Macabro | ‘Jacob’s Ladder’: Alucinaciones de guerra

Los conflictos bélicos han sido uno de los temas más recurrentes alrededor de la cinematografía mundial para representar lo innecesario que resulta enfrentar a la humanidad entre sí con armas en mano en pos del beneficio de gobiernos con más dinero y mayor poder.

El realizador Adrian Lyne, mejor identificado por los bailes en neón de Flashdance (1983), los arrumacos eróticos de 9 ½ semanas (Nine ½ Weeks, 1986), las obsesiones amorosas en Atracción Fatal (Fatal Attraction, 1987) y la pinta de “cuernos” de una mujer en Infidelidad (Unfaithful, 2002), se alejó por una ocasión del terreno del sexo y la sensualidad que marcó buena parte de su carrera para presentar Jacob’s Ladder (1990), un filme de terror psicológico que hace mucho más que ahondar en un mensaje antibélico.

Jacob (Tim Robbins) es un veterano de guerra de Vietnam que experimenta una serie de pesadillas y alucinaciones en su vida cotidiana sin comprender el significado ni el origen. No obstante, tras enterarse que el grupo de soldados con los que participó manifiesta los mismos síntomas que los suyos, se dará a la tarea de averiguar una cruda verdad que replanteará su existencia.

El guión de Bruce Joel Rubin, familiarizado con el efecto paranormal al ser la mente detrás de Proyecto Brainstorm (Brainstorm, 1983) y la vida después de la muerte en el romance de Ghost (1990), presenta a un estelar que atraviesa por una variopinta cantidad de situaciones y evoluciones, lidiando con su vida después de Vietnam. A base del juego de transición de flashbacks entre pasado, presente y confusiones mentales, muestra también las secuelas emocionales que atraviesan los veteranos de guerra fuera de los campos de batalla, conjugándolo con la turbiedad psicológica que los seres humanos caen a raíz de los traumas y las perdidas en la vida, en este caso en la del hijo que murió en penosas circunstancias antes de que Jacob partiera a la vida militar.

Así, es incapaz de hallar la paz consigo mismo y conforme transcurre el relato, el tono del filme recurre en gran medida a la instancia psicológica de Jacob, en los recuerdos de su primera familia, su paranoia y delirio de persecución por seres que lo acechan, en la espiral de pesadillas que lo llevan a ver demonios, tocando el punto más bajo de su ser y descubriendo el motivo de su inestabilidad: la experimentación misma que trata a las personas como objetos desechables, sin ética en quienes la realizan.

Lyne, además de transitar en el misterio y en la adivinanza, pisa por instancias un horror más gráfico, un tanto visceral en su visión macabra, con esporádicas imágenes deformes de demonios e infiernos, con recorridos a sombríos lugares entre sangre, órganos desmembrados y deterioro, capaz de colocar a Jacob en la disyuntiva de discernir entre la realidad y la locura, haciendo partícipes a los personajes en su debacle. Algunos de ellos, sin lograr comprender su situación y otros alentándolo en liberar su alma.

Respaldada por la actuación de Tim Robbins, Jacob’s Ladder encontró con el paso del tiempo un estatus de culto, además de convertirse, a manera involuntaria y fuera del territorio cinematográfico, en un impulsor del survival horror en el área gamer en entregas como Silent Hill… más allá del laberinto de realidades y confusiones.

Por Mariana Fernández (@mariana_ferfab)

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