‘7:19’ y las enseñanzas del temblor

La pregunta más recurrente después del sismo de 1985 era (y hasta muchos años después): ¿a ti dónde te agarró el temblor? Sin embargo, el tiempo cura las olvidas y cultiva el olvido. Para varias generaciones, recuerdo de lo sucedido en 1985 está más asociado a imágenes de Jacobo Zabludovsky narrando un hecho que luce cada vez más distante o a programados simulacros anuales en medio de homenajes.

7:19 (2016), largometraje más reciente de Jorge Michel Grau (Somos lo que hay, Chalán), busca romper con esa inercia de desapego para llevar a los más jóvenes a mirar entre los escombros, aprender quiénes quedaron entre los edificios caídos y proyectar cómo se desarrollaría una tragedia similar en nuestro presente, afectado por los mismos problemas que se presentaron en el 85.

El licenciado Pellicer (didáctico Demián Bichir) observa, como todos los días (asumimos), a los trabajadores de la oficina gubernamental que está a su cargo. Nada en el horizonte parece indicar que éste será un día diferente a los otros. El velador se burla del nuevo mensajero (le aconseja ser como el “Ratón” Macías), las oficinistas se arreglan antes de iniciar su jornada y la nueva intenta atrapar la mirada del patrón.

Un fuerte movimiento telúrico es tomado con calma (“Tranquilos, ahorita pasa”), el edificio cede inmisericorde ante los consejos antiestrés. Cuando la cámara regresa (en un formato de proporción cuadrado, 1:1), el ojo del licenciado Pellicer está en primer plano, inyectado de sangre y cubierto por polvo. Es sólo una de las víctimas que quedaron entre los escombros (“Tranquilos, pronto nos rescatan”).

Grau aprovecha la restricción de su escenario (locación única) para desarrollar un juego casi teatral entre dos actores. Uno representando al pueblo razo (Héctor Bonilla) y otro a la corrupta clase política (Bichir haciendo su mejor imitación de militante del PRI). Ellos son la representación de dos conceptos que chocan constantemente, su función es la de enseñar una lección de historia y enviar una advertencia al presente.

Dichas características emparentan a la cinta de Grau con otro ejercicio de memoria/enseñanza histórica: Rojo amanecer (1989), de Jorge Fons. Además de compartir actores, ambas películas se encuentran constreñidas por el espacio y por su contenido didáctico (¿cómo sucedió y quiénes sufrieron la tragedia?). Grau demuestra un buen manejo del espacio cinematográfico, en un par de tomas logra mostrarnos el espacio donde se desarrollará la trama y ese plano secuencia del inicio bien vale el boleto. Los vasos comunicantes entre ambos trabajos se extienden entre las baldosas de cemento quebradas por el temblor y la explanada llena de sangre de Tlatelolco.

La experiencia podría carecer de interés sino fuera por el talento de sus dos protagonistas. Bonilla y Bichir cuentan con la experiencia (y el talento) suficiente para elevar los diálogos que se les presentan, encontrando la manera de dotar de acción a una puesta en escena que nunca escapa de su espacio principal (hay fantasías sí, pero nunca escapistas a la manera de 127 horas). Ellos tienen la función de enseñar, por eso están estructurados como estereotipos (que uno cante ópera y el otro a José José es el mejor ejemplo).

No es complicado deducir por qué ambos intérpretes decidieron participar en el proyecto: si recordamos su constante militancia política, están en terreno fértil para recordar a aquellos que no vivieron el 85 que la tragedia, si bien se originó por causas naturales, incrementó su número de víctimas por la corrupción endémica que sufre el país (permisos chuecos, desvío de recursos, materiales de baja calidad… ¿les suena conocido?).

Además, Grau y su coguionista, el escritor Alberto Chimal, aciertan al dotar a los episodios al interior de las ruinas de un humor muy mexicano, sin que llegue a transformarse en mofa de aquellos que perdieron la vida en el temblor. Ese humor que encuentra su mejor versión cuando está enfrentado con la muerte. Si nuestra clase política se ha llevado todo, que al menos nos dejen la sonrisa.

A pesar de sus limitaciones de presupuesto, 7:19 es la demostración de que el cine mexicano puede enfrentar sus tabúes políticos y sociales en pantalla y entretener al mismo tiempo. La lección quizá no sea para todos, pero lo enseñado nadie se lo quita.

Por Rafael Paz (@pazespa)
Publicado originalmente en Forbes México Digital.

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