‘Her’: La derrota inevitable

 

En la categoría más importante del Oscar, Mejor Película, el triunfo puede durar una noche o varias generaciones. El peso universal de una cinta no influye, sin embargo, en la elección de los votantes, sino el interés por una buena noche de diversión. Argo, El artista, Quisiera ser millonario, son ejemplos recientes de una preferencia a lo que divierte mejor, no a lo que nos refleja mejor, y juntas forman una advertencia para Ella (Her, 2013), una de las cintas más importantes de la década.

En un año cuando la consciencia social abunda en las nominadas, salvo en Escándalo americano (American Hustle, 2013), donde la extravagante anécdota apunta a la suerte como causalidad y al cool como escala moral, la mayor vergüenza sería ignorar Ella en favor del filme de David O. Russell. El corazón enfermo de una época bajo la gratuidad placentera del espectáculo. Sería irónico y enardecedor encontrar a Ella aplastada por el objeto de su crítica.

Más allá de una idea obvia, el amor entre un hombre y una máquina, Ella describe nuestro tiempo con una precisión discernible en la calle, donde los adultescentes prefieren el placer sin entrega: el sexo sin amor, el dinero sin trabajo, la vida sin mortalidad. En la cinta de Spike Jonze es normal preterir a los otros para conversar con el bien de prosumo. Según Derrick de Kerckhove nuestra era es la de los prosumidores, los compradores que, como Dios, crean sus bienes a su imagen y semejanza. Es la apoteosis de Narciso. Theodore (Joaquin Phoenix) compra y en cierta medida crea a Samantha (Scarlett Johansson) para que lo ame, de nuevo como las narcisistas deidades de antaño, sin darse cuenta de que al fin se ha enamorado tras su divorcio porque alguien, de hecho algo, es exactamente lo que él quiere: su deseo transformado en inteligencia.

Cómplice de la falacia, Theodore escribe cartas de amor en nombre de otros sin siquiera conocer a los destinatarios o a los remitentes. Él encarna la desgracia de la emoción en un futuro cercano cuando, mientras la gente se enamora de sí, la alegría del amor la da la ilusión de un otro. La inteligencia artificial crea ese espejismo hasta que asume su individualidad y desaparece. La ética se manifiesta cuando el exceso creador del hombre culmina en el abandono. Cuando esto sucede, el hombre descubre que siempre estuvo solo y en la posibilidad inmediata de integrarse a otros como él porque el hombre es los hombres, y la soledad, una decisión.

La relación de Theodore y Samantha es un sueño en el que cae nuestra especie. Jonze expresa esta visión como una posibilidad de derrumbe y reunión, de recuperación del amor y la mortalidad, para regresar a lo real, que renunciamos de manera constante mediante el consumo. Albert Hirschman pensaba que el mercado sería un motor de las relaciones humanas; una fuerza de atracción casi gravitacional que uniría a la humanidad, pero Jonze nos muestra cómo la acerca mediante la dependencia y el deseo. Theodore compra a Samantha basándose en la promesa de un anuncio, que la describe como una consciencia, sin embargo, rechaza el amor de Amelia (Olivia Wilde), una mente real. Lo que no se compra no sirve porque no es sirviente. Neil Young describió esta mentalidad en A Man Needs a Maid, donde un hombre rechaza el amor porque, reacio a darse, prefiere una mucama que lo cuide a cambio de dinero y no de su alma.

El egoísmo mana de los personajes, incapaces de compartirse con otros y rebeldes contra el consejo contrario. Enfurecida por saber de la relación de Theodore con un sistema operativo, su ex esposa, Catherine (Rooney Mara), resume el carácter del hombre que amó: “Quería mantenerme calmada con Prozac y ahora es pareja de su laptop”. Ella, una escritora y un ser humano complejo, no condona el amar a una simulación. Es la única voz que se rebela contra el zeitgeist consumista que también encarna Amy (Amy Adams) cuando dice “Quiero darme gozo, así que al carajo”. Con su falta de elocuencia y su claro hedonismo, Amy no logra defender su amistad con un sistema operativo, sino resumir lo peor del carácter millennial. Si la vida es camino a la muerte y ésta nada, la vida debe ser placer a pesar y por encima de todo.

Con Ella, Spike Jonze ha capturado la tragedia de nuestro tiempo. El tropiezo de nuestra generación, advierte, será una caída intensa, pero la recuperación también es posible. En la competencia por el Óscar, Ella es la cinta más relevante, pero su posibilidad de triunfo se habrá de basar en lo cool de una mala lectura que sólo perciba la relación hombre-máquina. Se lleve o no el premio, Ella saldrá derrotada porque sus ideas no están al servicio del statu quo, que, si la premia, será porque no la entendió, y si la ignora, también.

Por Alonso Díaz de la Vega (@diazdelavega1)

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