Black Canvas | Al abordaje: un viaje de maduración

Una romántica velada bajo el cielo parisino y un enamoramiento repentino llevan al joven Félix (Eric Nantchouang) ha realizar un viaje hasta la campiña francesa para buscar al más reciente amor de su vida, Alma (Asma Messaoudene). Para la romántica hazaña, nuestro protagonista reclutará a su mejor amigo, el amante del basketball Chérif (Salif Cissé), y al inocente Edouard (Édouard Sulpice), a quien suman con engaños en una aplicación de viajes.

Al abordaje (À l’abordage, 2020), cuarto largometraje de ficción del francés Guillaume Brac, es, en su estructura más básica, un coming of age sobre un verano inolvidable para varios jóvenes, que con el pasar de los días descubrirán cosas en sí mismos y en su entorno que les permitirán crecer cómo personas.

Es debajo de esta candorosa estructura que Brac inserta con sutileza temas de mayor repercusión social que se potencian gracias a la estética casi documental usada por el director. Están, por ejemplo, en la manera que Alma evita el encuentro de Félix con sus padres por, se sugiere, su tono de piel; muy similar a cómo reacciona Edouard con cierto clasicismo ante el comportamiento de sus compañeros de viaje durante el trayecto a la campiña (“¡Deja de comer! Ensuciarás los asientos”); o como la nueva amiga de Chérif, la aparente madre soltera Héléna (Ana Blagojevic), relata que se mudó del barrio en que creció porque sus padres vieron en el nuevo flujo de migrantes en la zona un peligro.

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Las experiencias que viven Félix y Chérif –incluyendo a Edouard– parecen ser, hasta cierto punto, una actualización con altas dosis de humanismo de la provocadora Les valseuses (1974), de Bertrand Blier, recientemente rehecha por el actor/realizador John Turturro (Casi un gigoló) sin la provocación –y las partes actualmente reprobables– de la original. En ella, Blier retrata a dos hombres (Gérard Depardieu y Patrick Dewaere) incapaces de encajar en sociedad. Su viaje tiene como misión alborotar conciencias, escandalizar al que se deje y disfrutar del recorrido.

Los protagonistas de Brac, en cambio, están deseosos de pertenecer, encontrar un espacio donde sus limitaciones (sociales o económicas) o el color de su piel no sean relevantes. Lejos de querer dinamitar estructura social alguna, Félix y Chérif cargan consigo los estigmas de una sociedad que, en el mejor de los casos, los ve cómo una curiosidad más en el paisaje (el contraste entre los habitantes del pueblo y nuestros turistas es notorio).

Brac encuentra la manera de escapar de ciertas banalidades que un segmento del cine francés contemporáneo (especialmente el cómico) ha utilizado para hablar de los problemas raciales que se viven actualmente en Francia. Películas como Amigos (Intouchables, 2011), Invencibles (Les invincibles, 2013) o Dios mío, ¿qué hemos hecho? (Qu’est-ce qu’on a fait au Bon Dieu?, 2014) resuelven la mayoría de sus conflictos mediante el poder de la amistad o la buena onda, al tiempo que usan estereotipos raciales como leitmotiv cómico.

Al abordaje no ignora las estructuras propias que perpetúan la segregación, ni deja de lado la importancia de contar con tus amigos. La mezcla resulta empática gracias a su cariz humanista. Una bocanada de aire en este turbulento 2020.

Por Rafael Paz (@pazespa)

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