Entrevista: Marcela Arteaga sobre El guardián de la memoria

La descripción de una escena pesadillesca por parte de una mujer que –tras varios días de zozobra– descubrió los cadáveres de sus hijos desaparecidos en la vastedad del desierto chihuahuense. La remembranza lamentosa que hace un hombre por ese bullicio en las calles que de algún modo representaba cierto orden, el cual fue opacado por el insistente sonido de las sirenas de las ambulancias y las patrullas. El deambular que realiza una cámara por hogares ruinosos y negocios calcinados de lo que alguna vez fue un pueblo prospero de miles de habitantes, como si quisiera encontrar afanosamente alguna respuesta.

Estas son parte de las voces y las imágenes que presenta El guardián de la memoria, segundo largometraje documental de Marcela Arteaga, el cual es protagonizado por Carlos Spector, abogado especializado en derecho migratorio quien ha visto cómo los casos de mexicanos buscando asilo político en Estados Unidos han aumentado exponencialmente en los últimos doce años; la confusión, las muertes y las amenazas originadas por la guerra contra el narcotráfico los han obligado a huir dejándolo todo atrás, solo para enfrentarse a una dicotomía: en su lugar de origen son tratados como traidores y en una tierra que les es ajena son considerados criminales.

A propósito del próximo estreno de la película –después de su reciente presencia en Docs Mx y el Festival Internacional de Cine de Morelia, en ambos obtuvo el premio a Mejor Documental Mexicano–, conversamos con la directora acerca de cómo la permisividad del Estado y los empresarios, a través de la impunidad, dieron el control del país a los cárteles, consolidando el crimen autorizado.

Ya en Recuerdos (2016), tu documental anterior (en el cual se evocaba la figura de Luis Frank, emigrante lituano cuyo peregrinar lo llevaría a filmar las incidencias de la guerra civil española para una cinta que quedó inconclusa) hablabas acerca de temas como el exilio, el legado de la memoria o la añoranza por el terruño del que ya poco o nada queda. Platícame sobre el interés por abordarlos.

Marcela Arteaga (MA): Pienso que lo que me motivó a hacer ambos documentales fue mi indignación ante la barbarie, ante el destrozo de sueños y de vidas. También influyó la sensación de estar un lugar y no acabarse de encontrar del todo que deja el exilio y que quizás sea lo que me conecta con mis personajes. Y finalmente el concepto de la memoria y su herencia me interesa porque es la manera en que la Historia no se repita una y otra vez.

En ese sentido, con Recuerdos lo que me pasó es que yo quería hacer algo más relacionado con el exilio y la migración y no deseaba tocar la guerra civil española, pero una vez estando frente a los personajes no podía no tocarlo; aquí era al revés, yo sabía que estaba hablando sobre la guerra contra el narcotráfico pero me di cuenta intuitivamente que había también alrededor un tema de memoria ligado con el pueblo de Guadalupe y ahí fue tomando forma tanto el nombre de la película como la idea de que ese guardián podía ser Carlos Spector, no porque él tenga un diario donde apunte las historias pero sí las vive y escucha todos los días; sin embargo uno de los personajes al final de la película nos dice: ‘Yo guardo estos recuerdos pero te los voy a transmitir a ti para que tú seas el guardián de esta memoria, ahora compártela para que no se les olvide’. Al final el guardián somos todos nosotros.

El guardián de la memoria tiene como eje un concepto que Carlos Spector pone sobre la mesa para tratar de explicar ante las autoridades estadounidenses el exilio de mexicanos: el crimen autorizado. ¿Tú qué opinas al respecto? ¿Debemos dejar de llamarle crimen organizado?

MA: Como ha dicho el académico Edgardo Buscaglia en más de una ocasión: ‘En México, el crimen mejor organizado es la política’. Así pues, yo pienso que efectivamente lo que sucedió en México y de lo que habla la película es el crimen autorizado y también es un genocidio que no se menciona como tal; siempre usamos esa palabra para referirnos a algo que ocurre en algún lugar lejano, tal vez una guerra civil de un país africano o más recientemente en Siria, pero sí tú buscas la definición de genocidio, es justamente la persecución sistemática de una sociedad o una parte específica de ella. Tal vez las maneras y los contextos sean otros, pero no deja de ser genocidio.

La impunidad no es una consecuencia de la violencia, es la política de la violencia. Es otra premisa que Carlos Spector propone, la cual, de algún modo, alimenta la narrativa de las versiones oficiales que los personajes del documental escucharon de las autoridades ante la tragedia.

MA: La versión oficial siempre dice que la gente estaba en el lugar o momento equivocado o que andaban en algo y no, no es cierto. Por ejemplo, los hijos de Rosa, uno de mis personajes, estaban en el parque haciendo trucos con una cuatrimoto, no estaban en el lugar equivocado, pero sí había un desenfreno brutal de la violencia. Pero además Rosa tuvo que hacer la investigación ella sola para poder llegar a sus hijos y nace así la pregunta: ¿por qué un policía se lleva a cuatro jóvenes, los mata, los desaparece, los entierra en el desierto y luego dice que no sabes qué pasó con ellos? ¿Por qué a pesar de estar viendo a la madre pidiendo que le digan dónde están sus hijos, hincándose, implorando, no hace nada? Entonces dime tú si no es crimen autorizado el que nadie en la fiscalía de Ciudad Juárez supiera qué quiere decir el término desaparición forzada. Y estamos hablando que ese es solo uno de los seis casos que componen la película.

