‘12 años esclavo’: La excepción y la disidencia

No serviré a aquello en lo que ya no creo…
Stephen Dedalus en El retrato del artista adolescente,
de James Joyce

Falta y recompensa, pecado y virtud, la rebelión es la inercia del hombre, la evidencia de su curiosidad. Desde los relatos bíblicos de la Caída de Adán y Eva, incluyendo el destino trágico del Satán de John Milton, la desobediencia ha sido llama que chamusca el statu quo, demasiado grande éste para quemarse por completo, que en respuesta envuelve y apaga la revolución. La transgresión del aparente orden es naturaleza de los disidentes, siempre los menos debido al enorme temor a perderse como una gota en el océano, sin embargo, pregunta Adam Ewing en Cloud Atlas, de David Mitchell, “¿Qué es un océano sino una multitud de gotas?”.

Es la esperanza del cambio, si no pronto inmanente, la que motiva al disidente, hijo ya de una transformación: la suya. De la indolencia al activismo, el viaje original es el de Jonás, que emerge de la ballena para predicar. Heredera de aquel legado, 12 años esclavo (12 Years a Slave, 2013), de Steve McQueen, ilustra la educación filosófica de un violinista negro quien, 20 años antes de la abolición de la gran vergüenza americana, experimenta la esclavitud y emerge cambiado, indispuesto a dejar atrás su experiencia y sus errores.

Cuando nos encontramos por primera vez con Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor) lo vemos laborar, igual en condiciones a los demás esclavos, hasta que McQueen lo muestra escribiendo. En esta primera distinción, Solomon es entendido como excepcional, un adjetivo que usará más adelante su amo Ford (Benedict Cumberbatch) como una cualidad relevante pero no necesariamente buena. En este mundo la educación sólo garantiza maltrato y vejación. Sin embargo, Solomon se empeña en lograr algo más que sobrevivir: vivir.

Secuestrado por un par de timadores, Solomon evita perder la noción de su identidad, la de un hombre libre, entre niggers, a los que un hombre en su misma circunstancia critica de no tener “estómago para pelear”. McQueen ve en Solomon un hombre con un carácter único y poderoso, pero lamenta su reacción ante la esclavitud. El protagonista no busca liberar a su raza ni ejercer la justicia en nombre de un pueblo. Si hay un profeta en él, su inconsciencia ante los otros le obstruye la salida al mundo. Al contrario, Solomon profesa la colaboración para sobrevivir y reencontrarse con su familia.

“No eres más que ganado caro”, lo confronta Eliza (Adepero Oduye) en un primer llamado a la rebelión. Entrar al mundo de los esclavistas blancos es ingresar a un laberinto del que la única salida es la angustia. Aunque tuvo una hija con su amo, Eliza termina separada de sus niños; su hija mestiza, destinada a la prostitución. Entonces el novato esclavo recurre a la violencia. Harto de los abusos del capataz Tibeats (Paul Dano), Solomon lo golpea con su látigo e invierte la relación con los gritos de piedad del hombre blanco. Pero los sistemas violentos reditúan sangre, como le pasaría un siglo más tarde a Malcolm X. Solomon no queda libre y aún necesita madurar.

A punto de ser ahorcado, pero rescatado finalmente por Ford, quien aprecia los talentos de Solomon, el protagonista termina en los campos de algodón de Edwin Epps (Michael Fassbender), conocido como un rompenegros. Ahí Solomon conoce a Patsey (Lupita Nyong’o), una esclava que al resistir el acoso de Epps se convierte en modelo y culpa. Similar a la relación entre Amon Goeth (Ralph Fiennes) y Helen Hirsch (Embeth Davidtz), en La lista de Schindler (Schindler’s List, 1993), el acoso de Epps concluye de manera muy distinta, pues Patsey se cierra al miedo, a diferencia de Helen, y culmina su aparición en la vida de Solomon como mártir.

McQueen establece un lazo entre la culpa y la responsabilidad cuando Solomon es forzado a latiguear a Patsey. El sonido y la reacción de la joven nos comunican el dolor físico, pero también la insoportable culpa de Solomon. La escena lastima y confunde porque todos, ellos y nosotros, nos perdemos en los chasquidos y la catarsis nos revela una obligación universal. Entre la vergüenza y las prédicas del canadiense Bass (Brad Pitt), quien contradice la ley americana con la empatía y la verdad, Solomon mira las marcas en la espalda de Patsey. La consciencia se transforma, se abre.

No sabemos cómo será la carrera abolicionista de Solomon, sólo que sucederá, porque el interés de McQueen está en la revaloración de la existencia. Si el hombre es excepcional, su ego está completo y su deber está con los otros. La experiencia de Solomon, acaso fortuita, pero enriquecedora, es una educación en los deberes del fuerte, que Pablo describe en su Epístola a los Romanos como “sobrellevar las flaquezas de los débiles y no complacernos a nosotros mismos”.  Emergido distinto del que entró a la ballena de la esclavitud, el espíritu de Solomon sólo tiene una opción: hablar por su raza.

Por Alonso Díaz de la Vega (@diazdelavega1)

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