FICUNAM | ‘Los ausentes’: De cineastas invisibles

Hay un impulso formal que parece empujar la noción del cine que tiene el cineasta Nicolás Pereda: uno que no parece hallarse en narrativa o destreza, sino en ausencia y vacío total, lo cual no representa un problema cuando esa “no existencia” está llevada con profunda sagacidad, como en los casos de  Lisandro Alonso, James Benning o Tsai Ming Liang, pero que en manos de Pereda se quedan en una remota promesa que entusiasma a algunos y que deja perplejos a muchos otros por las alabanzas y aprobación institucional que parece despertar.

En Los ausentes (2014), Pereda toma la historia de un anciano que vive solo en una casa cerca de la playa, residencia que pronto habrá de ser demolida, ya que con impunidad le han quitado la propiedad. El anciano aparentemente comienza a presentar alucinaciones que apenas se nutren de su pasado. Pereda presenta al anciano a través  de una cámara dispersa y divagante que tiene un cierto talento para hallar cuadros y composiciones que parecen accidentales, pero que dejan apenas percibir un control autorial que se va refinando, pero que aún carece de un foco discursivo claro.

El alonsiano tratamiento formal de la cinta hace que Pereda se vea forzado a cerrar el foco de la historia, alejándonos de los balbuceos experimentales de Matar extraños (2013) o la irritante aridez del Verano de Goliath (2010), sin dejar de lado sus peculiares toques de absurdo, en este caso en una escena que mezcla heavy metal con el anciano cocinando, o la presencia de su actor-fetiche/musa, el confiable Gabino Rodríguez, que en esta ocasión interpreta a un joven que, como buen recuerdo, se pasea desnudo cuando entra a casa del anciano para vestirse con el presente y fundirse en lúgubre jolgorio final, acompañados de copioso alcohol y entonando La cama de piedra.

En Los ausentes se aprecia la más enjundiosa declaración de principios de Pereda: la demolición de la casa del anciano, en la que la destrucción material cede el paso a una memoria espectral, en la que no hay necesidad de racionalizar y en la que sólo debemos “clavarnos” en la textura, revitalizar el cine usando como pretexto un nivel “de experiencia”, pero hasta para eso se requiere de una intención que vaya más allá de una casualidad “accidental” y “fortuita”. Desafortunadamente, Pereda simplemente termina por ofrecer un folklore hip que quizá tenga presencia en mercados extranjeros pero que se encuentran pálidos y ausentes en su propia tierra, una casa completamente en ruinas, visiblemente invisible.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)
Ésta es una reedición de nuestra cobertura del Festival Internacional de Cine de Morelia.

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