‘12 Monos’: ¿Hacia dónde navegará la humanidad?

El muro había caído. Las teorías conspirativas empezaron a migrar en la gama de colores. Atrás quedó relegado el rojo soviet que otrora era el principal motor de la novela policiaca norteamericana, y que por inicios de los años noventa ya era sólo parte de una fracción de paranoicos veteranos. El mundo polarizado se estaba disolviendo y la nueva reconfiguración mundial puso sobre la mesa una serie de interrogantes sobre el futuro de la humanidad. Ahí donde la duda se encarna, resurge la ciencia ficción y, mejor aún, ahí donde la nueva ola francesa lacónica y esteta se olvidó, Terry Gilliam salta al escenario.

La breve película francesa de 27 minutos La Jetée de Chris Marker inspiró al director estadounidense Terry Gilliam para que su filme de 1995 Twelve Monkeys viera la luz del día en Estados Unidos, justo en vísperas navideñas, época en donde el amor y el apocalipsis juntos no sonarían tan descabellados.

La historia tiene todos los elementos del gusto personal de Gilliam, arrancando de que el filme francés es la reconstrucción de una historia a partir del obsesivo recuerdo de la infancia que su protagonista, sobreviviente de la Tercera Guerra Mundial, revive y en el cual un hombre pierde la vida en un aeropuerto. Gilliam retoma ese relato en el vertiginoso contexto del mundo en reconstrucción y lo confecciona con la tijera onírica, posapocalíptica, melodramática con twist de humor ácido que sólo él podía imprimir a un sci-fi noventero.

Twelve Monkeys versa en incesantes saltos de tiempo unidos a través de una historia melodramática de amor entre paciente y médico, además de que incluye una especie de heroísmo característico en los planteamientos catastrofistas del fin del mundo: la humanidad llegará a su fin, será horrible, pero aún podemos confiar en un héroe enamorado y sin nada que perder que reivindique los errores de la desenfrenada posmodernidad.

La humanidad se ve amenazada por un virus mortal que desde 1997 habría acabado con la vida de 5 millones de personas. Los sobrevivientes huyen al subsuelo desde donde buscan la forma de revertir la sumisión de la raza humana. Un grupo de científicos envían al prisionero-voluntario James Cole (Bruce Willis) al pasado para recabar información suficiente sobre dicho virus, para lo cual deberá seguir una serie de pistas sobre los presuntos autores de la barbarie: el Ejercito de los Doce Monos. En su viaje al pasado, Cole se encuentra con la psiquiatra Kathryn Railly (Madeleine Stowe) y el excéntrico Jeffrey Goines (Brad Pitt), quienes formarán parte de un entramado de pistas hacia la verdad de dicha catástrofe.

Lo que hace posible el matiz apocalíptico en la cinta es que retoma una serie de simbolismos que históricamente se relegan a la función de la óptica del mito y, como en todo mito, se asoma la verdad en una serie de íconos en su más simple y plana construcción social.

En este sentido, no es extraño que las figuras de autoridad, en el pasado como en el futuro, sean formas opresoras en un mundo de órdenes, jerarquías y poder. El miedo al acelerado avance científico de posguerras mundiales como arma de destrucción es un claro temor de orden histórico y un propio elemento de la ciencia ficción. Ya sabemos eso de que “el hombre es el lobo del hombre”, pero en un sentido más lineal la soltura de un orden mundial definido parece ser el gran monstruo en esta historia.

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La recurrente fricción entre épocas obedece a la reconstrucción de un fresco periodo de guerra implícita entre dos fuerzas mundiales. ¿Les suena familiar? Quizá la batalla que amenazaba al mundo con atraer desenlaces fatídicos y simulacros nucleares fue, después de todo, una estructura conocida a la que aferrarse en el inconsciente colectivo. En ese sentido, cuando en el big picture mundial las fuerzas de contrapeso dejaron de pelear, la ruta a seguir se convirtió en un barco varado en el mar, sin capitán, pero con posibilidades de navegar en cualquier sentido.

A diferencia de la La Jetée, Gilliam retomó la figura humana con un ligero tono sarcástico en la relación platónica entre sus protagonistas. Willis pasó de ser un valiente y desencantado héroe a un vulnerable, inocente e indefenso hombre en cuestión de segundos. La escena más precisa de la historia que retoma el sesgo que Gilliam le da a la relación entre sus personajes toma lugar en una sala de cine donde Willis y Stowe se esconden de la policía. En el cine se proyecta un festival de Hitchcock. En la pantalla, Chris Novak y James Stewart discuten. “En China dicen que si le salvas la vida a alguien te harás responsable de esa persona para siempre”, se escucha de fondo, justo después de que Willis pregunta a su amada Stowe: “¿por qué haces esto por mí?”

La locura aparece en el filme como matiz dramático entre la realidad y la ficción que, sin embargo, se va desdibujando en la medida en que los protagonistas se aproximan. Hay locos que parecen locos y actúan como tales —sí, Brad Pitt, te estamos viendo a ti—, locos vulnerables y locos que se enamoran de sus pacientes. De cualquier forma, la historia nunca logra salirse de un marco de acciones posibles en un tono ligeramente idealista sobre las relaciones humanas ordenadas y simples incluso en el caos.

Twelve Monkeys es una extensa, pero conocida perspectiva del fin de la humanidad con el implícito aliciente de que existe dentro del propio problema una solución. Es una historia circular que además de que regresa suavemente a su puerto de partida, reconstruye miedos en un escenario próximo de ideas esperanzadoras, nostálgicas y humanas. Con todo y las digresiones en la narrativa, Gilliam logra rescatar un sentimiento de incertidumbre colectiva, es decir, ¿hacía donde virará ese barco?, y conectarlo con una historia nostálgica y conocida que al final deja entrever que la humanidad podrá navegar hacia el futuro.

Por Alejandra Artega (@adelesnails)

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