11º FICUNAM | Days, un breve encuentro

Al parecer no hemos terminado de ver ni una película de Tsai Ming-liang. Más que obras independientes, existe un flujo temático que permea sus largometrajes, cortometrajes y documentales desde hace más de veinte años. Elementos y temáticas recurrentes le han dado la oportunidad de continuar filmando, aún cuando ha hecho explícito un par de veces su deseo de retirarse. Algo sigue fluyendo.

Hay en Days (Rizi, 2020), su trabajo más reciente, una intención de colocar la mirada del espectador en lo cotidiano, en la manera en que un pequeño suceso puede transformarnos radicalmente. Ese propósito de Tsai no es sorpresivo porque se ha desarrollado a lo largo de su filmografía, sin embargo, parece haber alcanzado una sencillez y depuración propia de un haiku, así la duración de cada plano no lo sugiera.

Más que una trama, existe una suma de elementos. “Protagonizada” por Kang-sheng Lee, intérprete que a pesar de ser tan visto en las películas de Tsai, aún conserva cierto misterio que evita conocerlo por completo. Aquí, en particular, su cuerpo exige reposo y es más estático que en la serie de cortometrajes Walker, en las que es un monje budista avanzando a paso glacial en distintas locaciones urbanas.

Kang (Kang-sheng, fetiche de Tsai) y Non (Anong Houngheuangsy) habitan la misma urbe, pero sus vidas parecen estar desconectadas. Ambos existen en soledad, realizando sus actividades con la mecanización propia de nuestros días. La cámara del director –manejada por Jhong Yuan Chang– los observa sin la asfixiante pesadumbre de su largometraje anterior, Perros perdidos (Jiao you, 2013), donde el mundo era retratado como un espacio inclemente, incapacitado para el desarrollo de la especie humana. Tampoco está interesado en contarnos su historia, su fascinación está en lo inmediato porque cada vida se teje en los pequeños momentos del día a día, no somos sino la suma de ellos.

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Los protagonistas, especialmente, carecen de una vida social activa, el celular suena poco y la rutina del día se sigue sin sorpresas. Tsai intercala pequeños fragmentos de ese acontecer rutinario, hasta que estos cuerpos solitarios se encuentran en una habitación de hotel, donde Non aliviará el crónico dolor localizado en el cuello de Kang –un padecimiento que inició en El río (He liu, 1997)– mediante un masaje que se transformará en deseo carnal y alivio espiritual.

Como si el cineasta tomara el papel de Marlon Brando en El último tango en Paris ( Ultimo tango a Parigi, 1972), poco importa la biografía de los involucrados en este breve encuentro. La humedad sigue presente en Tsai y aquí, además del reposo, está el goce. La larga secuencia del masaje termina con los personajes compartiendo un momento mucho más íntimo que la mera fricción de los cuerpos: escuchan juntos la melodía de una cajita de música. Los planos enfatizan el peso del espacio, pero no buscan el sentido de alienación presente en Vive L’Amour (Ai qing wan sui, 1994) o la feroz erosión de El hoyo (Dong, 1998), hay una sensación de resignación serena, de un cuerpo que no rehúye la soledad, sino que la absorbe igual que una caja de música que súbitamente deja de sonar.

No estamos en ese cuarto de hotel para otra cosa que no sea empatizar con el consuelo espiritual que les brinda el encuentro de sus cuerpos. Es una intimidad observada con el naturalismo propio de las secuencias más humanas de Tsai, como esa escena en que se apaga la pantalla del cine en Goodbye, Dragon Inn (Bu san, 2003) o la secuencia final de Vive L’Amour, con la que el final de Days “rima”.

Algunos espectadores encontrarán las decisiones estéticas de Tsai Ming-liang enervantes, después de todo son un espejo de lo solitario que puede ser nuestro propio cotidiano. Aquellos que se permitan compartir/penetrar las imágenes del director, encontrarán en la delicadez de Days una ligera brisa de esperanza.

Por JJ Negrete (@jjnegretec) & Rafael Paz (@pazespa)

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