FICUNAM | ‘Los dueños’: La solemnidad desposeída

¿Cómo es que pueden confluir un infantil absurdo y una dura crudeza en el mismo espacio? Ambas podrían parecer excluyentes, pero su unión crea un mundo de traviesa e irreverente lógica que se vuelve altamente distintivo sin ser completamente irreal. El cineasta kazajo Adilkhan Yerzhanov presenta en su segundo filme, Los dueños (Ukkili kamshat, 2014), una historia local cuyo influjo le da una sensación trascendental increíblemente original y antisolemne, cuyo tema central es capturado en el primer cuadro del filme: el dibujo de una familia en una hoja de papel arrollada por un vehículo.

La historia se centra en el joven John, su hermano adolescente Erbol y su enferma hermanita de 12 años Aliya, quienes, después de la muerte de su madre, son obligados a abandonar la casa heredada por ella, ubicada en la pintoresca ciudad kazaja de Almaty, hogar que planeaban reparar. Los hermanos, perseguidos y acosados por una fuerza  policiaca bruta y torpe y el hermanito borrachales del jefe de policía, hacen todo lo posible por evitar que los desalojen. De manera similar a la ridiculización alegórica del Leviatán de Zviaguintzev, los burócratas oficiales, con todo y plegarias leninistas incluidas, son presentados bajo una luz aun más satírica y cómica, pero no por ello menos mordaz.

Yerzhavov presenta una volátil mezcla de géneros e influencias que va mutando conforme avanza el filme, comenzando con una elegía de los desposeídos inspirada en los texturizados frescos del lusitano Pedro Costa, junto con la cruda dulzura del británico Terence Davies. Después invoca el absurdo de manera musical en la línea del gran Tsai Ming Liang para devenir en una especie de contundente y sólido western que denuncia la injusticia y la crueldad de los gobiernos surgidos tras la caída de la Unión Soviética.

Utilizando como herramienta principal una fotografía inspirada en las pinturas del maestro Van Gogh y un fantástico rigor en la construcción de su cuadro cinematográfico y la disrupción en la forma cinematográfica de otras cintas de “denuncia social”, Yerzhavov retoma algunos de los temas centrales de su opera prima Stroiteli (2013), también sobre hermanos y una casa, acentuando el humor absurdista, no como una manera de negar la maldad, sino de confrontarla a través de una aguda construcción de carácter en cada uno de los personajes presentes en el filme, particularmente los tres protagonistas, que más que dueños de un terreno o una casa, son dueños de sus convicciones algo que tristemente resulta más extraño que un grupo de policías cantando y bailando.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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