FICUNAM 2013 | ‘Leviatán’: Percepción bestial

La etnografía se ocupa de hacer una descripción detallada de culturas ajenas a la propia, de la otredad en términos más exactos. La capacidad que debe desarrollar el antropólogo es la de permear la realidad en maneras que un individuo promedio no sería capaz o que al menos debería enfrentarse a diferentes escrúpulos morales o de perspectiva para adentrarse de tal modo. La subjetividad y el prejuicio son el enemigo a vencer en la observación de campo etnográfica, ¿pero qué sucede si entramos de lleno a la experiencia etnográfica de modo que ya no esta determinada por la subjetividad de una persona sino por la aleatoriedad de la naturaleza? No hay nadie que determina qué registrar, el observador esté ausente. Este parece ser el punto de partida del ‘documental’ Leviathan, de la dupla Castaing Taylor y Pereval, inscrita en lo que se llama etnografía sensorial.

Se abre con una cita de la historia de horror por excelencia, aquella del Libro de Job que con una tipografía goth metal nos alerta sobre la visceral, inquietante e incómoda experiencia que viene a continuación. En las mismas aguas en las que Moby Dick fue cazado somos testigos de la explotación natural, la intervención humana en el cauce de la naturaleza, el revoloteo de una parvada de gaviotas, enormes redes, cadenas, la proa del barco y grandes cantidades de peces nos miran mientras son esparcidos por el suelo, destripados y en frenético movimiento.

La manera en la que el documental nos hace partícipes de un ejercicio de observación participante rebasa los límites de la percepción e incluso de la mera contemplación. Leviathan representa un reto sensorial a la audiencia, un trabajo que entremezcla alegoría, ensayo literario y fragmentado y abstracto horror en un denso y único paquete, en el que no hay cabezas parlantes, diálogos o incluso participación directa de alguno de los personajes. Es cruda realidad.

El título, que evoca tanto a la mítica criatura marina como a la bestia ideológica descrita por Hobbes, dimensiona el impacto y el alcance logrado, no hay necesidad de recurrir al diálogo o el testimonio, como buenos antropólogos, Castaing Taylor y Pereval reconocen que el testimonio del informante es una técnica obsoleta en su búsqueda de la realidad etnográfica que con ahínco buscan describir. Pero Leviathan nos lleva no sólo en un viaje visual, sino también auditivo, intenso y tan real que la transgresión a los sentidos es palpable en cada cuadro.

La ‘composición visual’ del documental (si es que se puede hablar de uno definido) es claramente impresionista, el efecto desorientador nos remite al más duro expresionismo, y he aquí el problema que plantea desde una óptica antropológica este bellísimo documento, su validez como documento etnográfico. Ciertamente, Leviathan es un espectáculo sensorial de proporciones únicas que, como las grandes obras, no deja a un público indiferente e invita a una discusión sobre lo que ‘significa’, ¿pero su valor antropológico es cuestionable? ¿No es la percepción el elemento más engañoso para la inalcanzable ‘objetividad’? Cuestiones demasiado grandes para un texto tan pequeño e irrelevantes quizás para un documento que corteja nuestros sentidos pero bloquea el racionalismo.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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