‘Pueblo chico, pistola grande’: El albur del Viejo Oeste

Para algunos Seth MacFarlane siempre será el estúpido que se hizo millonario plagiando a Los Simpsons. Hay otro bando allá afuera que lo coloca como genio por haber inventado Padre de Familia. Su carrera –y sus chistes– se ha basado en esa vena polarizante, recuerden su intervención en los Oscar. Por eso cuando TED (2012), su debut tras la cámara, se convirtió en un taquillazo alrededor del mundo, varias cejas se alzaron. Que si era corriente, derivativa, complaciente, demasiado tierna, etc.

Mi compañero en Butaca Ancha, JJ Negrete, la definió muy bien: “El gran logro de MacFarlane (que funge como director, escritor y productor de la cinta) consiste en una exitosa subversión de símbolos posmodernos propios del capitalismo para niños que busca capitalizar con las necesidades afectivas y la nostalgia.” No obstante, al final la cinta se notaba limitada por la renuencia del novel director a alejarse de su exitosa fórmula televisiva. Por eso había cierto interés en su segundo paso como realizador: Pueblo chico, pistola grande (A Million Ways to Die in the West, 2014). ¿Aparecería el payaso insoportable o el comediante ácido?

Albert (MacFarlane) es un ovejero cobarde, siempre metiendo la cabeza en algún agujero para salvar el pescuezo. Su actitud harta a Louise (Amanda Seyfried), su novia, quien lo abandona por un próspero comerciante especializado en bigotes (Neil Patrick Harris). Humillado, solo, cansado y sin ilusiones, Albert analiza dejar el pueblo y buscar una nueva vida en San Francisco, pero la llegada de una misteriosa mujer, Anna (Charlize Theron), de la que pronto se hace amigo, le convencerá de quedarse a luchar por el corazón de Louise.

Pueblo chico, pistola grande muestra a un MacFarlane más arriesgado, en primera instancia poniéndose como protagonista en el centro del relato y retratando al Oeste como un lugar verdaderamente peligroso, sin ese aire romántico de tierra de aventuras forjadora de hombres. Un planteamiento que ataca al género más norteamericano de todos: el western. Asimismo, no hay un animal antropomorfizado como patiño, ya es ganancia. El director parece querer seguir los pasos de Mel Brooks en Locura en el Oeste (Blazing Saddles, 1974), aunque evita caer de lleno en la parodia.

Como cualquier producción con el creador de Padre de familia al frente, este western cómico sufre de una inundación de chistes y falta de construcción en los personajes secundarios. Hay chascarrillos que funcionan, claro, sin embargo algunos estorban el avance del guión, interrumpiendo escenas. Sobre todo en el tercer acto. Sucede algo similar con los papeles de reparto, parecen existir más como un gag, una broma, que como elementos orgánicos de la trama. A veces funcionan, como Neil Patrick Harris y su número musical sobre el bigote, o como el mejor amigo de Albert, el bien intencionado Edward (Giovanni Ribisi), se van desdibujando conforme avanzan los minutos hasta dar la impresión de que no sabe qué hacer con ellos. Otros, como el villano (Liam Neeson), nacieron difuminados.

Y, a pesar del caos, la cinta por momentos funciona. Cuando los chistes caen adecuadamente, son en verdad graciosos y el personaje de Charlize Theron juega de manera acertada con algunas convenciones del género, al menos hasta su regreso a la faceta de víctima. Quizá Seth MacFarlane nunca llegue a pasar de escritor cómico a auteur, en un movimiento parecido al de Woody Allen, mas no necesita serlo. Un poco de contención bastaría para lograr películas más redondas, su trabajo dejaría de ser un verdadero albur.

Por Rafael Paz (@pazespa)
Publicado anteriormente en Forbes México.

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