62 Muestra | ‘La vida de Calabacín’: La infancia de Ícaro

El gran pensador estructuralista francés Jean Braudillard escribió que la niñez es una isla menguante, un continente que a cada generación se va haciendo más pequeño, devorado por las sórdidas aguas del mundo adulto. La vida de Calabacín, película animada del cineasta francés Claude Barras, captura con perturbadora gracia y fina precisión ese espacio menguante de la infancia, así como su gradual destrucción a manos de lo adulto.

Calabacín, un pequeño niño de 9 años, ha matado a su madre, una mujer sumida en el alcoholismo, de la forma más inocente que puede haber, por lo que ahora deberá acudir a un orfanato donde se encontrará a un peculiar grupo de niños que han sido víctimas de negligencia, abuso físico o psicológico e incluso de los sistemas legales y sociales de la Francia contemporánea.

El delicado balance de la película, densa sin volverse lúgubre y ligera sin volverse superficial, se debe en gran medida al extraordinario guión de la también cineasta Celine Sciamma (Girlhood, 2013), quien ha concentrado prácticamente toda su filmografía a una concienzuda exploración del duelo que implica el crecimiento, la complejidad de sus dinámicas y la riqueza de su experiencia en cada una de sus aristas.

La película, de apenas poco más de una hora de duración, usa técnica stop motion con muñecos ingeniosamente diseñados, presentando un mundo de austera y sencilla riqueza en el que los únicos personajes que no responden a esquemas maniqueos (de “bueno” o “malo”) son los niños. Evitando esquemas prestablecidos y el cliché, la película construye personajes infantiles de sorprendente complejidad psicológica, niños dañados por la sociedad que crean un fortísimo sentido de comunión.

Brincando de la ternura al dolor, pasando por la rabia y la inocencia, La vida de Calabacín ilustra con deslumbrante precisión la forma en la que la parte más negra del mundo adulto deshacen las alas hechizas del joven Ícaro, nombre real de Calabacín, que son repuestas por un frondoso plumaje bordado cuidadosamente a base de lo más esencial para un niño: comprensión.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)