Distrital | ‘Regina’: Intimidades

La casa en que vive la familia de Regina es una de tantas que se pueden ver flanqueando el trayecto entre Tijuana y Mexicali. Ahí, en el implacable calor del desierto, cualquier cosa puede pasar.

Hace un par de años que nadie sabe nada de Regina. Su madre parece vivir en un estado soporífero permanente, sin que nada la pueda sacar del trance. Pronto descubrimos que está ciega. El padre tiene todo bajo llave, las ventanas tapiadas y candados en cada puerta.

¿Por qué? La respuesta se encuentra afuera, al final de una cadena: Regina. Nuestra protagonista pasa sus días encadenada como un perro, bozal incluido. Comiendo en un tazón y durmiendo sobre un delgado colchón.

De esta manera, Regina (Miriam García) está a unos días de cumplir los 18 años y su padre (Jesús Márquez perfectamente repulsivo) le asegura que la liberará, pero no para que vuele del nido, sino para suplir a su madre (Gisela Blanco), quien ya no sirve para nada.

La ópera prima de Javier Ávila es una película atípica en el panorama del cine mexicano. No está enmarcada en fenómenos de narcotráfico, retratos de miseria urbana o es una comedia chabacana con aroma televisivo. Tampoco la podríamos acomodar con la corriente de cine contemplativo en boga los últimos años, a pesar de sus tomas largas.

Regina (2012) es un drama doméstico con chispazos del humor más macabro y retorcido que se puedan imaginar, combinado con un trasfondo lleno de simbolismos, como acepta el propio Ávila.

La cinta recuerda en algunos momentos a Michael: crónica de una obsesión (Michael, 2011), de Markus Schleinzer, y su influencia hanekiana —además de traer a la memoria el macabro caso de Josef Fritzl, conocido como “El monstruo de Viena”– o a la australiana The Love Ones (2009), de Sean Byrne.

El juego simbólico de Ávila es una revisión de los roles familiares que se imponen cuando el hogar es regido por un macho dominante y celoso de su papel. Por eso resulta adecuada, aunque un poco obvia, la cita a Él (1952), de Luis Buñuel.

Es, también, una representación metafórica de lo que sucede cuando la voluntad de los padres reprime la de los hijos. Regina no quiere el futuro que su padre le ha trazado, pero no tiene forma de expresar su opinión y su madre es incapaz de rebelarse o apoyarla. Una situación que se repite en muchos hogares anónimos, como esa casa perdida y aislada en la carretera. Ahí, en la intimidad, todo pasa.

Por Rafael Paz (@pazespa)

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