FICUNAM | ‘Educación sentimental’: Erótica enseñanza

El ímpetu de romper códigos y convenciones parece marcar la trayectoria de una de las figuras más importantes en la historia del cine brasileño: el poco conocido pero celebrado cineasta Julio Bressane, quién se erigió como personaje central del cine “marginal” brasileño, llamado así por la austeridad en sus recursos, la compleja simplicidad de su lenguaje y la desconcertante riqueza de sus ideas en filmes como O Anju Nasceu (1969) o Mate a mea familia e fui o cinema (1969) en las que era palpable una descarnada subversión.

Con el paso del tiempo, la agresión contestataria de esos filmes se va diluyendo para dar paso a filmes más taimados, no por ello menos experimentales, juegos cinematográficos refinados que utilizan elementos de la comunicación formal, el lenguaje y la gramática fílmica así como un abierto contenido erótico y romántico con una óptica madura. En Educação Sentimental, Bressane presenta a una pareja, que se conoce por azar, compuesta por un joven y una mujer madura llamada Aurea, una solitaria maestra.

La sensibilidad de un personaje tan complejo como Aurea, interpretada con una calibrada mezcla de dulzura y desdén por Josie Antello, es notoria en la erótica y sensorial educación en la que enrola al joven, comenzando con conversaciones (que más bien, monólogos de un oyente) que versan sobre mitología, la exquisitez de la porcelana, fantasmales y delicadas poesías, incluso arte latinoamericano. Aurea se convierte en la Selene de este joven Endimión, a quién ahoga en estimulante enseñanza de una marcada tensión erótica.

La riqueza referencial de las conversaciones enmarcada por telones teatrales, silencios e interludios añora con fuerza una época ya erosionada, Educação Sentimental resulta un filme anómalo por que se encuentra totalmente fuera de la máxima que asignan a nuestros tiempos, la que dice que “la obscenidad es la sensibilidad”. Después de presentar temáticas interesantes y una puesta en escena sólida, Bressane, tomando como punto de partida el “museo de las sensibilidades perdidas” (o sea el celuloide), decide deshacer todo.

Hacia la segunda parte del filme, Bressane desarma todo el filme y lo hace consciente de sí mismo, de su naturaleza y sobre todo, de sus propias limitaciones. A pesar de que la idea es radical y desde un punto de vista meramente formal, atrevida, Bressane deja caer la osadía del acto para pasar del amor straubiano a un estéril  y excesivamente abstracto desdoblamiento, el lamento de un pesimista que abandona su construcción para hacer algo que quizá se jacte de ser más libre, pero no por ello, más inteligente, para convertirse en senil reclamo de un tiempo perdido.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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