‘Las montañas deben partir’: Viento del oeste

There where the air is free
we’ll be,
what we want to be
Now if we make a stand
we’ll find our promised land
Go West, Pet Shop Boys

China ha sufrido un proceso de transformación cultural profundamente radical asociado a una gran cantidad de factores, principalmente el boom económico experimentado durante la década pasada que le permitió imponerse en cierto momento como la amenaza más tangible a la hegemonía estadunidense.

La absorción de los valores capitalistas en una sociedad que había vivido el último siglo bajo los principios del comunismo maoísta se vio reflejada en la vida diaria china, particularmente en aquella que el gran cineasta Jia Zhangke ha retratado desde su brillante opera prima Ladrón de bolsillo (Xiao Wu, 1997) hasta su vibrante y violento tríptico Un toque de pecado (Tian Zhu Ding, 2013), haciendo un registro minucioso de la transformación cultural que parece encontrarse condensada en su más reciente filme Las montañas deben partir (Shan he gu ren, 2015).

Abriendo con una invitación a “ir al oeste” con la canción y jocosa coreografía de los Pet Shop Boys, el relato de Jia presenta un triángulo amoroso conformado por Tao (la ambigua camaleónica, la bella Zhao Tao); Zhang Jinsheng (Yi Zhang), un ambicioso hombre de negocios obsesionado por la cultura capitalista; y Liangzi (Jing Dong Liang), un minero que desarrolla una afección pulmonar por su trabajo en las minas de carbón.

La geometría narrativa trazada por Zhangke toma a estos tres personajes y los sitúa en tres momentos distintos: primero en 1999, con el mutado júbilo de un nuevo milenio y la esperanza de un renacer chino en el que Tao decide casarse con Zhang mientras que en un segundo momento, ubicado en 2014, sabemos que Tao y Zhang se han divorciado y que Liangzi esta al borde la muerte mientras que en un tercer momento, situado en el 2025 en una Australia sutilmente futurista, el hijo de Tao y Zhang, un joven que se rehusa a hablar chino llamado Dollar (sí, como el perro de Ricky Ricón) desarrolla una entrañable y reveladora relación con una maestra (la gran Sylvia Chang).

Zhangke presenta sus personajes más como arquetipos de la sociedad china contemporánea, sin dejar de darles una identidad individual y un sagaz trabajo de caracterización que es ampliado por un minucioso diseño de producción que usa los detalles, desde el sueter multicolor de Tao hasta el ipad de Hello Kitty de Dollar y su renuencia a hablar en su lengua materna, como instrumentos que denotan al mismo tiempo personalidad y contexto. El balance logrado por Zhangke en hacer crítica o comentario social es balanceado por su innegable tacto y pericia para construir narrativas de fina sensibilidad que más que evocar al melodrama, genera memoria social a través de una fina metonimia, igual que en El mundo (Shijie, 2004) y Plataforma (Zhantai, 2000).

Las montañas deben partir se ostenta como un agudo retrato de la transformación social y axiológica sufrida por la sociedad china  y al mismo tiempo como un sublime y dulce relato de encuentros y desencuentros finamente bordados y estructurados en tres tiempos, colapsados por la festiva promesa de una utopía del oeste, de una imagen tan ilusoria y fantástica como la de una enorme montaña dejando su lugar. La montaña solo puede recibir del oeste la gentil caricia del viento.

Go west…

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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