Cabos | Bruno Santamaría sobre Cosas que no hacemos

El segundo largometraje documental de Bruno Santamaría (Margarita) nos transporta al Roblito, un pequeño pueblo en la costa del Pacífico mexicano, donde los niños parecen vivir sin adultos y la vida transcurre con tranquilidad. Ahí conoceremos a Arturo, el único adolescente entre el grupo de pequeños, quien les enseña a bailar y jugar.

Cosas que no hacemos (2020) se enfoca así en Arturo, quien lucha por desarrollar su propia identidad y desea pedirle a sus padres permiso para vestirse de mujer. La película se presenta en el Festival Internacional de Cine de los Cabos, donde tuvimos oportunidad de platicar con el joven realizador mexicano sobre su proyecto y los temas que se plasman en pantalla.

¿Cómo fue que llegaste al Roblito?

Fueron varias razones. Para resumirlo, mi hermano me contó que visitó esa zona de manglares para un proyecto de investigación, él es científico, me inquietó conocer el espacio. Hice un viaje con Zita Erffa, una amiga, a esa zona para encontrar algo que hacer, una película, tenía la inquietud de hablar sobre represiones, observar el proceso de crecimiento de algún niño o niña que cambiara su forma de pensar y entender el mundo.

Eso era lo único que tenía claro. Estando en una cantina en esa zona de manglares, de pronto regresando en una pequeña lancha, un niño nos contó que cada Navidad Santa Claus sobrevuela un par de islas de la zona y le avienta dulces a los niños. Esa imagen me fascinó, no sabía si era un cuento de niños o real, entonces decidí volver y ofrecer clases de video a los niños y niñas de la primaria. Me quedé ahí un rato, les mostré los videos, hicimos un cineclub, comencé a conocer a abuelas y abuelos. Conocí a todo el pueblo, es una comunidad de pescadores, son máximo 200 habitantes. Y, de pronto, llegó Navidad y apareció Santa Claus, salí corriendo con la cámara. Así me enamoré del espacio.

Justo la imagen de Santa Claus es muy particular, una postal inolvidable. ¿Cómo elegiste a la familia protagonista? ¿Qué te cautivó de ellos? Te permitieron mucha intimidad.

Desde que llegué estuve cerca de tres familias. En particular, con las familias que vivíamos, la de Carlitos; la de Charalito, que es hermano menor de Dayanara; y Jule y Estrella, que son otras dos niñas que salen en la película. Con toda la familia de Dayanara hubo siempre una cercanía muy grande, creo que es porque es una familia con dos hijos que son homosexuales. Hay una cultura bastante abierta y cierto rechazo a las masculinidades adultas, eso me hacía sentir cómodo con ellos. Eso nos llevó a vincularnos más, hice ocho viajes, el tercero lo hice sólo y fue cuando me hice muy amigo de Armando, el hermano mayor de Dayanara.

En una ocasión, la mamá me empezó a entrevistar. Me preguntó por qué yo no había platicado con mis padres de mi identidad sexual y me empezó a contar de lo terrible que es guardarle secretos a la familia. Le dolía mucho más el secreto que el hecho o la anécdota, eso lo escuchó Arturo (Dayanara) y eso dio pie a que me contara sus historias, sus secretos y que quería compartirlas con su madre, su padre y la familia.

Más que elegirlos, nos encontramos en el proceso de estar en el espacio. De pronto hubo una empatía, quizá por procesos que estábamos viviendo tanto la familia de Dayanara como yo.

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Me parece que Cosas que no hacemos es una película sobre identidades. Se conecta con tu documental anterior, Margarita, aunque ahí su identidad estaba perdida. Aquí los retratados están en una etapa muy diferente.

Me da la impresión de que en la película Dayanara es la protagonista, está viviendo un proceso de crecimiento a través de su reconocimiento como mujer, su atrevimiento de pedir permiso para hacerlo y contarle al mundo quién es.

Al mismo tiempo es una película sobre crecer. Al final, Dayanara fue la que marca la historia. Están Jule, Estrella, Carlitos y muchos otros niños de los que no contamos su historia pero acompañan también el proceso. Una vez que Dayanara sale del Roblito y se va a trabajar como lo hacen todos los adultos del pueblo, le va a tocar a otro niño o niña confrontar a sus padres, crecer y empezar a trabajar hasta que le toque a otro. La película retrata eso, el proceso de un adolescente para ser un poco más adulto.

Ella tiene una función muy especial en el Roblito. Es una figura protectora para los niños, les enseña y ayuda en muchas de sus cosas, como su graduación. Parece no haber más adultos.

Justo cuando llegué, no sólo me contaron del Santa Claus, sino que daba la impresión de que no había adultos. Lo romanticé, pensaba que era como una isla de Nunca Jamás, Peter Pan. Más bien es una comunidad de pescador que para poder comer trabajan todo el día, a todas horas y desde muy temprana edad. A los 12 años empiezan a trabajar. Construyen campamentos de pesca lejos de casa y se van por temporadas largas. La comunidad se queda con niños y abuelos.

Una de las violencias más grandes que vive el Roblito, lo que en un principio parecía el País de Nunca Jamás, era que cuando tomas responsabilidades y empiezas a trabajar, eso implica que para sostener una casa trabajan los abuelos, los hijos, los nietos y 24 horas al día toda la semana. Es un pueblo de trabajadores, por eso la película acaba con Dayanara viviendo ese proceso de valentía, fuerza y que contarle a sus padres implica una responsabilidad. Por eso al día siguiente se va a trabajar a Tecuala, ahora está en una maquiladora de Tijuana.

Cosas que no hacemos no habla de la violencia directa que vive el país, pero retrata otros tipos de violencia que también azotan a las comunidades del interior.

Por suerte el Roblito está muy protegido por su condición geográfica, a diferencia de otros pueblos donde se siente la violencia. Roblito es un espacio sumamente tranquilo, pacifico, casi todos son primos y se conocen. Cuando hay fiestas llegan personas de otras comunidades y se desatan confrontaciones.

Lo que nos ocurrió fue un accidente, hubo una balacera y estábamos presentes, filmando. Fue horrible. Corrimos, nos espantamos. Ese acontecimiento les marcó, fue un trauma, se suma a las historias de los niños en la fogata, pero no detiene la vida, ni sus alegrías. No detiene la intención de Dayanara de contar su secreto. Lo decimos en la película porque creo que al final pretendemos compartir que conocimos del Roblito. Tratando de ser lo más críticos y abiertos a sentir qué nos estaba dando la realidad para construir una película.

Por Rafael Paz (@pazespa)

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