Macabro | ‘The Battery’: Un zombie sencillo

Los muertos vivientes, zombies o infectados pasaron de ser un tema de culto al mainstream en unos cuantos años. Para comprobarlo, sólo falta ver los 517 millones de dólares que Guerra Mundial Z (World War Z, 2013) recaudó alrededor del mundo, los ratings del final de temporada de The Walking Dead, o aquella comedia romántica adolescente postapocalíptica llamada Mi novio es un zombie (Warm Bodies, 2013). Productos dónde parece que más es mejor, que el éxito se mide por la cantidad de zombies en pantalla. Por eso resulta tan refrescante una película como The Battery (2012).

Financiada con apenas unos cuantos miles de dólares, la cinta de Jeremy Gardner resuelve de manera inteligente los problemas que nacen con un presupuesto limitado. No hay ostentosas persecuciones con miles de extras, locaciones creadas para la filmación, o elaborados efectos especiales. Mucho menos existen complicadas explicaciones sobre el origen de los zombies… también se niegan a llamarlos así.

Dos beisbolistas, Ben y Mickey (el director y Adam Cronheim), deambulan por una zona boscosa lejos de la ciudad y de las hordas de muertos vivientes. Ben parece haberse adaptado sin dificultad a la vida nómada, mientras Mickey sufre porque quiere seguir sintiendo la civilización –añora un colchón, por ejemplo–. Ése será el conflicto central de la trama, el choque entre las dos formas de entender la vida después del cataclismo.

Inclusive es atípica en su ritmo, que imita la tranquila vida en el bosque. Gardner se da tiempo de desarrollar a sus personajes, de hacerlos humanos y empáticos hacia el público. La cámara los acompaña y nos revela detalles de su personalidad poco a poco, como esos audífonos de Mickey que le permiten evadir la situación que vive o los grandes conflictos que se desatan por las cosas más triviales. Al realizador le interesa que nos preguntemos si haríamos lo mismo en la situación de los personajes, nos invita a tomar partido.

Con tantas películas del subgénero enfocándose en la sangre o la cantidad de chistes que se pueden hacer mientras se destruye un cráneo –¡hola, Juan de los muertos!–, Garner demuestra que un guión inteligente y una dirección solvente es todo lo que se necesita para hacer una película efectiva. Una que brilla por su sencillez.

Por Rafael Paz (@pazespa)

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