En los primeros días del Festival de Cannes suelen escasear películas que causen polémica o con la capacidad de generar un elevado entusiasmo entre los presentes. Este año, quizás ante la falta de un contingente importante de la prensa internacional, el entusiasmo se ha difuminado y la conversación no se ha concentrado en una sola película hasta el momento. Le quedan varios días al festival y, regularmente, durante el primer fin de semana los títulos más fuertes son revelados, tal vez los siguientes días suban la apuesta.

Cow
Dir. Andrea Arnold
Sección: Selección Oficial – Fuera de Competencia

“Esta es una película muy personal para mí”, dijo la cineasta británica Andrea Arnold antes del estreno mundial de su nueva película: Cow, título sucinto cuya simpleza da cuenta total de lo que se muestra. A diferencia de cineastas como James Benning o Frederick Wiseman –quien, por cierto, fue homenajeado con la Carrosa de Oro en la Quincena de los Realizadores–, cuyos trabajos usan rigurosamente las herramientas del cine directo para hallar virtudes que están más allá de lo que las cámaras solamente registran, la británica Arnold sigue el cotidiano de algunas vacas en una granja industrial iluminándolas con la misma patina que usó para los decadentes y esplendorosos adolescentes de American Honey (2016).

El trabajo de Arnold toma más de una idea e inspiración del audaz Le sang des bêtes (Franju, 1949), que destaca por el su sobrio control para evitar la deliberada crueldad, en cambio, Arnold la contiene hasta un arrebato final que genera un fortísimo contraste con casi todo lo registrado durante más de 90 minutos. La cámara digital de la cineasta llega a chocar físicamente con los animales que filma, acercándose lo suficiente para poder apreciar la nobleza que sus ojos logran transmitir. La intención de la cineasta británica es abonar a una conciencia ambientalista usando un recurso narrativamente depredador: ¿el cine justifica los medios? Quizás Arnold piensa que sí. (JJ Negrete, @jjnegretec)

Clara Sola
Dir. Nathalie Álvarez Messen
Sección: Quincena de los Realizadores

Lo que la Oscuridad les dice no puede ser interpretado en este plano.
La Oscuridad es demente, es un dios salvaje, es un dios loco.

Mariana Enríquez

La ópera prima de Nathalie Álvarez Mesén es un trabajo articulado con la paciencia de una artesana y con fuego que respira el aliento. Clara es una sanadora|chamán|médium que vive con su mamá, Fresia (Flor María Vargas Chaves) y su sobrina que está por cumplir 15 años, María (Ana Julia Porras Espinoza). Clara tiene una enfermedad motriz y una neurodivergencia que la llevan a habitar el mundo a un ritmo distinto y con una mirada|visión expandida.

El espacio que Clara Sola habita es la selva: una casa en medio de los verdes que se desdoblan en más verdes, en humedad, en agua, en tierra, en animales, en insectos, en musgo, en movimiento vivo. La naturaleza primigenia, que en su vastedad permanece lo arcano, lo ancestral, lo insondable y lo peligroso, es el misterio que vincula a Clara con el mundo, y con su herencia sanadora. La relación de la naturaleza que respira por sí misma, que se mueve como reptil pero que también canta como pájaro, es el núcleo del que se desprenden los filamentos oscuros y las gotas luminosas de Clara Sola.

Álvarez Mesén hace alquimia de hierbas, de edición, de insectos, de sexualidad, de enfermedad, de luz natural, de score, de puesta en escena, de fotografía, de caricias, de gritos, de sangre menstrual, de guión, de muerte y de lealtad. La alquimia de Álvarez Mesén mantiene lo oculto sin develarse, coloca al misterio sin respuestas; la fineza de su oficio condensa una película que toca las artistas de la iniciación amorosa así como las del terror a los abismos de la locura. Parafraseando a Mariana Enríquez: soportar el peso de los dones divinos sólo es posible a través de la locura.

clarasola001

Lo incontrolable y arcano de la naturaleza ha sido el escenario de trabajos también desconcertantes y también poderosos en su fuego, en su entraña: Selva trágica (Yulene Olaizola, 2020) y la sexualidad que humedece el hocico de los felinos, la noche y la muerte; Sanctorum (Joshua Gil, 2019) y el subtexto político de la violencia y el ritual; o La leyenda del tío Boonmee (Apichatpong Weerasethakul, 2010) y la enfermedad que toma distintas corporalidades.

Clara Sola sostiene una apuesta plástica sólida que por momentos nos recuerda a Weerasethakul y, en otros, a Andréi Tarkovski. La iluminación en el encuadre nos lleva a momentos memorables como el de Clara masturbándose en el abrazo de un árbol y la bienvenida de la tierra; o en la lucidez del incendio, de la liberación de un don que nunca fue pedido, por la caricia de un Dios que nunca fue solicitada.

El dolor propio no miente, el rechazo del ser amado no miente, la deformidad no miente, la lucidez del autoconocimiento no miente, la traición a nuestra familia no es sencilla de perdonar y el don sagrado de curar (que siempre tiene una sombra, siempre hay una factura, siempre hay una contrapeso) es una losa que se paga con locura y soledad. Es por eso que Clara elige el destierro o la muerte, que para los griegos era lo mismo, pero elegimos la muerte, porque en el incendio se puede quemar la virgen milagrosa, la casa de la selva y con suerte, nuestra memoria. (Icnitl Ytzamat-Ul Contreras, @mariodelacerna)

The Souvenir: Part II
Dir. Joanna Hogg
Sección: Quincena de los Realizadores

The Souvenir causó un revuelo considerable tras su estreno en el Festival de Sundance en 2019, a diferencia de su discreto paso por el Festival Internacional de Cine de Morelia: el entusiasmo fue mucho más discreto y la recepción casi tan distante como la película misma. La historia de Julie (Honor Swinton Byrne), una joven aspirante a cineasta en la Inglaterra de los 80, tomaba como base las experiencias de la misma directora, la cineasta y artista visual Joanna Hogg, quien durante ésa y la siguiente década forjó amistad con figuras como Derek Jarman o Tilda Swinton (quien aparece en ambas piezas). La primera parte se enfocaba principalmente en la relación de Julie con un lábil y flemático drogadicto, interpretado por un estupendo Tom Burke; la segunda, se adentra totalmente en las experiencias en los sets de Julie, lo que lleva a la híper estilización del privilegio plasmada en el primer capítulo, llena de colores fríos y composiciones visuales rígidas, a percibirse mucho más adecuada en este segundo ejercicio.

Aunque se echa de menos la labia y el ácido humor de Burke, el cineasta y actor Richard Ayoade lo compensa con creces al interpretar a un pomposo y perfeccionista realizador que cita con sorna a Martin Scorsese (productor ejecutivo de la película), además de rivalizar en ingenio y timing con la misma Miranda Priestly. La mayor virtud de la segunda parte recae en la presencia de esta solemne ironía, añadiendo una serie de matices ausentes en el largometraje anterior de Hogg imprescindibles para que el nuevo sea igual de contundente. (JJ Negrete, @jjnegretec)

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