‘Sangre fácil’: Un negro arranque

Actualmente los hermanos Joel y Ethan Coen son considerados piezas clave del escenario cinematográfico. Cada una de sus películas es esperada con expectación y es contendiente segura en premiaciones y festivales. Su andar incluye una Palma de Oro –por Barton Fink (1991)– y tres premios a Mejor Dirección en el Festival de Cine de Cannes; además de un combo Mejor Película/Mejor Dirección/Mejor Guión Adaptado en los Oscar por No hay lugar para los débiles (No Country for Old Men, 2007) y otro Mejor Guión por Fargo (1996).

El prestigioso camino de los Coen comenzó en 1984 con un pequeño film noir ambientado en el sur de Estados Unidos: Sangre fácil (Blood Simple). La trama es sencilla: el dueño de un bar (Dan Hedaya) descubre la infidelidad de su esposa (Frances McDormand) con uno de sus empleados (John Getz) después de contratar a un detective privado (M. Emmet Walsh). Ante los hechos, decide asesinarlos y le encomienda el asunto al detective. Lo que parece un asunto trivial se complica con resultados parcamente cómicos y trágicos para los involucrados.

Como cualquier debutante, los Coen no pueden esconder sus influencias. Hay algo de Kubrick, un poco de Hitchcock –los guiños a The Trouble with Harry (1955), por aquello del cadáver–, Dassin, Wilder, entre otros grandes maestros del noir. A pesar de eso, nuestros directores se las ingenian para dejar su sello a lo largo de la trama. Ese humor tan Coen ya está ahí, la violencia que brota sin mayores provocaciones, el cinismo unido al humor y los hombres comunes envueltos en una espiral descendente provocada por sus arrebatos.

La película logra consolidar su oscura atmósfera gracias al adecuado trabajo de fotografía Barry Sonnenfeld –volvería a colaborar con ellos en Raising Arizona (1987) y Miller’s Crossing (1990)– y las actuaciones de McDormand –esposa de Joel– y Walsh.

Ambos vendrían a ser el molde en el que los directores moldearon a algunos de sus futuros personajes. La Abby de McDormand parece ser una inocente mujer, olvidada por su marido, condenada a sufrir su furia… hasta que llega el momento de rebelarse. Por su parte, el detective privado Loren Visser encarnado por M. Emmet Walsh por momentos parece ser al principio un investigador dicharachero y, hacía el final, un implacable ángel de la muerte.

Ambas figuras regresarán de alguna forma u otra en las siguientes visitas al cine negro de los hermanos, aunque a veces se mezclen con otros géneros –el cine de gangsters, el thriller de detectives, el western–, como lo son Miller’s Crossing, Fargo, El gran Lebowski (The Big Lebowski, 1998), El hombre que nunca estuvo (The Man Who Wasn’t There, 2001), No Country for Old Men y Quémese después de leerse (Burn After Reading, 2008).

En Sangre fácil, los Coen parecen asegurar que la vida es sencilla. A toda acción corresponde una consecuencia, conforme los actos se apilan los resultados tienen secuelas más graves. Un simple beso podría significar la muerte, la falta de uno, también.

El dueño del bar y su esposa alguna vez fueron felices, una foto mostrada a cuadro lo demuestra. ¿Qué los llevó a este momento? ¿Está justificada la venganza? El empleado del bar traiciona a su jefe, ¿merece ser castigado? ¿La felicidad que provoca en Abby minimiza su deslealtad?

Al igual que en los mejores ejemplos de film noir, no hay inocentes ni culpables. Sólo seres humanos, grises y con fallas como todos. La sangre brota con facilidad y deja una mancha indeleble, una imposible de ignorar.

Por Rafael Paz (@pazespa)

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