‘Stranger Things’: Lo extrañamente conocido

Nuestra concepto de la originalidad y de “lo nuevo” se ha transformado radicalmente durante la última década, sobre toco cuando se trata del entretenimiento audiovisual. Pareciera que la oquedad de tiempos actuales ha provocado una incesante fijación por el pasado, del que constantemente se hace remembranza, siendo la nostalgia un factor clave para apelar a ciertos sectores de la audiencia. En la más reciente serie de Netflix, Stranger Things, los hermanos Duffer hacen un finamente recortado y cuidadosamente ensamblado collage de hitos de la ciencia ficción de los años 70 y 80 que no puede escapar de las limitaciones que su naturaleza pastiche le impone.

La disfrutable serie de 8 capítulos presenta la extraña desaparición del pequeño Will Byers en una diminuta localidad estadunidense, desencadenando una serie de extraños eventos, que involucran una organización secreta del gobierno, que deberán ser resueltos por el alguacil del pueblo Jim Hopper (David Harbour); la inestable madre de Will, Joyce (Winona Ryder); y su hermano Jonathan (Charlie Heaton); así como los mejores amigos de Will: una suerte de goonies superocheros (The Goonies, 1985; Super 8, 2011) liderados por el sensible Mike (Finn Wolfhard), el goloso alivio cómico de Dustin (Gaten Matarazzo) y el irascible chico afroamericano Lucas (Caleb McLaughlin).

Sin duda la serie es disfrutable en base a una sólida construcción de personajes, así como un ensamble actoral preciso y diestramente dirigido. El montaje de cada episodio así como la duración, oscilando entre los 46 y 54 minutos, permite que el visionado sea ágil y que su preocupación central sea desarrollar y llevar una línea argumental sin desviarse… demasiado. En Stranger Things, parece haber una elongación del tiempo cinematográfico que el inevitable binge watching hace casi imperceptible, a pesar de durar alrededor de 7 horas, la experiencia es equiparable a ver una película de 2 horas.

Todos los elementos están colocados con precisión, desde las múltiples referencias fílmicas (Raimi con Evil Dead; Spielberg y su E.T.; Carpenter por The Thing; o Glazer mediante Under the Skin), pasando por los pesados sintetizadores en la banda sonora, hasta el híper fetichista diseño de producción. Sin olvidar el penetrante tufo de la literatura de Stephen King y Carl Sagan. Sin embargo, la gran carencia de la serie radica en hacerse de elementos distintivos dentro de tanta familiaridad, así como cierta unidad autoral con la que cuenta en mayor medida, con todo y sus innegables fallas, el filme Midnight Special (2016) de Jeff Nichols.

Los Duffer y su equipo arman un entrañable rompecabezas con piezas de creación ajena, no hay que dudar que son ensambladores de primera, pero esperemos que en el futuro podemos apreciar más creaciones originales y menos pastiches, algo que en nuestros dispersos tiempos es una cosa realmente extraña.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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