Tío Yim: Luna Marán, comunalista

En 1994 el EZLN cimbró la tierra. No fueron sólo sus armas, eran sus palabras, el grito colectivo. Sus rostros homologados. Su lucha una. Sus palabras otras. La emergencia a la cual convocaron fue producto de décadas de evasión e invisibilización étnica proyecto de un Estado Mexicano que pretendía, y pretende, erradicar las diferencias y, aún peor, asesinar la diversidad lingüística. En La danza del hipocampo (2014), Gabriela Domínguez Ruvalcaba hace un recorrido ya no historiográfico sino memorioso e intimista a partir de algunas instantáneas, siete recuerdos de formación entre los que nos muestra el día del levantamiento zapatista. Muestra los contingentes que llegan, su tránsito de la serranía a una cabecera municipal. Los cuerpos acompañándose, existiendo. Domínguez Ruvalcaba lo muestra de manera contundente: eran sus pasos, su voz que eran multitudes, el giro que implicó ver a tanta gente luchando por un bien colectivo. No obstante, el EZLN fue producto de años de preparación, de fraguar estrategias y planear un proyecto de nación donde quepan otras más: un Estado con muchas naciones tantas como lenguas haya, un mundo donde quepan otros mundos; gritaron. El movimiento zapatista es un epicentro pero también una rabiosa culminación. Una heterotopía humana. Personas de diversas profesiones y oficios, venidas de distintos pueblos, habían ya previsto que la colonización no había acabado pues era un proceso de erradicación total.

El capitalismo, articulado de manera rapaz en el TLC, hizo evidente el afán por la aniquilación. Boaventura de Sousa Santos ha pensado que no sólo se trató de la conquista del territorio sino también implicó una mutilación lingüística y un exterminio de otros sistemas de pensamiento. A esto último lo llamó epistemicidio. En este obsceno escenario, hacia finales de la década de los setenta (menos de quince años antes del levantamiento armado zapatista) dos pensadores hicieron un giro para frenar ese asesinato de ideas y pensamiento. Jaime Martínez Luna (antropólogo serrano y zapoteco) y Floriberto Díaz (antropólogo mixe) se dieron cuenta de otra urgencia: los lazos comunitarios para defender sus tierras y sus bosques. Ambos antropólogos, en diálogo constante con las personas de la comunidad de San Pablo Macuiltianguis, se percataron que la lucha por un trabajo digno y bien remunerado debía articular otros modos y pensarse desde otros conceptos. Así, como activismo conceptual, introdujeron la comunalidad. No un gremio o grupo de familias. Cualquiera es partícipe. Es la organización, escribe Martínez Luna, en forma y en esencia, un estilo y un ritmo para comprender y debatir; es el todo y las partes. En Tío Yim (2019), Luna Marán, comunalista, sigue esa coordenada epistémica.

Si Gabriela Domínguez Ruvalcaba miraba sus recuerdos como fotografías, Luna Marán revisita los suyos como parte de un casete. Siempre quise cantar como mi padre, recuerda en el inicio y en off Luna Marán. La secuencia inaugural no sólo nos devela el modo de ir hacia el pasado, con música, sino que nos muestra a Jaime Martínez Luna en un escenario. Fruto de su activismo, sus ambiciones políticas y su pensamiento antropológico, pronto se dio cuenta que con la música las ideas y el pensamiento que estaban edificando podían llegar a más gente. La voz, cuando es cantada, dura más. “El trovar, vemos y escuchamos decir a un jovencísimo Martínez Luna, es acompañar el esfuerzo del pueblo. El ser trovador también es conquistar, es disuadir, es capacitar.”

Oriundo de Guelatao de Juárez, hacia 1980 ya forma parte de la Coalición de Maestros y Promotores Indígenas de Oaxaca (CMPIO) en donde se percatan que la capacitación de maestros y promotores bilingües precisaba de otros instrumentos y materiales. Así, de la necesidad para la educación, es que se funda Trova Serrana en 1985. Luna Marán nace un año después y recuerda a su padre que “siempre estaba cantando de fiesta en fiesta, siempre sobre la carretera cargando una garrafa de mexcal de veinte litros”. En pocos minutos, Marán nos muestra ese lado A: el padre activista, ideólogo empero ausente y con una relación estrecha con el alcohol. Esas tonalidades fungen como contrapeso al documental que lejos de ser una oda es un acto comunal: el todo y las partes. Es ahí donde Luna Marán, también fotógrafa y gestora cultural, nos muestra la fineza de su escucha: no fue música, pero escucha como concertista.

El carácter comunalista de Luna Marán ha sido mostrado de forma admirable en otros ámbitos. En 2017 fue artífice-productora de ese otro sólido debut que es Los años azules dirigido por Sofía Gómez-Córdova, relato coral en una sola locación, nos reiteraron lo irrenunciable que es impulsar las narrativas fuera de la capital del país. En soberana complicidad, Gómez-Cordova es también editora y guionista en Tío Yim. Su relación creativa es feroz. Dos apuestas más hacen de Marán comunalista. Ser cofundadora del Campamento Audiovisual Itinerante, de la Red de Cines Comunitarios y del Cine Too que hasta hace unos días corría riesgo de cerrar sus puertas. No es sólo artista multidisciplinaria, es también activista y promotora. Ese tumulto edificante es Tío Yim.

