‘Cloud Atlas’: Una ambiciosa disonancia

Una pieza musical que se jacte de ser buena tiene una serie de elementos que determinan su grandeza o mediocridad: las variaciones, los movimientos, el tempo y las emociones que es capaz de generar en aquel que busca la más sublime de las abstracciones: la aural. Pero, ¿qué sucede cuando esa pieza musical que debería tener un orden definido dentro de su estructura se vuelve una disonancia? Habrá partes que podamos apreciar por su belleza y coherencia mientras que en otras sentimos la estridencia de un claxon o la nasal voz de Pepillo Origel destruyendo nuestros tímpanos. En Cloud Atlas, tenemos una sinfonía en 6 diferentes movimientos con tres compositores diferentes e instrumentos muy variados, algunos afinados y en su punto y otros dignos de la musicalización de Los Temerarios.

El filme, basado en la ambiciosa novela de David Mitchell, Cloud Atlas, maneja 6 líneas narrativas diferentes, cada una en diferentes espacios temporales, conectados por el hecho de ser leídas, oídas o vistas entre ellas de manera cronológica. En este complejo entramado, por cada historia hay un protagonista diferente, pero cabe recalcar que en cada una de las 6 historias, los mismos actores reaparecen en diferentes papeles, cada uno con maquillaje que va desde la maestría de genios del oficio como Rick Baker o John Chambers hasta los infiernos de las orgías de látex y pelucas de pelo de gato presentes en programas de Televisa como La Parodia o El privilegio de mandar.

Los directores responsables son aquellos visionarios que empujaron un poco los límites de comprensión de la audiencia con The Matrix, Andy y el cineasta previamente conocido como Larry, Lana Wachowski, se unen al visionario alemán Tom Twyker (Corre, Lola, corre & El Perfume) para un proyecto que, dada la proporción entre sus ambiciones y presupuesto, puede presumir tener una ‘razonable’ etiqueta de 100 millones de dólares, que vienen de los bolsillos de los peculiares auteurs. Los tres realizan un trabajo que muchas veces es inconsistente, dado que el prolongado tiempo de duración por veces hace mella de la vejiga de más de un espectador, sin embargo hay secuencias que demuestran el flair visual y el remanente de un cine genuinamente emocionante.

Los actores responsables de un proyecto de tales ambiciones no podrían ser más disímiles y provenientes de espectros cinematográficos disparatadamente variados. Por un lado tenemos el calibre y peso de superestrella del cada vez más envilecido Tom Hanks, Halle Berry y Hugh Grant pasando por la fuerza de actores de carácter británicos como el gran Jim Broadbent, Ben Whishaw y James D’arcy, además de las confiables presencias de Hugo Weaving, Susan Sarandon y Keith David, para dejar la cinta en los hombros de los noveles Jim Sturgess y la coreana Doona Bae. Las actuaciones, así como el maquillaje y caracterización, se mueven en rangos ridículamente volátiles, siendo Doona Bae en la secuencia en Corea, Ben Wishaw en los años 30 y Jim Broadbent en el 2012 los claros puntos altos, curiosamente interpretaciones que no hicieron uso del abigarrado maquillaje.

Por otra parte, los valores de producción compensan la pobre caracterización y la atención al detalle por parte de los directores es particularmente rica en cada una de las secuencias, generando mundos diferentes en los que la constante es el retacamiento y el exceso barroco, presente claramente en el estilo visual de la cinta. La música es componente esencial e incluso eje central de una de las tantas líneas narrativas presentes dentro de la cinta y, sin resultar particularmente memorable, mantiene una frágil cohesión entre cada una de las piezas de esta caótica sinfonía visual.

A pesar de que ha sido brutalmente recibida por muchos sectores de la crítica, repudiada por grandes sectores del público y no fue nominada a ningún People’s Choice Award, uno no puede desdeñar con facilidad la ambición de generar un producto creativo que sea capaz de demandar la atención y paciencia del respetable, de la misma forma que grandes nombres del art house piden la misma paciencia para sus cintas, especialmente los cineastas contemplativos (de los cuales, los buenos escasean cada vez más). La ambición de esta enorme pieza queda reducida a fallos tanto de los conductores como de los músicos que interpretan la música de este largo, abigarrado, frustrante, complejo y salvajemente bello sexteto, el atlas de las nubes…ese que sólo un ser celestial o infernal es capaz de ejecutar a la perfección.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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