Cabos | Cosas que no hacemos y que decimos que hacemos

Las contradicciones marcan el horizonte de nuestras creencias, de nuestros razonamientos, de nuestros sentimientos y de nuestra praxis. No hay lugar en donde esta invitada indeseable no aparezca para recordarnos nuestra falibilidad y nuestra incongruencia. Tal vez por eso abro las puertas y las ventanas para que se sienta bienvenida, para que se sienta en casa; para que se quite los tenis y venga a la recámara con una taza de té.

Cosas que no hacemos (2020) es el segundo documental del cinefotógrafo y director Bruno Santamaría –egresado del Centro de Capacitación Cinematográfica–; en él, busca enmarcar el cotidiano de los niños que habitan El Roblito –una comunidad en la frontera de Nayarit y Sinaloa– y el camino que va construyendo un joven Arturo para ejercer su identidad sexual.

El documental es un constante espejo, un constante desdoblamiento. La cámara de Santamaría registra lúdicamente la energía de los niños: los destellos que por momentos son carcajadas, en otros carreras intempestivas y, en otros, peleas que acontecen en la escuela. Por otro lado, el respiro, la pausa pulsa a partir de la narración de ArturoÑoño para su familia y sus compas–; parece que la cámara toma una distancia respetuosa al tiempo que busca registrar uno de los deseos de Ñoño: usar un vestido y maquillarse. En Ñoño vemos una gran emoción que se traduce en una forma de dulzura y un erotismo que se desprende como cáscara de mandarina.

Las narraciones de los niños y su explosión lúdica son vinculados orgánicamente con la búsqueda de Ñoño en el trabajo de edición de Andrea Rabasa; con buen ritmo, Cosas que no hacemos se mueve entre el paisaje propio de El Roblito: un burro corriendo que no se deja atrapar –”porque estoy solito, no hay nadie aquí a mi lado”–; paredes pintadas con el logo del partido de la revolución institucionalizada, revolución-ins-ti-tu-cion-na-li-za-da; el evento cultural que deja un bonito mensaje en la película de la noche y la preparación para el fin del ciclo escolar.

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Santamaría tiene una sensibilidad particular con los rituales que no pasan por el tamiz de lo sagrado, –una de las aristas que Émile Durkheim colocaba en la transición del siglo XIX al XX francés–; su mirada se coloca en la manera en que Ñoño va dejando la marca de la sombras en sus párpados, en la forma en que camina con el vestido, en la organización para el festejo de la graduación, en los ensayos para el baile que se presentará, en la tarde en que toca baño sí o sí y en los peinados de los niñxs.

En la noche del festejo hay balas y hay muertos. Pareciera que México no es México sin la muerte violenta. Pareciera que el cine mexicano no es cine mexicano sin muertes violentas (Miss bala, Gerardo Naranjo, 2011; Nuevo Orden, Michel Franco, 2020; Sin señas particulares, Fernanda Valadez, 2020) y ahí, a donde Santamaría supo llegar sin el hedor a morbo –probablemente de manera fortuita– al día siguiente con el sol de la mañana secando el charco de sangre, es donde a donde no llega su trabajo. Porque aquí el cuidado que mantuvo en la distancia y en el pulso de Ñoño, es transgredido por la necesidad de ver, por la necesidad de enterarse, por la necesidad de mostrar y la necesidad de demostrar.

Santamaría expone en una entrevista que una herencia de la que bebe es de su maestra Marta Andreu: “en el documental tú tocas a la personas, transformas las dinámicas, aceleras procesos, pero esto no ocurre si tú no te dejas tocar de la misma manera”. El ejercicio del documental es dialéctico, de escucha, de respeto y de agradecimiento. La noche en que Ñoño le pide permiso a su mamá y a su papá para vestirse de mujer, es la noche en que la cámara de Santamaría, agazapada de donde puede, enfoca la enunciación del hijo y la reacción del padre. La cámara no tiembla ante la palabra; y es aquí donde Las cosas que no hacemos desde la horizontalidad y el respeto se vuelven morbo de exposición, de estridencia y de festival.

Las contradicciones llevan su propio ritmo, sus propios aprendizajes y sus propios desdoblamientos. La incongruencia es suelo fértil y honesto; sin embargo, cuando sólo es aparente, no hay temblor, ni miedo, ni entrañas; sólo búsqueda de aplausos allí en donde nunca hubo transparencia propia, donde uno no se deja tocar. La violencia que se ha construido meticulosamente para llegar a nuestra sensibilidad, ¿está sólo en el disparo, en la sangre y en el desmembramiento o, incluso ahí, donde decimos construir un espacio seguro, de diálogo, de escucha, y de confianza, habita ese impulso primigenio, devorador, destructor, egoísta y oscuro?

La manera y el momento de colocar la cámara es lo que sostiene una creación y esa praxis descansa en un suelo ético. Tal vez, sólo las narraciones que son propias y que se trabajaron desde uno, son aquellas que tienen la posibilidad de salir a respirar; de otra manera, el silencio y la solidaridad se vuelven fundamentales a la hora de tomar decisiones.

Por Icnitl Ytzamat-ul Contreras García (@mariodelacerna)

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