‘El otro lado del viento’: La conclusión del fracaso

La ambición dirigió el pulso creativo del, en todo sentido, colosal cineasta estadunidense Orson Welles. Desde la creación de su mítica opera prima El Ciudadano Kane (1941), fantasma que lo perseguiría cual Hamlet durante toda su carrera, hasta el acto de prestidigitación fílmica que es su ingeniosa F for Fake (1973), Welles parecía siempre querer llevar el acto de crear a niveles cada vez más altos y a la vez recónditos, convertirse en una manifestación del impulso creativo, tan intangible, omnipresente y poderoso como el viento.

Lo que Welles plasmaría con la creación de su obra póstuma, El otro lado del viento (The Other Side of the Wind, 1976-2018), es que Hollywood es un monstruo de mil ojos que solo tiene una forma de ver las cosas pero que en el contexto efervescente del “nuevo cine” de los años 70, las oportunidades para ser visionario eran infinitas y sobre todo, demandadas.

Después de más de dos décadas en exilio en Europa, Welles regresó a Hollywood para filmar El otro lado del viento, proyecto que a la postre quedaría inconcluso durante décadas y que, a través de una curiosa ironía, sería acabado por Netflix, plataforma constantemente acusada de querer acabar con el cine como lo conocemos, mote que en más de una ocasión se le asignó al pantagruélico cineasta.

La película de Welles gira en torno al cineasta Jake Hannaford, interpretado por un bucólico John Huston en pleno modo Hemingway, quien celebra una fiesta en medio del rodaje de su nueva película El otro lado del viento, una divagación fílmica que evoca el nihilismo de Antonioni en tono Roger Corman. La estrella de la película ha desaparecido y el resto del equipo de filmación se preguntan si en algún punto el extenuante rodaje llegará a su fin, o cuando menos resolver la incógnita de que es lo que están filmando exactamente.

La película bebe de la iconografía del nuevo cine hollywoodense inspirándose en figuras como el poderoso productor Robert Evans o la influyente crítica Pauline Kael, por mencionar algunos, para hacer una compleja exploración de la búsqueda de lo infilmable, ambición que hermana esta película con la prematura y brutal melancolía de The Last Movie (1971), de Dennis Hooper, quién también hace un breve cameo en la cinta. Ambas comparten una agudísima deconstrucción de la figura del cineasta poderoso que se enfrenta al derrumbe de su propio mito a medida que una filmación inútil sigue avanzando.

Welles dijo en una ocasión que su siguiente película sería mejor que El Ciudadano Kane, pero al preguntársele por el título o trama de la misma, no tenía la respuesta. Igualmente la obra póstuma del cineasta dejara en frustración y perplejidad a quién espera el academicismo canónico de Kane, la audacia de sus adaptaciones shakesperianas o incluso el formalismo lúdico de F for Fake.

No, la última película de Welles se regodea en el fracaso y la traición de un hombre ante un sistema que cada vez lo entiende menos, una quijotesca e infinita búsqueda de “accidentes divinos”, molinos impulsados por un viento invisible cuya voluntad no obedece a la lógica. Quizá después de ver su ambiciosa obra culminada, Welles pueda pasar y ver que el viento mira siempre de la misma forma pero en todos lados y que no hay victoria más placentera que la conclusión de un fracaso.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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