‘Una noche en el Fin del Mundo’: El amargo fin del cornetto

Allá por por el 2004 una pequeña comedia inglesa llamada Shaun of Dead –en México ostenta el teto título El desesperar de los muertos– ayudó a colocar a su director, Edgar Wright, como una figura de culto en poco tiempo. Wright ha cimentado su carrera a base de pastiches dotados de un gran encanto, una dirección fluida y edición frenética. Su sentido de lo pop es envidiable.

Podríamos decir que todas sus películas rinden homenaje a un género o subgénero, siendo el amor y respeto que el cineasta profesa a estos la característica más definitiva de su trabajo. Shaun of Dead era una carta de amor al cine zombie, Hot Fuzz (2007) al de policías y Una noche en el Fin del Mundo (The World’s End, 2013) al de invasiones extraterrestres; ésta es la ‘trilogía del cornetto’.

Gary King (Simon Pegg) es un hombre inmaduro atrapado en el pasado. Hace 20 años tuvo la noche más grande de su vida y es incapaz de aceptar que no volverá. Por eso reúne a sus 4 inseparables amigos (Nick FrostMartin FreemanPaddy Considine Eddie Marsan), que ahora no lo soportan, para intentar recorrer los 12 pubs de su pueblo natal y llegar hasta el último: el Fin del Mundo. Pero algo raro pasa en este pueblo, las cosas son demasiado… perfectas.

El estilo de Wright sigue intacto, al igual que su habilidad para hacer de las referencias a otras cintas parte orgánica de la trama (en este caso It Came from Outer SpaceWar of the Worlds,Invasion of the Body Snatchers, entre otras), aunque 1 de cada 3 autorreferencias se sienten forzadas.

Como en las dos primeras partes del ‘cornetto’, la trama gira en torno al personaje de Pegg. Si antes fue el treintañero baquetón con fobia al compromiso y después un obsesivo del trabajo incapaz de tener una relación estable, ahora es un adolescente atrapado en el cuerpo de un hombre. Actitud que Pegg trata de interpretar con arrojo, dejando de lado su imagen buena onda.

Su Gary es un tipo pesado, insoportable y difícil de tratar, no es sorpresa que sus amigos lo creyeran un héroe en la adolescencia –gracias a su arrojada estupidez– y ahora lo eviten por lo mismo. Es parte del giro amargo que tiene el final de la trilogía.

Toda la película está cubierta por una mirada sombría, casi pesimista. Ninguno de los muchachos disfruta realmente de la vida, todos aparentan, fingen que son dichosos o son forzados a sonreír por su bien. No hay una opción capaz de asegurar la felicidad.

Es interesante encontrar a un Wright oscuro, aunque no menos lúdico. Una noche en el Fin del Mundo es esa punta de chocolate amargo al final del cono, el contraste de sabor exacto para evitar quedar empalagado.

Por Rafael Paz (@pazespa)
Publicado en Forbes México.

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