Black Canvas | First Cow y lo imperecedero

A mis amigxs, que respiran brasas,
que respiran fuego;
a mi clika que me respalda.

Descifrar el lenguaje, compartir el lenguaje, inventar el lenguaje. Deletrear el infinito con las sefirot del árbol de la vida; reconocer lo innombrable y simbolizarlo a través de la geometría sagrada; encontrar en la inmovilidad el silencio que abre las puertas del corazón y la consciencia; representar el vínculo del misterio a través del cuerpo danzante o desarticular el lenguaje para que en el sinsentido asome su pulso El lenguaje articula nuestra experiencia y en nuestra forma de expresarlo se juega también nuestro aliento, nuestra vida.

First Cow (2020) es el trabajo más reciente de la directora estadounidense Kelly Reichardt, basado en la novela de Jonathan Raymond, The Half Life. La secuencia de apertura es un manifiesto: los trabajos de Reichardt apelan a una temporalidad que busca la plenitud a cada instante, como un haikú que toma formas distintas cada vez. Siempre repleto, siempre experienciado, siempre apropiándose de la flexibilidad. En este ritmo pausado y pleno, vemos la intervención de la tecnología de lo humano en lo primigenio de la naturaleza: un barco inmenso de acero cruza un río que nos recuerda al tren que atraviesa la llanura nevada de su película del 2016 Certain Women o la carreta tirada por una yunta en Meek’s Cutoff (2010).

Reichardt elige rodar en 4:3 la historia de Cookie (John Magaro) y King-Lu (Orion Lee). Las panorámicas de las montañas y el desierto son acotadas por el detalle del bosque, por la concentración de la mirada. La universalidad y amplitud de las voces encuadradas en Certain Women y Meek’s Cutoff dialogan con la particularidad y especificidad de First Cow; de la constelación a la estrella vela. Cookie se encuentra a King-Lu en el bosque, desnudo y huyendo de unos rusos que buscan asesinarlo; no hizo falta más que su nombre y su breve historia para que el cocinero le llevara comida y ropa. El oído atento impulsa el cuerpo que hace la praxis; para saber escuchar es necesario permanecer en silencio.

El silencio es uno de los hilos conductores de la directora estadounidense. El silencio que es el espacio para que las notas aparezcan por ellas mismas, que no requieren ser buscadas porque lo encuentran a uno (The Disciple, Chaitanya Tamhane, 2020). El silencio le permite dialogar con el score de William Tyler, composiciones que se vuelven ellas mismas otra narración que acompañan a la imagen y al verbo y a la luz. La música es el lenguaje en el que se configura la amistad de Cookie y King-Lu que, después de una breve separación, se vuelven a encontrar en una taberna que se vacía por el inicio de una pelea en la que ninguno participa. Las sensibilidades distintas se encuentran y el juglar del violín comienza su canción.

Una vaca traída de Inglaterra llega al Fuerte Tillicum, un territorio de Oregon. La vaca, como todo aquello que suscita movimiento, llega por el río. La llegada de la vaca al Fuerte Tillicum será la oportunidad que los dos amigos buscaban para comenzar a generar dinero y comenzar de nuevo en otro sitio, tal vez en San Francisco, tal vez en Nueva York. Cookie comenzará a hornear panes que King-Lu sabrá vender en el mercado; la leche es extraída de la generosa vaca que le pertenece al terrateniente del lugar (Toby Jones). La cabaña en la que viven se llena de aromas, de fuego que cuece el pan, de palabras, de planes, de creencias y de confianza. Uno coloca la idea, el otro impulsa el fuego; la amistad es incendio.

