‘El rascacielos’: La decadencia de la ambición

Para clasificar a un director como Ben Wheatly hace falta valentía. A primera instancia pudiera parecer que se trata de un cineasta meramente dedicado a crear obras de horror. Sus antecedentes como responsable de películas como la terrorífica Kill List, la sorpresivamente divertida Sightseers o su incursión en la famosa serie ABC’s Of Death al lado de personajes como Nacho Vigalondo o Marcel Sarmiento lo respaldan a la perfección. Sin embargo, se trata de un tipo que pareciera estar más interesado en el comportamiento humano que en el género por sí mismo. Y su nueva película lo prueba a la perfección.

Lejos del terror que sus antecesoras, El rascacielos (High Rise, 2016) es una especie de nueva faceta del director. Una que más bien se pudiera interpretar como adaptador de historias lejanas pero precisas, parte de esa misma estirpe de la que Cronenberg forma parte con películas como Naked Lunch de Burroughs, Crash de J.B. Ballard o Cosmopolis de Don DeLillo. En High Rise, Wheatly opta por darle mérito a una obra de Ballard como si se tratara de una prosa hecha específicamente para nuestros tiempos. No importa que la novela haya sido escrita hace treinta años, de la misma manera que Cosmopolis pareciera que es perfectamente apta para hoy en día.

Y a su vez pudiera ser apta para cualquier época de la historia. Más allá de su temporalidad específica (una especie de años 70’s mezclada con un futurismo particular), la historia pudiera ser más específicamente sobre el comportamiento humano a raíz de una soledad que no se refiere únicamente a esa del corte sentimental, sino a la de un aislamiento digno de películas como El Castillo De La Pureza de Ripstein o Dogtooh de Yorgos Lanthimos, en donde esa soledad interactúa con otras tantas alrededor. El edificio de High Rise no es meramente como el tren de Snowpiercer o las construcciones de Dredd y The Raid, es más bien un espacio para la convivencia insana, lejos de las enseñanzas del resto.

Su premisa, tan compleja como su desarrollo, dicta que se trata de la vida de un hombre (el increíble Tom Hiddleston) recién llegado al edificio en cuestión, una vivienda que tiene como personajes principales a Luke Evans en un papel furioso como pocos; Elisabeth Moss en un escenario distintísimo de su papel como Peggy en Mad Men; y Jeremy Irons como un genio controlador de todo. Todos ellos, y muchas personas más, en un círculo vicioso, en un fondo que está destinado a no terminar y en una inclinación a la locura como pocas.

Puede parecer sin sentido, pero realmente se trata de un caos tan bien orquestado como otros experimentos sin razón de la talla de Brazil de Gilliam. El mérito de Wheatly no es la expectativa al crudo desenlace de la historia como en sus anteriores películas, sino su manera de encontrar una coherencia al momento de filmar entre tanto sin sentido. Una especie de orquestación precisa a un declive de horror clásico, más humano y menos dedicado a la expectación de un levantamiento de voz, comparado solo con una discografía tan impecable como la de Godspeed You! Black Emperor.

También se trata de la película más larga de su filmografía. Y, sin haber leído la novela, se entiende perfectamente por qué. No se trata de una pieza que deje lecciones al espectador, o al resto de la sociedad que lo incluye, sino más bien es una cinta que destruye cualquier moraleja que se pudiera rescatar, una obra larga dedicada a la representación de la locura natural humana, de sus peores deseos animales y de su poca compasión al momento de cruzar límites éticos sociales.

Para clasificar a un director como Ben Wheatly hace falta demasiada valentía, de la misma manera que hace falta para ver una película como High Rise sin caer en el grave error de buscar una coherencia donde no la hay. Al final del día, esa cordura tan anhelada existe por momentos, de la misma manera que en la naturaleza humana en general. Es un paseo por la locura que se muestra cuando ésta no existe, cuando las ambiciones superan las expectativas del humano y cuando la riqueza se convierte en el único objetivo por alcanzar como perteneciente de una sociedad en decadencia. Si uno lo lee de esa forma, no está tan lejos de la actualidad. Tampoco la decadencia que muestra Wheatly en cada cuadro está tan lejano de lo que pudiera pasar.

Por Joan Escutia (@JoanTDO)

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