57 Muestra | Mommy: Lágrimas de rímel

Cuando el éxito llega tan temprano en la carrera de cualquier artista parece existir un ímpetu, casi natural, por la repetición de temas y estilos, concibiendo el riesgo como un capricho y no como una necesidad de crecimiento. El joven cineasta originario de Quebec, Xavier Dolan, se ha consolidado en el gusto de millares de jóvenes por su innegable estilo para filmar, la irreverencia de sus trucajes formales y una digestión pop gritona que alcanza niveles casi histéricos en su más reciente trabajo, Mommy (2014), que lo hizo acreedor al Premio del Jurado en el Festival de Cannes, compartido con un chaval llamado Jean-Luc Godard, de cuyo cine Dolan aseguró no haber visto más que un par de filmes que no fueron mucho de su agrado.

Después de que en su laureado debut, Yo maté a mi madre (J’ai tué ma mère2008), en el que se hacía una rapaz declaración de individualidad frente a una opresora y ambivalente figura materna, en Mommy Dolan se pone el maquillaje, zapatos y demás indumentaria de la majestuosamente vulgar Diane (Anne Dorval), cuyo hijo Steve (Antoine-Olivier Pilon) es un joven de 15 años, diagnosticado con TDH y Trastorno Desafiante Oposicionista, que se encuentra a disposición del Gobierno en una “Canadá ficticia” en la que los padres pueden prescindir de sus hijos en este tipo de situaciones y dejarlos a cargo del Estado. La dinámica que se da entre Diane y Steve es una de complicidad más que de autoridad, donde los límites del rol están completamente diluidos y el grito y la irrefrenable majadería se convierten en idioma afectivo.

Paradójicamente, una mujer con problemas de habla es la que crea un balance entre la renegada madre y el disruptivo chamaco. La ex maestra de secundaria Kyla (Suzanne Clement), vecina de Diane, encuentra en tan singular dupla una conexión y empatía más profunda que la que tiene con su esposo e hija, quienes deambulan como extraños en su propia casa. El trabajo actoral resulta ser lo más sólido de Mommy, a pesar del abuso de una intensidad teatral que por veces se siente sobrada, así como de una construcción de personajes que se apoya demasiado en el fetichismo y la artificialidad emocional.

Algunos inspirados momentos plásticos de Laurence Anyways (2012) o los interesantes pero inertes juegos aurales/multiformato de Tom en el granero (Tom a la fermé, 2013) se diluyen con los peores vicios narcisistas de Los amores imaginarios (Les amours imaginaires, 2010) y se envuelven en una cacofonía de gritos y dramatismo gratuito que remueve toda sutileza de lo que en apariencia imbuía una tensión edípica perversa, como en el filme Savage Grace (2007), pero que prefiere un drama banal con todo y montajes upbeat de gente “pasándola chido” para después volver a “pasarla bien culero”.

Dolan concibe un asfixiante radio de 1:1 para enmarcar a sus personajes, para abrirlo al tradicional 1:85:1 en un par de momentos en los que, por su obviedad y ritmo, no deja de sentirse como una artificiosidad barata en lugar de ser un recurso coherente con el discurso, que también se atora con los extensos y no diegéticos interludios musicales, algunos atinados, mientras que otros francamente innecesarios o anticlimáticos (¿un final con una canción de Lana del Rey? Ya ni en Disney Channel). El problema de esta reina del drama es que toma demasiado en serio sus rabietas y berrinches, confundiéndolas con demandas afectivas genuinas. Donde debiera haber lágrimas no existe más que una grotesca y guiñolesca mueca, que suplica ser tomada en serio, sumida en sus cosméticos vicios.

Por JJ Negrete (@jjnegretec)

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