El vínculo con los animales es fundamental para Reichardt; en su obra los animales facilitan el trabajo humano, pero también son compañía, también son interlocutores. Los animales son parte de la organicidad con la que Reichardt busca reconocerse: la naturaleza es el espacio universal en el que sus historias son narradas. El tiempo parece cambiar, pero es la naturaleza la que prevalece, es la vasija en la que los ríos corren para encontrarse con el tiempo y llevarlo a sus llanuras, a sus montañas y a sus corrientes. La naturaleza no sólo es el puente espacial, sino temporal. Tal vez Reichardt no nos cuenta la historia de dos amigos, ni de una caravana de migrantes, ni de una mujer que se enamora de su profesora, ni de una abogada de paciencia infinita, ni de las tribus de indios relegadas a una reserva. Tal vez Richardt nos está contando la historia de los pastizales, de la nieves, de los hielos, de los desiertos, de los ríos, de las tormentas, de los bosques, de los días, de los búhos, de los pájaros, de los caballos, y de las noches. Tal vez Reichardt nos dice que lo que es importante ha prevalecido siempre y tiene una luz y tiene agua y no se agota en el lenguaje humano.

firstcowdes

Los pasteles no pueden durar para siempre y Reichardt vuelve girar la rueda, y estamos de nuevo en una road movie que es una persecusión que vuelve al hogar. Todos volemos a las raíces, a las que elegimos y las que nos fueron regaladas. En esa huída Cookie es rescatado por unos indios que lo llevan a su cabaña para curarle la herida de su cabeza. En imágenes empañadas por la herida, Cookie ve a sus cuidadores –los cuidadores, los que están al servicio, los que son puentes; esos bendecidos que han entendido todo de la vida–, ve la danza de un anciano que habla con el viento, que se mueve con el viento, que es viento.

Walter Benjamin y la tarea del traductor; Michel Foucault y la tarea de la politización del lenguaje; Ludwig Wittgenstein y la tarea de expandir el lenguaje, la Cábala y la tarea de nombrar al mundo; la danza derviche y la tarea de entregarse al lenguaje; la meditación budista y la tarea del guardar el lenguaje; los wirárikas y la tarea de cuidar la rueda del tiempo; Alejandro, Montserrat y mi abuelita y la tarea de levantar el rezo; Tizoc Fuentes y Noemí Marín y la tarea de mover el tiempo con el cuerpo que danza; nosotros y la tarea de aprender el servicio y el cuidado.

Kelly Reichardt y Chris Blauvelt buscan la luz natural; beben del cenit, de las horas en las que el sol despliega los violetas y los amarillos. Nos muestran la sutileza de los azules que la noche regala. En interiores la cámara anhela regresar de donde fue arrebatada, busca regresar afuera, por ello busca las ventanas, que se vuelven otras pantallas, pantallas primigenias y en esa luz, en esa luz paciente, se ve el vapor que la garganta exhala en la madrugada.

“Creo cosas distintas en lugares distintos”, le dice King-Liu a Cookie y también: “Es peligroso, como cualquier cosa que vale la pena hacer”. First Cow es búsqueda de lenguaje por todos lados y en diálogos Kelly Reichardt y Jonathan Raymond condensan el manifiesto de años de trabajo: las creencias cambian, permanecemos en movimiento y que cualquier cosa que lleve fuego, conlleva un riesgo. Pero en ese riesgo Reichardt no va sola, y es que si bien la naturaleza prevalece, también prevalece la amistad; por eso ha trabajo con sus amigxs, con el mismo crew en sus distintas películas, porque comparten una misión creativa, creadora y respiran un aliento que lleva brasas ardiendo.

En el presente, una chica con su perro encuentra dos cadáveres juntos. Parecería una tragedia si no conocemos la memoria, si no conociéramos la experiencia. Parecería una tragedia pero nosotros sabemos que detrás del último chiste, prevalece el ánimo, la inteligencia, y el amor.

Ojalá así termine cuando termine, antes de unirnos en donde debemos unirnos: con un buen último chiste, con una risa que resuene desde el estómago y que haga vibrar el cielo.

Por Icnitl Ytzamat-ul Contreras García (@mariodelacerna)

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