Mórbido | ‘Cam’ y la identidad virtual

Conforme una sociedad evoluciona, sus miedos y ansiedades también. Los hombres de las cavernas temían a la oscuridad porque no conocían otra cosa. El vacío allá afuera los hacía confrontarse con ellos mismos, con las ideas dentro de su cabeza. Monstruos, entes y espíritus eran los habitantes ideales de ese espacio, nuestras pesadillas adquiriendo corporeidad por gracia de la imaginación.

Hoy día es probable que el miedo a la oscuridad no tenga un lugar dentro de nuestro cotidiano, hemos cambiado y llevado el temor a otros espacios. Las generaciones más jóvenes viven conectadas de manera permanente al internet, su vida (las nuestras) cobra sentido con aquello que sucede en ese espacio virtual, intangible y con la capacidad de conocer nuestros secretos porque así lo hemos decidido. Imaginen que un día pierden control de su identidad en línea, no su información sino su identidad y que, sin explicación alguna, ésta parece seguir adelante con su vida sin ustedes, sin ser un “espejo” de su existencia afuera del mundo virtual.

Algo similar le sucede a Alice (Madeline Brewer), una chica que vive su cuenta de streaming, donde aparece como la sensual y atractiva Lola para seducir a sus seguidores. Es, en esencia, una “cam girl” que lucha, como todas, por alcanzar la cima de popularidad y la renta que los lugares más altos del ranking asegura. Sin embargo, después de lograr subir varios puestos gracias a un atrevido show en pareja, la joven descubre que no puede entrar a su cuenta, además, el video en vivo ha seguido funcionando sin su intervención.

Cam (2018) es un thriller dirigido por Daniel Goldhaber e Isa Mazzei (quien un tiempo se dedicó al trabajo sexual) sobre nuestros miedos virtuales y el poco control que tenemos respecto a la vida que creamos en línea. A diferencia de otras cintas sobre el tema como Unfriended (2014), donde un fantasma asesina a aquellos que lo molestaron en vida, y Buscando (Searching, 2018), el thriller donde un padre busca a su hija por medio de su huella digital, Cam no nos sumerge en la interfaz de las computadoras y se concentra en capturar el desconcierto de su protagonista de manera más bien tradicional.

Se podría trazar un paralelismo entre la situación de Alice y la de cualquier persona que, por alguna razón, termina por hacer pública información delicada en la red, en específico fotografías de desnudos y el daño permanente que provoca perder control de nuestra identidad virtual. Para los directores es irrelevante que se trate de una trabajadora sexual, no es un castigo porque le podría pasar a cualquier usuario.

Alice ha participado de manera consciente en los beneficios que representa vivir de seducir extraños por medio de su cámara, el riesgo luce lejano porque sólo son nombres en un chat, personas sin rostro que aseguran tener un lazo con ella, sólo para demostrar que se trata de una ilusión. Su problema no es problema de ellos, porque la interacción no se da por un interés genuino en la persona que se muestra en pantalla sino en lo que pueden obtener de ella.

Cam no es una advertencia en contra de ingresar nuestra vida por completo al mundo virtual, por el contrario, Mazzei y Goldhaber quieren que aceptemos la invitación conscientes de qué podemos esperar. Toda transacción conlleva un costo, queda en nosotros comprobar si ese costo vale la pena.

Por Rafael Paz (@pazespa)

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