‘Los años azules’ y la casa que permanece abierta

¿Cómo podría identificarse el cine mexicano? ¿Cuáles son sus temáticas, sus inquietudes? ¿Hay algo que lo cohesione desde una perspectiva no particular? ¿Cómo reconocer a los cineastas y a nuestro cine? Estamos desvanecidos entre películas-espejo con menor presupuesto y calidad que sus inspiraciones hollywoodenses y películas que pareciera están diseñadas con microscopio para formar sonetos en apariencia puros, pero laxos en su poética. Creo que el músculo, las vísceras y el pulso están en medio, en aquellas películas que valientemente se estrenan después de dos o tres años de su realización y duran dos semanas en cartelera, que se hacen con todos los apoyos posibles porque hacer cine es caro y pocos son amigos del IMCINE, en aquellas películas que se hacen por la necesidad de crear y en donde hay un crew comprometido que cree en el proyecto.

Los años azules (2017) es la ópera prima de Sofía Gómez Córdova y es la narración de una vieja casa en Guadalajara que recibe a cuatro jóvenes y a una actriz recién llegada. La exposición espacial de la casa es desarrollada por su alter ego: un gato de nombre Schrödinger que no puede pertenecer a nadie porque es la casa misma. La fotografía (del también debutante en un largometraje Ernesto Trujillo) nos va abriendo los músculos de este espacio, sus geometrías y sus respiraciones; uno de los aciertos del trabajo de Gómez Córdova: no se precipita en el ritmo, se toma el tiempo preciso para recorrer los lugares que sean necesarios, porque como el cuerpo, cada cicatriz es importante.

En la casona viven cinco jóvenes repletos de grietas: Silvia (Ilse Orozco), una bailarina de ballet y propietaria que está en el ocaso de su carrera, si es que ésta en algún momento tuvo un inicio; Jaime (Luis Velázquez), un fotógrafo de buen nivel técnico que vive extendiendo su atractivo y su estrategia de ligue proponiendo desnudos artísticos; Andrés (Juan Carlos Huguenin), un estudiante de letras que vive entre el desencanto y lo parsimonioso, de gran atractivo y mucho silencio; Angélica (Natalia Gómez), una estudiante meticulosa, tímida y con un gran control sobre su futuro; y Diana (Paloma Domínguez), la última inquilina con una caótica energía. Reconocerse en la falta del otro, en sus falencias y en sus errores es  entenderse plenamente, sin anularse, sin una aparente superioridad moral, sin tener que cargarse a sí mismo; verse en el otro y aceptarlo, quererlo y regalarle una caricia es la comprensión de que todos llevamos agua estancada, mezquindad y dolor.

Pensar lo cotidiano es conceptualizarlo, hacerlo propio de tal manera que se le pueda dar una estructura estética, sin forzar imágenes exteriores que se sientan ajenas y artificiales; el oficio de Sofía Gómez Códova es honesto y nítido; no apela a imaginarios grandilocuentes de cadáveres exquisitos: nos muestra el cuerpo de un hogar que es una manera de mostrarnos su memoria.

La casa le da la bienvenida a todos sus inquilinos: no importando si tienen problemas con la derrota anticipada, la soledad que busca la autoafirmación en los cuerpos ajenos, la búsqueda de la caricia que nunca llega, la necesidad de la perfección y el orden o la necesidad de momentos luminosos en una caos personal; la casa no juzga, al contrario, permanece y vincula; sin ella las individualidades serían incomprendidas, escindidas y rotas. Es por eso que el cierre de Los años azules cobra tanta relevancia, lo único que puede vincular es la experiencia sabia, el amor que no juzga: la comida hecha en casa.

Por Icnitl Y García (@mariodelacerna)

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