La falsa certeza: ‘El muerto y ser feliz’

Como parte de la retrospectiva que la Cineteca Nacional ha dedicado al visionario productor español Luis Miñarro, se incluye la exhibición de varias de las películas en las que ha participado como productor. Su notable currículo incluye títulos como El extraño caso de Angélica, del maestro portugués Manoel de Oliveira; Honor de caballería, del audaz Albert Serra; Liverpool, de Lisandro Alonso, y el que probablemente ha sido de sus más grandes hits, La leyenda del tío Boonmee, del laureado cineasta tailandés Apitchatpong Weerasethakul (Joe pa’ los cuates), quien se llevó la Palma de Oro en Cannes 2010.

Miñarro se ha convertido en una figura central en la cinematografía contemporánea, apoyando visiones profundamente personales, valientes y atrevidas a las carteleras internacionales dominadas por el (inserte su insulto consentido) Hollywood. La selección de trabajos para esta retrospectiva da cuenta de su amplio criterio y ojo para seleccionar proyectos importantes de considerables ambiciones artísticas, el trabajo que abrió la retrospectiva, El muerto y ser feliz, del español Javier Rebollo no es la excepción.

Un trabajo que juega con las expectativas de la audiencia, centrado, a la manera del cine hollywoodense influenciado por Raymond Chandler y los antihéroes de los años 70, una figura mítica en el personaje de Santos (José Sacristán), un hombre enfermo dependiente de la morfina, un asesino a sueldo que no asesina. La narración corre a cargo de dos voces diferentes (una masculina y una femenina) que nos informan sobre lo que veremos y escucharemos, al tiempo que, de manera novelesca, nos informan de detalles y los pensamientos de los personajes.

El problema es que no podemos fiarnos de lo que nos dicen, más que de lo que vemos. El muerto y ser feliz es una película de constantes contradicciones, juego lógico donde recae su mecánica para generar las risas del respetable con inteligencia y un humor de envidiable sobriedad, misma que parece heredar de ese otro tributo a la cinemateca uruguaya (la cinta está dedicada a la misma) La vida útil, de Federico Veiroj, en la cual también participa Jorge Jellinek (figura central en la Cinemateca Uruguaya).

Esa película en la que se respira Kaurismaki, pero se siente Bogart. A lo largo de los intrincados 94 minutos de la cinta, pocos personajes son nombrados y quedan instaurados en nuestra memoria (y en los créditos) más por sus peculiaridades que por sus apelativos. Probablemente en algunos años no recordemos el título de la cinta, pero seremos capaces de recordar las peculiaridades de la misma. Narradores que manipulan o que no dicen la verdad, finales diferentes a elegir, una cinta limítrofe para una audiencia de su misma condición. Miñarro nos daba la opción de elegir nuestro final preferido. Sin duda, sabe complacer a su audiencia.

 Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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