Uno de los pilares, ha recordado Yásnaya A. Gil que describió Floriberto Díaz, es la fiesta. Hacer convite, celebrar en colectividad da identidad y fuerza. Luna Marán, Yásnaya A. Gil y Tajëëw Díaz Robles lo han asentado: fiesta es resistencia. El periplo de Martínez Luna, conocido por la comunidad como Tío Yim, era ir de pueblo en pueblo y de fiesta en fiesta. En un par de escenas, fugaces, Marán sigue a su padre y a Magdalena, su madre, a alguna fiesta. En uno de esos instantes, la madre exclama la tragedia musical: ya no canta, hace años que ya no lo hace, se le quemó la voz con el mezcal. Este es el lado B: el alcoholismo del padre, su persistencia como pensador y activista, la voz marchita. “A los trece años me enamoré por primera vez”, dice Marán, “mi padre ya no cantaba. Él me dijo que el amor no existía, tampoco la libertad ni la familia. A los 15 años me fui lejos, a encontrar el amor, la libertad y otras familias. Diez años después mi padre está en el hospital.” Concluye esa voz del lado A y sólo entonces, en lo que se creyó iba a ser la antesala a la muerte de Martínez Luna, las hijas y el hijo pudieron volver a las canciones.

Marán es comunalista en los hechos: mira al padre no con veneración ni tampoco con odio, mira con respeto como cualquiera que se sabe que se ha equivocado y que también fue un gran pilar. Dos escenas más enaltecen el genio de Marán. Primera. Julia, la hermana mayor, Tío Yim y Marán, que sostiene la cámara y desde ahí habla, dialogan. Julia recuerda que nunca sintió la ausencia de su padre. Eso gracias a tu madre, dice Yim. Recuerdan cómo Yim pudo haber sido padre a los 20 años y que su compañera de entonces decidió que no. Ellas le señalan que en alguna borrachera él recordaba esa pérdida como parangonable a la de su hermano. Lo que podría ser una escena melodramática se convierte en un conversatorio sobre paternar y activismo. La lucidez de esta secuencia estriba en que pone en acto lo comunal: todas las voces cuentan, ninguna es más ni tampoco menos importante. El diálogo entre padre e hijas es horizontal. En la segunda escena, que funciona como el punto de mayor ternura y conmoción; esa canción del lado B a la que siempre se vuelve. Julia, Luna y Andrés, el hermano menor, están en una sala y deciden drogarse. En un plano, vemos cómo ellas y él miran a ningún lugar, con extravío compartido, para entonar al unísono la voz del padre. Esa es la presencia que siempre tuvieron, la voz y admiración por el hombre que nunca estuvo en casa y que, sin embargo, siempre escucharon.

En los sesentas, el movimiento musical intitulado Nueva Trova impulsó una reflexión política en la música. Ocupar los escenarios y también usarlos como recintos ideológicos. Silvio Rodríguez es probablemente el cantautor más célebre de ese ímpetu nacido con la revolución cubana. La música como épica de la liberación y la emancipación imperialista y, como Tío Yim, colonial. El proyecto de militancia política y musical no sólo se centró en los escenarios también se trató de inundar las radios, propagar música al tiempo que ideas. Silvio retumbó. Tío Yim, siguiendo o no esa estela, proyectó el plan de una radio comunal. Magdalena, esposa y madre, funge aquí un papel central puesto que por algunos años condujo un programa paralelo llamado “Revista de la Sierra” en donde acometía la misma apuesta: informar y educar en el bien colectivo. El éxito de sus luchas se materializó en XEGLO Fundación Comunalidad. La comunalidad es otra de las epistemologías del Sur, como ha llamado de Sousa Santos a las estructuras de pensamiento nacidas de la disrupción colonial. En el documental, con la voz marchita pero con el espíritu incansable, vemos a Martínez Luna participar en una cumbre continental indígena. Para Tío Yim aún hoy se trata de “comunalizar la vida toda. (de hacer) un continente sin fronteras.” Lo dice Luna Marán con brillante énfasis: “aún faltan canciones”.

¿Te crees haber hecho un bosque?, le pregunta Marán a su padre en el bellísimo último primer plano. No, responde, como tampoco me creo haber hecho una canción. La música, aunque la voz esté destrozada, no se ha acabado. Ya lo dijo la Comandanta Ramona: “el fundamento de nuestra lucha es que es posible porque es colectiva.”

Por JJ Flores Hernández (@JJFloresHdz)
Centro de la ciudad, Querétaro, Querétaro.
Dieciocho y diecinueve de junio de dos mil veinte

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