El debate que comenzó con el estreno de El francotirador (American Sniper, 2014), de Clint Eastwood, es más una respuesta a los prejuicios de sus espectadores que a las afiliaciones políticas del cineasta. Como respuesta a la película, por ejemplo, el incendiario documentalista Michael Moore recordó la amenaza de asesinato que le hizo su colega: Eastwood le dijo en broma que si lo veía en su casa con una cámara lo mataría. Es más probable que el legendario director y actor se refiriera a los irritables métodos de Moore, que cuestiona a sus blancos con la misma intolerancia de la que los acusa, a que Eastwood, quien ha apoyado a figuras del espectro liberal como Dianne Feinstein, se opusiera a sus posturas políticas. Eastwood es republicano, pero es uno que apoya el control de armas, el matrimonio gay y el aborto. ¿Qué nos está diciendo Eastwood, entonces, con la historia del francotirador más letal en la historia de las fuerzas armadas estadounidenses? Me parece que nos está mostrando la ideología de una figura olvidada por el ideal de lo americano, pero fundamental para su existencia y su desarrollo: el redneck.

Aquel despectivo término que describe el color de una piel blanca dedicada al trabajo en el campo discrimina y disminuye el talante de un grupo social en que se basa la supervivencia de la nación. Eastwood puede ser acusado de romántico por rescatar al hombre común y atisbar su insensatez, pero no de juicioso. Ni agresivo ni exaltante frente a su protagonista, Eastwood hace un ejercicio de compasión al intentar mostrarnos qué clase de hombre se une al ejército, por qué y quién es la sombra que regresa a deslucir la promesa de un hogar que  final de cuentas alberga un cuerpo vacío y una familia abandonada. Eastwood describe qué es un soldado. La imagen final es ambigua porque nos muestra un ser que por un lado destruye, pero por otro lo hace convencido de la virtud resultante de sus asesinatos. Chris Kyle (Bradley Cooper) no mata por placer ni logra el bien cuando lo hace; él mata porque cree que tiene que hacerlo. Eastwood no expresa el 9/11 como el origen de la invasión a Irak, sino como el principio de una idea en la psique de este mártir: la de defender su nación. Esta imagen, por supuesto, es parcial, pues no enfatiza la ignorancia o la manipulación de un sistema alimentado por cadáveres enemigos, pero tampoco carece de crítica.

La primera imagen en el filme muestra a Kyle a punto de dispararle a un niño. La consecuencia estremece pero sobre todo afirma un carácter arrepentido. Cuando su compañero lo felicita, Kyle le exige: “Cállate, carajo”. No hay orgullo ni triunfalismo en la escena, interrumpida antes del disparo por la biografía de Kyle. Con este corte, Eastwood muestra la maquinaria de la causalidad a la que se refirió Borges como la ignorancia que provoca la idea del azar; la historia que moldea un instante trágico. La vida que ha llevado Kyle, desde el protestantismo de su niñez y las convicciones All American de su juventud, hasta su matrimonio y el atentado contra las torres gemelas, lo han insertado en este momento cuando tiene que decidir la atrocidad.

El resto de la película, sin embargo, carece de la precisión de esta escena y se convierte rápidamente en una serie de divagaciones entre lo anecdótico y a veces lo contradictorio. Una de las sugerencias de Steven Spielberg cuando negociaba dirigir esta cinta fue incluir al némesis de Kyle, un francotirador olímpico de Siria. Eastwood lo conservó y lo muestra con una mirada furiosa, vestido en tonos oscuros. Él es una forma inhumana, casi malvada, que se enfrenta al caballero democrático para preservar el caos. La batalla entre ambos asciende a un orden divino, pues se trata de dos hombres excepcionales, uno heróico, el otro villanesco, que resumen la guerra entre sus naciones en su duelo. Eastwood ya no sólo está rescatando al redneck: le está permitiendo convertirse en su propia imagen de sí.

Son estas incoherencias las que más afectan el discurso de la cinta, cuyo tono elegiaco se confirma al final. La procesión funeraria de Kyle, asesinado por un hermano en armas a quien intentaba ayudar a readaptarse a la vida civil, es un instante, por decir lo menos, heróico. Eastwood no aprovecha el luto de su familia para convertirlo en una lágrima nacional; meramente lo contempla sin saber exactamente qué hacer con él. Su dirección, a lo largo de El francotirador, carece de dirección; abunda en digresiones en busca de un carácter épico, como el duelo entre Kyle y su gemelo negro en medio de una tormenta de arena.

A pesar de su romance fallido con el hombre común, a Eastwood no se le puede acusar de político, sino, en todo caso, de insensato. Los resultados que obtenga la cinta en los premios Oscar habrán de afirmar su lugar entre el público y a ese público; serán más la consecuencia de una apreciación cultural y política que de una cinematográfica. En competencia con un grupo de cintas que busca revalorar a las minorías, como los nerds, los homosexuales y los negros, El francotirador podría afirmar la fuerza de un sector aún mayoritario en Estados Unidos, o su derrota en una cultura democrática, enfocada al rescate de los antes olvidados.

Por Alonso Díaz de la Vega (@diazdelavega)

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