Ambulante | ‘La mirada del silencio’: Memorias ciegas

El acto de ver se puede tornar en algo profundamente doloroso, una reconstrucción de una experiencia traumática puede cobrar crudo sentido al contemplar una imagen que por su significado genera un ruido interior tan intenso que solo puede ser igualado al efecto de un contundente silencio. En una especie de continuación de los temas abordados en el controversial documental El acto de matar (The Act of Killing, 2012), el documentalista Joshua Oppenheimer nos presenta desde la perspectiva de una de las víctimas, las masacres durante la cruenta dictadura militar en Indonesia.

A especie de reflejo fílmico de su filme previo, Oppenheimer nos presenta a Adi, un optometrista que perdió a su hermano durante la dictadura, aunque el mismo no haya estado vivo durante ese sangriento período. Esta vez Oppenheimer cede el rol de interlocutor a Adi, quién contempla impávido en varios momentos del documental a los asesinos de su hermano narrando como éste fue castrado, humillado y asesinado junto a muchos otras personas que fueron acusadas de ser “comunistas”. La frialdad y el humor con el que los asesinos hacen sus relatorías parece ser una medida de disociación que les permite sobrellevar el horror de sus actos, como en El acto de matar.

Es entonces como Adi se embarca en una travesía que busca entender un pasado que no vivió a través de entrevistarse con quienes fueron los perpetradores de los crímenes en un acto de retribución moral. Oppenheimer se convierte en testigo más que actor en esta ocasión, aunque muchos de los que aparecen a cuadro parecen identificarlo y por momentos retirarle la confianza antes depositada al sentirse señalados por Adi, sean los protagonistas del conflicto o sus familias, que parecen ignorar los cargos atribuidos a sus padres.

Esta ceguera y amnesia histórica resulta central para el desarrollo del documental, tomando tintes alegóricos con la labor optométrica de Adi o la dolorosa escena en la que su padre, víctima de demencia y deterioro cognitivo, esta en su propia casa sin poder reconocerla. El proceso de cicatrización vivido en Indonesia después de este negro período es nuevamente abierta para poder compartir el dolor y colocar responsabilidad moral donde es debido, pero ¿le corresponde a Adi, o al mismo Oppenheimer, asignar esa responsabilidad? Los victimarios pasan por distintos rituales compulsivos, como beber la sangre de sus víctimas o recordar sus actos con disociada hilaridad, para expiar culpas, así como recurrir al argumento de “matamos comunistas”, negando la indentidad individual de cada una de las personas que sufrieron en sus manos.

Al abrir estas heridas, Adi, y Oppenheimer desde luego, se enfrascan en un conflicto ético y moral de una complejidad tan ambigua, que emitir un juicio sobre la misma resulta algo delicado y riesgoso, creando una especie de estructura de la que al tocar una parte, otra puede caer o destruirse. Uno de los méritos del documental es precisamente plantear cuestiones que abren un inacabable debate sobre sí misma, añadiendo capas y lecturas desde distintas perspectivas, La mirada del silencio no acepta la emisión de una simple opinión, sino que genera una respuesta en un elaborado ejercicio dialéctico. Oppenheimer no se ostenta como el que denuncia, pero siendo quien presenta, una responsabilidad con su material se halla implícita.

El tema trasciende su medio, más allá de decisiones individuales, Oppenheimer nos enfrenta con decisiones morales, cuestionamos y reaccionamos, de manera visceral o racional, aunque en el mismo documental, quienes sufren decidan aceptar el pasado y no querer recordarlo, esperando que un ser superior o un ente ajeno otorgue la justicia y resuelva con contundencia los dilemas que somos incapaces de descifrar. ¿Es capaz entonces la memoria de convertirse en una fuerza viva? Como los pequeños granos que brincan en el primer cuadro del filme patentan, Oppenheimer parece pensar que sí, pero su movimiento es de una ocurrencia intermitente e inquieta, depende de nosotros si deseamos verla con nitidez o hundirla en nebulosa ceguera.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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