En las rocas: misterios domésticos

Llega un momento en la vida de casi toda pareja casada en el que una de las dos partes se comporta más como un detective que como un amante. La sospecha de uno inevitablemente contagia al otro y comienza entonces una intriga doméstica cuyas implicaciones podrían parecer ser superficiales o nimias, pero, en realidad, tocan una carencia latente en el ser humano: la suficiencia. Alrededor de esta carencia, la cineasta Sofia Coppola construye En las rocas (On the Rocks, 2020), su más reciente película estrenada en el Festival de Nueva York y que ahora llega a los dispositivos del mundo vía Apple TV.

Prescindiendo de todo asomo de “estilo”, más no de una personalidad distintiva, la película de Coppola se centra en Laura (Rashida Jones), una joven escritora casada y con dos hijas, quien comienza a sospechar que su exitoso esposo Dean (Marlon Wayans) tiene, quizás, una relación extramarital. Esta sospecha comienza a transformarse en certeza cuando su distante y playboyesco padre Felix (Bill Murray) se ofrece a ayudarle a desenmascarar el engaño de su esposo y confirmar, así, que el único hombre fiel en la vida de una mujer es su padre.

Eres mía hasta que te cases, dice la voz en off de Murray al inicio de la película; una de las tantas creencias que un hombre de su generación puede sostener, incluso en tiempos en los que una afirmación así es profundamente cuestionada. Sin embargo, más que buscar una reconciliación (o confrontación) intergeneracional o ideológica, Coppola prefiere concentrarse en remover la presión de su “autoría”. Esta intención parece banal, pero el interés de la cineasta neoyorquina no recae ahora en la espectacularidad ni en la pomposidad de otras épocas –y otras películas–, sino en las posibilidades que la sencillez abre.

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En las rocas es tal vez la película más transparente de Coppola y, por ende, la más personal; una que parece romper ese pacto silente entre padre e hija que se estableció en el vilipendiado cortometraje Life Without Zoe, parte de la película New York Stories (1989). Para ese corto, Francis Ford Coppola y Sofia, con apenas 12 años, coescribieron la historia de una niña que pretende reconciliar a sus padres en un contexto de lujo, opulencia y aventura.

En la historia de On the Rocks, padre e hija colaboran para confirmar la sospecha que podría destruir un matrimonio y revalidar esa máxima heteropatriarcal con la que abre la película. Lo que se consigue, en cambio, es una emancipación, tanto para el personaje como para la cineasta, que mantiene la distancia necesaria para amar con autonomía y, sobre todo, sin duda. La interacción y filial química entre Jones y Murray remite a otros misterios de tonalidad suave como los de The Late Show (1977) –con el gran Art Carney y una joven Lily Tomlin– o, como apunta sagazmente Rafael Paz, a la dinámica entre Cary Grant y Audrey Hepburn en la extraordinaria Charade (1963), de Stanley Donen.

En On the Rocks, como en cualquier otra película de “misterio”, hay una atención extraordinaria a los elementos y a los encuentros; momentos tan simples que no necesitan más para resultar fenomenales, como el encuentro entre un policía y Bill Murray o el momento en el que padre e hija comparten el silencio frente un cuadro de Monet. Si hay una película personal en la filmografía de Sofia Coppola, probablemente es ésta. Al abandonar la pretensión del estilo y la autoría, la directora encuentra una forma distinta de alcanzar la emoción: no a través de la grandilocuencia ni la estridencia de un opulento vestido –Marie Antoinette, 2006; Ladrones de la fama, 2013– o de la vacuidad del privilegio –Perdidos en Tokio, 2004; En un rincón del corazón, 2010–, sino de la mesura y el gesto de un objeto como un reloj o de una lágrima que cae en un martini después de creer que la relación marital se ha terminado.

Desde un punto de vista cínico, podríamos decir que la de Sofia es una trayectoria similar a la que tomó Francis durante los últimos veinte años de su carrera, pero quizás es demasiado pronto para decir que Coppola está virando en la misma dirección que su padre. Cuando menos en esta película, existe la intención de cometer el más tierno de los parricidios: aquel que termina con un adiós pero cuya certeza es siempre misteriosa.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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