FICUNAM | ‘El regreso del muerto’: Una narración desde las fronteras

Cometí todos los crímenes,
Viví dentro de todos los crímenes
Yo mismo fui, ni uno ni otro en el vicio,
Sino el propio vicio en persona practicado entre ellos
Pessoa

Tijuana, la frontera desolada, corrompida y terrible, es el lugar donde Gustavo Gamou camina con cámara en mano, tratando de encuadrar a un tambaleante (como el contenido mismo del filme) Don Rosendo que apenas se distingue en el contraste de los faroles.

La historia que nos muestra Gamou, con cámara flahertyana, enfoca  en la oscuridad a otro de los tantos sin rostro, otro de los que componen las estadísticas de informes y discursos. Don Rosendo  se instala en un albergue que abre su miseria para quien trata de encontrar un poco de calma. La narración está atravesada por otras de la misma densidad, de la misma angustia; conocemos  a Rosendo porque es interpelado por el “abuelisto”, un viejillo que prefiere lo “dejen dormir” a recorrer su inmóvil realidad.

Rosendo, por otro lado no puede dormir tranquilo, sólo puede estar bien cuando bebe, y ni entonces. No son sueños, son pesadillas, recuerdos terribles en un páramo que de ser onírico deviene en mar turbulento, en ahogo, en puro apretar los ojos y los dientes. Lo vemos describir a cámara los mounstrillos que lo persiguen, su delirio en forma de lágrimas y rezos para los otros, los parias, los exiliados, los sin rostro. La ciudad frontera se abre, pero sólo de paso; paliativo de quien tiene sed y cansancio. Tijuana, roída y pútrida recibe a los destruidos, a los rotos; el paisaje exterior es el que Rosendo bebe por las noches: “en esa foto no se distingue/ si es Pakistán o es una calle de Tijuana/ pudiera ser cualquier ciudad africana/ lo seguro es que la zona está totalmente desolada/”

En un montaje abrupto se expresa la memoria de Rosendo, violento, aparentemente inverosímil, que habla de lo chingón que fue, de lo que perdió, de su consciencia trágica, como la consciencia de lo héroes de Sófocles; destruídos y lúcidos: “ya no me importa nada, estoy preparado, me quiero morir ya”. El abuelisto ejecuta su papel  en la historia: demarcó en su limitación a un arrepentido alcohólico que busca su pachita para armarse de realidad. Fiel al “a mi no me hacen pendejo, yo soy chingón”, del mexicano miserable (y clasemediero-pudiente-mirrey-snob) y verguero, el abuelisto se sale con la suya, cruza la frontera, pero no la de su anhelo, no la frontera del Bravo.

Bandera oculta de la herencia industrial de los británicos y, por tanto, de nuestros vecinos colonizados norteños, es la comprensión del tiempo en tanto progreso; si mal gastas el tiempo, mal gastas la vida. Apenas hay tiempo para decir una oración correteada y mal dicha, para cumplir las últimas voluntades. El mar  abre sus misterios y su suciedad a lo que queda de lo que un día tuvo nombre. Nuevos habitantes en el no-lugar, la no-casa, la tregua en el camino: dos sujetos que por posesión más preciada llevan una grabadora, y claro, paliativos en forma de yerba verde/buena. Rosendo no los entiende, no los quiere entender; es el único que trata de detener su tiempo, el único que trata de recordar.

El amor, como el limón del Sombrerero Loco de Alicia en el País de las Maravillas, (Clyde Geronimi, 1951) lo cura todo, hasta los mounstrillos de la memoria. Una abuelista llega al albergue atraída por el mar (otra vez el mar, que más que mar, parece canto de sirena), y conquistada por la soledad o por las camisas floreadas de Don Rosendo, emprenden un juego de espejos, de encuentros. Se cuentan, se desglosan, se resignan, comparten, porque ¿qué es la vida sino compartir la poca cordura que queda?  Adolescentes que con arrojo abandonan la casa en forma de protesta, por estar “hasta la madre de gente que no entiende”. Un road movie que, debimos saberlo, inicia fracasando. No tienen más transporte que sus pies, esperando que algún motor distraído se cruce en su camino. Imposible.  Cuando  se viaja, es necesario llevar sólo lo imprescindible, sólo nuestras piedras de toque. Ishmael sabía que en los buques balleneros  lo único con lo que se podía abordar era su inteligencia y obediencia, nada más. Rosendo lleva como tesoro su biblia y su siempre bien abastecida pachita. La abuelista, su cancionero (Guadalajara no canta malas rancheras) y peluches que ordena de manera lógica y natural. “El amor acaba”, nos dice la voz aguardientosa y la sabiduría de cabaret de José José, pero eso ya lo sabemos, los seres transgresores, lúcidos, ilógicos sólo permanecen juntos en las malas películas.

Toda historia es fragmentada, inacabada, termina donde pareciera comenzar. En el absurdo delicioso y trágico del filme, sabemos que la historia de Don Rosendo es un juego de narradores, un juego que bien podría no existir, porque él ya está enterrado, él ya tiene su nombre escrito en la cruz. Su historia es bella, porque aún sabiendo dónde está su final, Don Rosendo se cuenta a sí mismo.  En su pesadillas y persecuciones cotidianas sabía que el mar aún conservaba su fuerza, origen de anhelos, dios para los sin rumbo, felicidad de quien se sabe finito y de quien brinca en él como niño, lejos, apenas enfocado, sólo su silueta en un encuadre tambaleante, un otro de quien  afortunadamente, pudimos conocer su rostro.

Por Icnitl Ytzamat-ul Contreras García (@Mariodelacerna)


1 Cf., Benjamin, Walter, Tesis sobre el concepto de historia, ÍTACA-UACM, México, 2004
2 Cf., Pessoa, El paso de las horas
3 La Barranca, “Jamás debí volver”, en el disco Ciudadpiedad

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