Ahora, lo que Carlos Spector decidió hacer y que a mí me parece muy bien es que ellos dejaran de ser víctimas y pasaran a ser luchadores sociales de sus causas, activistas, que es una palabra que aquí está muy denostada. ‘Bah, es el que va a marchas y se queja de todo’ y no, es que a ellos no les quedó de otra. Entonces Carlos formó junto con su esposa Sandra esta asociación llamada Mexicanos en el Exilio en donde dice: ‘si ustedes quieren que yo tome su caso, entonces deben de hablar de lo que les pasó’, ello sin hacer distinciones porque como confesaba ‘¿yo cómo voy a decir que este caso es más fuerte que este otro?’ y resultó muy importante que ellos empezaron a darse cuenta que desde hace no sé cuánto tiempo habían permanecido callados.

Otro aspecto que une a tus dos documentales es la vocación por crear imágenes de aliento poético las cuales acompañan a las voces y las resignifican (prendas en llamas, un triciclo en medio de una carretera, un muro lleno de viejas fotografías…). ¿Por qué optas por ese recurso?

MA: Como ocurría en Recuerdos, yo no quería hacer una película que no tuviera estos elementos porque siento que cuando estás hablando de la tragedia, el arte o la estética siempre queda como por debajo y surge la pregunta: ¿cómo encuentras algo bello en esto? Sin embargo, siento que el arte no está aparte el mundo, estoy convencida de que este tiene que servirle a la sociedad y más a una lastimada como la nuestra. No podemos dejar de hablar de esas cosas, pero ¿cómo hacer que tuviera el elemento cinematográfico? Y esa búsqueda me interesaba hacerla.

¿Y cómo es el trabajo para concebir estas metáforas visuales?

MA: Va siendo poco a poco, vas escuchando las historias y éstas te van inspirando en qué cosas deberían verse que estén al servicio del testimonio, o sea, yo no siento que vaya por un lado la estética y por otro la palabra, eso sería un error. Y en el caso concreto de este documental también había que pensar cómo retratar la vida cotidiana. Pues con vasos, cucharas, focos, cepillos, juguetes, todos esos objetos que yo siento que son aquellos que los personajes dejaron atrás y hablan, tienen su historia.

También ocurrieron situaciones que no estaban planeadas del todo las cuales ayudaron a la construcción de estas secuencias, por ejemplo en el desierto yo había pensado en vez de colocar huesos hacer una columna vertebral formada por maletas que representaran movimiento, porque la mayoría de los personajes salieron de sus casas sin nada y sin que yo lo supiera en ese momento la mujer que habla de su hermana desaparecida describió un sueño que tiene de manera recurrente el cual consiste en qué va caminando con dos maletas. Y sin duda dentro de ese proceso, André e Iván Krassoievitch quienes fueron los directores de arte me ayudaron mucho a aterrizar todas esas ideas.

Ahora que mencionas a tus directores de arte, platícame del resto de tu crew. ¿Cómo fue la producción de la película?

MA: Empezamos en 2014 cuando realicé toda la investigación y recién la terminamos en enero de este año. Exceptuando en las secuencias en el desierto, éramos un crew muy pequeño de sólo cuatro personas lo cual ayudó mucho porque como las historias son muy duras, podía llegar a ser muy intrusivo, podía imponer a los personajes ver tanta gente ya que no están acostumbrados a las cámaras. Y lo que hicimos fue filmar a lo largo de todo un año porque pasaban cosas todo el tiempo y de forma muy rápida, entrevistamos a uno de ellos y a los dos meses que regresamos ya lo habían deportado o ya era la audiencia de uno o ya le habían llamado al otro. Como fue a lo largo de un año, el crew fue cambiando un poco, por ejemplo, básicamente el sonido lo hicieron Rodrigo Meroya y Pablo Tamez pero no siempre podían acompañarme o, en el caso de la fotografía, ésta la empezó María Secco, pero después ya no pudo seguir por otros compromisos y la tomó Axel Pedraza, quien coincidentemente es de Ciudad Juárez lo cual aportó mucho porque él estaba familiarizado con la violencia que se vive en la frontera.

¿Cómo encontrar la fotogenia de un pueblo que ha sido completamente destruido, que ha perdido cualquier asomo de identidad como lo es actualmente Guadalupe?

MA: Siento que lo que a mí me sirvió fue el haber ido a Guadalupe hasta el final de la filmación, entonces para ese momento yo ya había escuchado todas las historias y cuando llegué junto con Axel Pedraza, ya teníamos más claro lo que queríamos retratar, esta destrucción, este abandono. Por ejemplo, en la calle principal del pueblo todas las casas fueron quemadas, tiradas, arruinadas, pero el gobierno pintó muchas de estas de colores muy vivos como para decir que no pasó nada o que sí pasó, pero borrón y cuenta nueva, a lo que sigue.

Así que fuimos a buscar lugares específicos, por darte un ejemplo una de las casas que aparece en el documental pertenecía al chico que menciona que le mataron a su mamá y con ello todas sus ilusiones; en la película nunca se menciona y poca gente sabe esto, pero no importa, pienso que a pesar de que se vean solo tabiques tirados, las cosas sí transmiten sensaciones.

Por Alberto Acuña Navarijo

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