito obligatorio de un chip para que funcione Euclides. Su descompostura y posterior renacimiento reflejan también a Max, quien tras perder la convicción en su investigación, la recupera, gracias a la intervención de otro precepto: el religioso.

El detonante de la iluminación de Max para proseguir en la investigación de π es la explicación de Lenny, estudiante de la Tora, sobre la cábala y las equivalencias numéricas que supuestamente guarda cada letra hebrea. Los rabinos juegan el papel de buscadores implacables de respuestas con respecto a los secretos de los judíos, sin importar si dicha información les corresponde o no descubrir. Aronosfky retomará el tema de la religión en Noah (2014), al adaptar la historia bíblica de Noé (Russell Crowe) y la construcción del arca por mandato divino, a causa de un poderoso diluvio que azotará a la humanidad.

Así, Pi: El orden del caos, es la ópera prima que no sólo revela una obsesiva intriga psicológica salpicada con filosofía, sino también es una oda sombría a la ciencia enfocada a las propiedades de los números, ya que para Max, “todo en el mundo puede ser representado y entendido a través de las matemáticas.”

Por Mariana Fernández (@mariana_ferfab)

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