Mórbido | Relic y la prisa que se reafirma

Olvidar como principio de supervivencia, como defensa ante el dolor inabarcable, como postura ética, como estrategia de dominio, como necesidad, como imposición, como estrategia de control, como destino genético.

Relic (2020) es la obra debutante de la directora Natalie Erika James, un trabajo que expone a cuentagotas el linaje de una familia en donde Edna (Robyn Nevin) desaparece de su casa por unos días, y su hija Kay (Emily Mortimer) va a visitarla junto con su nieta Sam (Bella Heathcote) para comenzar la búsqueda. Este es uno de los principios que rigen la película: la búsqueda de Edna en el laberinto de sus recuerdos en ruinas, la búsqueda de reivindicación de Kay por la ausencia, y la búsqueda de Sam por el vínculo afectivo que no ha podido establecer con su madre.

Y aquí entra en juego otro de los pilares de Relic, que ha sido uno de los pilares de las reflexiones en códigos aparentemente imbricados (Mother!, Darren Aronofsky, 2017), de reconciliaciones lúdicas (Todo sobre mi madre, Pedro Almodóvar, 1999), de amores perversos (Psycho, Alfred Hitchcock, 1960) o de documentales transgresores y solidarios (Llévate mis amores, Arturo González Villaseñor, 2014); la maternidad como deuda que se hereda, como carga, como impedimento y como decisión solidaria.

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El tercer elemento en juego es la casa y su propia respiración corrompida, de una humedad y descuido de siglos; puro moho que se cuela hasta en los propios pensamientos. La casa de Edna tiene sus propias reglas y su propio universo; le truenan las articulaciones y le silba el pecho de asmático. Como si fuera una criatura híbrida del imaginario de Francisco Tario y Augusto Monterroso, la casa parece que en su autonomía controla la vida de quienes la habitan. Es en estos laberintos de la casa, de la amnesia y de la senilidad en donde pulsan los momentos más interesantes del trabajo de Erika James y su fotógrafo Charlie Sarroff, dándoles un robusto impulso el score: en donde la angustia, la vejez, la enfermedad y la violencia alcanzan el mimetismo que hace resonar la atmósfera.

Las tres grandes esferas que Erika James busca abarcar pocas veces dialogan entre ellas; pocas veces llegan a corromper el ambiente para que la asfixia llegue. Estos breves pero precisos momentos, los encontramos en los guiños que se establecen con respecto al abandono y al menosprecio de la vejez. Relic pone en juego la concepción de la vejez desechable, de la vejez que pensamos se puede arrumbar en la habitación desocupada como todo aquello a lo que ya no le damos utilidad; la que vejez estorba, inquieta y desespera.

Si la casa es la memoria rota de Edna, y Edna es su propia casa, entonces el juego de espejos –que también prevalece plásticamente– permanece hermético a la vida de Edna, de quien poco sabemos. Tal vez en la memoria se juegue el núcleo de la identidad, de la idea que tenemos de nuestro yo y por ello el terror de no reconocerse a uno mismo se abre al terror de poder apropiarse de cualquier identidad con todo y sus prácticas (Mulholland Drive, David Lynch, 2001) o de perderse a sí mismo (Aureliano Buendía) en una supernova que se bebe su propia luz; pero en Relic la angustia del olvido, de la pérdida de identidad y de no poder controlar el propio cuerpo, se diluye antes de desbordarse en su potencia.

La respuesta a las búsquedas que la abuela, la madre y la hija emprendieron, llegan cuando los juicios son sustituidos por el cuidado, por la escucha y el cariño. La deformación y degradación a la que llega Edna es contenida primero por el recuerdo intempestivo de amor de Kay y, después, por la solidaridad de Sam. Recostadas las tres en una preparación para la despedida, pensamos que tal vez Relic busca con tanto ahínco la muerte cuando la desesperación, el individualismo y el culto por la juventud nos empuja constantemente al desprecio por la alteridad que ya no produce. Hacerse responsable de nuestra propia vejez y la de nuestros ancestros, no es una tarea que se resuelva en una noche milagrosa. Parece que la despedida reivindica, pero sólo fortalece la manera de pensar la vejez: entre más rápido se resuelva, mejor.

Por Icnitl Ytzamat-ul Contreras García (@mariodelacerna)

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