Ambulante | ‘El palacio’: Las migajas en el piso

Nicolás Pereda es una figura sumamente polarizante en el panorama cinematográfico mexicano actual. Sus peculiares obras han alcanzado un nicho de alabanza bien definido, cuyo trabajo alcanza difusión y reconocimiento en los circuitos alternativos de cine, no sólo en México, sino en el mundo. Sus trabajos, transparentes o impenetrables, dependiendo a quién se le pregunte, se regodean en cuestiones pertenecientes a la docu-ficción, el metalenguaje, la ética de la representación, imágenes de simbolismos casi accidentales, ejercicios de repetición y un amateurismo tan definido que resulta en una reconocible firma autoral.

Habiendo logrado una trayectoria, cuando menos en lo nominal, bastante destacable, obteniendo premios importantes en festivales —como el de Venecia— y presentando películas en certámenes como los de Roma y Rotterdam, FICUNAM ha fungido como fiel anfitrión a todos los trabajos de Pereda, incluyendo una retrospectiva completa. En esta ocasión, Ambulante presenta el mediometraje El palacio, que no escatima en los reconocibles peredismos.

Este “documental”, con inyecciones de ficción, retrata la vida de 17 mujeres de extracción socioeconómica baja que viven juntas en una sola casa y se preparan diligentemente y de manera diaria para una vida de servidumbre como empleadas domésticas. Pereda ha documentado y ficcionalizado ya con anterioridad las vidas de personas que se mueven y expresan con remota parquedad en la marginalidad, como en sus lacónicos Verano de Goliath y Perpetum Mobile, además, como es frecuente, el retrato que hace Pereda siempre captura momentos dictados por la aleatoriedad y la desorientación, alejándose lo más posible de una estructura, tanto documental como de ficción, que pudiera considerarse como “tradicional”.

El lenguaje de Pereda deja siempre una sensación de inacabado, accidental y desorientador. Lo mismo integra imágenes extraídas del cotidiano que algunas tomas de animales en diferentes situaciones (ya sea un histérico perro atado a un poste o un bressoniano burro vagando por la casa). Las imágenes de Pereda resultan inconexas y, a pesar de tener una interesante premisa, se decantan en unas cuantas entrevistas (no sabemos si reales o simuladas) de “patronas” interrogando a potenciales “empleadas”, una colección de personajes tan humanamente grotescos como aquellos que desfilaron en el intrascendente ejercicio que fue Matar extraños.

Resulta difícil considerar El palacio como un filme en forma, cuando apenas parece el esbozo de una idea, migajas en el piso que se siguen para llegar a ningún lado, como les suele suceder a muchos con el cine de Pereda; un título enigmático y provocativo que ostenta una promesa, para revelar apenas objetos sueltos de un inútil misterio que nadie buscará resolver.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)
Ésta es una reedición de nuestra cobertura del FICUMAN.

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